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Todos saben nada

Nunca hubo tanta gente opinando y nunca costó tan poco hacerlo. Un teléfono, una conexión y ya está: historiadores improvisados, politicólogos de sobremesa, analistas geopolíticos que hasta hace un lustro confundían Ucrania con Uzbekistán y gurús financieros formados entre anuncios de freidoras de aire.

Las redes sociales han convertido la ignorancia en un espectáculo participativo. No hace falta saber. Basta con parecer convencido y que se te entienda rápido. El viejo miedo a hacer el ridículo emigró porque el ridículo genera tráfico. Y el tráfico genera visibilidad. Y la visibilidad se confunde con legitimidad.

La cultura de la consigna ha sustituido a la cultura del argumento. Frases cortas, simplificaciones brutales, vídeos para cerebros agotados y titulares que no buscan informar, sino provocar una reacción inmediata. Indignación, miedo, euforia o rabia. Da igual cuál. Lo importante es que el dedo siga deslizando la pantalla. Lo inquietante no es que circulen bulos. Los bulos han existido siempre. Lo inquietante es que cada vez cuesta más distinguir entre información y ruido. Mucha gente cree estar informada porque consume contenido constantemente. Pero consumir no es comprender. Repetir no es pensar. Compartir no es saber.

La información sigue estando, en gran medida, en los mismos sitios donde estuvo siempre: en los libros, en los periódicos, en los ensayos, en el trabajo lento de quienes contrastan datos antes de publicar. La diferencia es que esos formatos exigen tiempo, atención y cierta disciplina mental. Y las redes están diseñadas para destruir todo eso.

El problema ya no es solo educativo. Es neuronal. El cerebro acaba acostumbrándose a recibir estímulos simplificados y emocionales. Después de eso, leer veinte páginas seguidas parece un esfuerzo sobrehumano. Hay gente incapaz de terminar un artículo, pero convencida de entender el mundo porque ha visto quince vídeos de alguien gritando delante de una cámara.

Mientras tanto, los gobiernos observan el incendio con lentitud burocrática y resignación tecnológica. Tal vez deberían existir campañas públicas para recuperar la lectura, defender el pensamiento complejo y recordar que una democracia necesita ciudadanos capaces de concentrarse más de cuarenta segundos seguidos. Pero incluso esas campañas tendrían que hacerse usando TikTok, Instagram o YouTube. Ahí está la trampa. Para combatir la contaminación, hay que respirar el mismo aire contaminado.

Y quizá eso sea lo más perturbador. La batalla cultural ya no ocurre en bibliotecas, escuelas o periódicos. Ocurre dentro de plataformas privadas diseñadas para convertir la atención humana en beneficio económico. Lugares donde la verdad compite con un disfrazado de templario explicando que la Tierra es plana. Lo peor es que este fenómeno parece imparable. Porque las redes no ofrecen conocimiento. Ofrecen algo mucho más adictivo: la sensación inmediata de pertenecer, de tener razón y de formar parte de un coro que canta lo mismo.