Somos las brujas que nadie pudo matar
‘Los regresos’ convierte la sororidad en una corriente subterránea que fluye cruzando linajes y enfrentando desafíos que transforman la utopía en conquista
Toda la fuerza de la Naturaleza confluye como un torrente en Los regresos, abrazada por una estirpe de mujeres poderosas y desafiantes, desde el Renacimiento hasta nuestros días. Retrata la realidad de aquellas cuya sabiduría innata fue silenciada y condenada por galenos que menospreciaban un instinto natural que alcanzaba a sanar dolencias apenas intuidas por éstos.
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La escritora construye un espacio narrativo que convierte al tiempo en protagonista y organismo vivo donde el abismo intersecular no impide compartir una misma conciencia de resistencia. El siglo XVI explica las heridas de un presente que devuelve la voz a quienes la historia relegó a la inexistencia, en un viaje reparador hacia la memoria.
"La autora perfila una genealogía construida desde la intuición, el conocimiento del cuerpo y la escucha de la Naturaleza. Propone un feminismo nacido de la tierra, no de la confrontación, forjado desde la fuerza de la memoria, no del manifiesto"
Es precisamente en ese tejido temporal donde emerge la idea del empoderamiento, entendido no como una conquista de poder sobre otros, sino como recuperación de un saber antiguo. La autora perfila una genealogía construida desde el cuidado, la intuición, el conocimiento del cuerpo y la escucha de la Naturaleza. Propone un feminismo nacido de la tierra, no de la confrontación, forjado desde de la fuerza de la memoria, no del manifiesto.
Katalin desde el presente y la recuperación de la figura histórica de Martija de Jauregi (ginecóloga navarra procesada por la Santa Inquisición en el S.XVI) desde el pasado constituyen el tronco de la historia. Representan la indomabilidad de aquellas mujeres que se apartan de los caminos impuestos para permanecer fieles a la luz de una razón instintiva. Lo que las une y las define es su negativa firme a obviar la verdad interior cuando ésta incomoda al orden establecido. Aceptar la diferencia exige, en ocasiones, caminar solas, pero siempre sostenidas por una red invisible. Los regresos convierte la sororidad en una corriente subterránea que fluye cruzando linajes y enfrentando desafíos que transforman la utopía en conquista.
Los cuatro elementos son los pilares de esta historia. La tierra conserva la memoria, guarda los nombres olvidados, las raíces matriarcales y las heridas que todavía esperan ser comprendidas. El agua actúa como hilo conductor, permitiendo que la memoria fluya sin romperse. El fuego destruye abriendo nuevas posibilidades de existencia: no hay renacimiento sin hoguera previa. El aire simboliza la libertad, la respiración que ninguna persecución ha logrado extinguir.
En este universo, Axetorre adquiere una presencia que va más allá de un mero escenario. La casa adquiere otra dimensión: no es solo otra vivienda, sino que ejerce de fortaleza y templo. La casa observa, recuerda y aguarda paciente. Es depositaria de secretos, afectos, silencios y violencias heredadas. Como ocurre en las grandes casas de la literatura, termina poseyendo una biografía propia. Reverbera en el texto el realismo mágico de La casa de los espíritus de Isabel Allende, donde el hogar es testigo del dolor de generaciones; el drama social de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, que asfixia la libertad de sus mujeres. Cada generación ha dejado huella. Sus paredes acumulan amor, dentro del resentimiento de no haber convertido la emoción en refugio; la arquitectura revestida de una memoria material indeleble. La casa no pertenece únicamente a quienes la habitan, también los habita a ellos. Es el espacio donde convergen tiempos y voces en un diálogo ausente de palabra.
En esta vorágine de fuerzas contrapuestas, cabe destacar el papel de personajes masculinos, quienes, en un discreto segundo plano, tienen la capacidad de reconocer la fuerza innegable de aquellas mujeres que preservan la vida y el conocimiento. Su mirada constituye un gesto de confianza profundamente hermoso: el reconocimiento de una verdad que no necesita ser comprendida para poder ser aceptada. En este punto, la novela alcanza su dimensión más universal, la necesidad de revisar las palabras con las que la Historia nombró a determinadas mujeres. Las prácticas que durante siglos fueron tachadas de brujería son reafirmadas como conocimiento, medicina y resistencia, lugar de encuentro, aprendizaje y libertad.
Miren Agur Meabe posee esa rara capacidad de escribir con intensidad poética sin renunciar a la claridad narrativa. Cada imagen parece brotar de forma inevitable, con metáforas nacidas del propio paisaje y no de la necesidad de embellecerlo. La prosa respira con un ritmo cercano a la poesía, pero manteniendo la tensión propia de la novela.
Los regresos confirma que la literatura puede permanecer como el lugar donde el tiempo cicatriza, la Naturaleza recupera su dimensión sagrada y la mujer deja de ser la excepción para convertirse en la guardiana de la memoria, de una verdad silenciosa latente bajo tierra, esperando el momento de volver a florecer.
