Arrancan ya las tradicionales fiestas navideñas. Como todas las tradiciones, nosotros las heredamos de nuestros padres, ellos de los suyos y así sucesivamente, como un testigo que pasa de generación en generación. Si existen, es porque, de alguna manera, nos son necesarias. Nos transmiten la sensación de que formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. Del gran tejido de una historia de la que aportamos el nuestro propio. Necesitamos tener una mimbre cultural firme. Llámese identidad.
De la misma manera que en nuestras vidas necesitamos de unas rutinas diarias, que nos hacen funcionar como la maquinaría de un reloj, y de unos hábitos personales a las que nos aferramos, las sociedades que construimos están hechas de nuestra misma madera.
Pero también la naturaleza –a la que pertenecemos, obviamente– se rige también de modo similar: los animales, las plantas… tienen sus ciclos vitales que se repiten como la tonadilla de una canción infinita. Las estaciones del año marcan su huella en todo lo que nos rodea. Imaginemos un mundo en el que nada se repitiera cíclicamente, que todo fuera cambiante. La vida no existiría en un mundo así.
¿Cómo nace una tradición? Es difícil responder a esta pregunta. A veces un hecho repetido en el tiempo se convierte en costumbre y esta, a su vez, se consolida y sube un peldaño transformándose en tradición. Volvamos a la comparativa con nuestras vidas: un día vamos a desayunar a una cafetería, nos sentimos a gusto en ella, repetimos varias veces y acabamos desayunando ahí, siempre lo mismo, semana tras semana, mes tras mes y año tras año. Si nuestros hijos nos acompañan, puede que ellos asuman esa costumbre y se la transmitan a su vez a sus descendientes. Habrá nacido una tradición familiar. Pero puede que nuestros bisnietos no recuerden por qué van ahí a desayunar. Y quizá un día abandonen esa “tonta” tradición.
Somos animales de costumbres. Y de tradiciones. Algunas, afortunadamente, han desaparecido. No han resistido el filtro de los tiempos. Porque los valores cambian, se transforman a lo largo de la historia de la humanidad. Y así, aquellas tradiciones en las que se sacrificaba, por ejemplo, públicamente a un animal, van desapareciendo. Pero otras se esfuman aunque sean ricas en valores culturales.
La Unesco tiene un listado de Patrimonio Cultural Inmaterial que va creciendo año tras año y que recoge actividades y tradiciones dignas de formar parte de esa especie de “museo inmaterial de la humanidad”. Todos los años se reúne un comité que incorpora nuevos elementos a su lista. El objetivo es salvaguardarlos. Incluso que se afiancen. Como el Al-Mansaf en Jordania, un banquete festivo. O la Alheda’a: las tradiciones orales de llamar a los rebaños de camellos en Arabia Saudita, Omán y Emiratos Árabes Unidos. O también las celebraciones del 15 de agosto (Dekapentavgoustos) en dos comunidades de montaña del norte de Grecia. Todas ellas, un tesoro inmaterial no cuantificable en dinero.