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Mamitis crónica

Elena Zudaire

Aurora

El día en que la señora Aurora decidió echar las primeras gotas de raticida en la sopa de su marido, lo hizo convencida de que su libertad bien valía el riesgo de perderla. En realidad, no lo hizo sola. Todas sus vecinas estaban con ella. Nunca le mencionaban lo que oían tras las paredes de papel, jamás se atrevieron a insinuarle nada sobre el insuficiente maquillaje con el que intentaba disimular su rostro amoratado. Pero le hicieron saber a diario con pequeños gestos que, hiciera lo que hiciera, todas le apoyarían. Así, protegida por ese manto de comprensión silente, la señora Aurora, sesenta y cinco años, cuarenta y cinco casada, condimentaba a diario la comida de su esposo con la muerte y aguantaba esperanzada, paliza tras paliza. El día en que su marido por fin ya no se despertó, la autopsia reveló una cirrosis en el hígado de un hombre que nunca negó una ronda de txikitos a los amigos ni un buen golpe en la cara, la espalda o el estómago de su mujer. La señora Aurora se permitió llorar, más por alivio que por pena, en una iglesia llena de gente que quiso darle el pésame y despedirse de ese hombre tan sociable. Al llegar a casa, encontró varios tupper de comida en el felpudo. Durante los días siguientes, en forma de discretas visitas disfrazadas de consuelo, sus vecinas le ayudaron a rehacer su casa y deshacerse de un pasado que, lo sabía, siempre le acompañaría. Limpiaron los armarios, donaron la ropa del marido a la parroquia, llevaron algunos muebles a los traperos y llenaron las tardes de Aurora con rosquillas y charlas sanadoras. Semanas después, Aurora se atrevió a sacar del armario aquel vestido de flores que le valió una paliza la tarde de su estreno, cosió el desgarrón de la manga y lo dejó preparado en la silla del dormitorio, ahora y por fin sólo suyo. Y decidió que el siguiente sería el día en que estrenaría su nueva vida.