Vitoria - El Deportivo Alavés cerró el año 2018 a un nivel de rendimiento enorme y esa ola de positivismo la aprovechó también durante los primeros meses de 2019 para volver a ilusionarse a base de buenos resultados con la participación en competiciones europeas por tercera vez en la historia del club. Un sueño que se fue edificando con un trabajo sensacional antes de que el proyecto comenzase a dar muestras de agotamiento de cara a un tramo final del anterior curso en el que se acabó difuminando esa ilusión con una estrepitosa caída en el nivel de un equipo que se quedó con las baterías descargadas en el tramo decisivo para caerse de los puestos que daban derecho a viajar por el Viejo Continente. Con un regusto amargo por esa gran oportunidad perdida se finiquitó la sensacional etapa de Abelardo al frente del banquillo albiazul. El relevo del asturiano lo asumió Asier Garitano y su mandato ha estado marcado por una inquietante irregularidad que ha llevado al Glorioso al que se debe considerar como su hábitat natural, una pelea por evitar el descenso que se presenta como el único reto a cumplir en 2020.
El Alavés se había ido a las vacaciones navideñas como un auténtico tiro y en nada cambió esa tendencia con el cambio de año en el calendario. Con cuatro puntos (victoria ante el Valencia y empate frente al Girona) en los dos partidos que a principios de enero cerraron la primera vuelta, los albiazules concluyeron ese giro inicial con 32 puntos, el tope histórico de la entidad en Primera División, que les sirvieron para alcanzar la quinta plaza.
De inmediato, en el arranque de la segunda vuelta -durante esas semanas el equipo perdió a dos piezas muy importantes como Ibai Gómez y Rubén Sobrino, quienes dejaron mucho dinero en caja pero también un hueco en lo deportivo que no fue rellenado con las incorporaciones de Takashi Inui, Diego Rolan y Álex Blanco- ya se pudo comprobar que iba a resultar prácticamente imposible repetir unos números que en la primera habían sido asombrosos. Tres derrotas consecutivas ante Getafe, Rayo Vallecano -los franjirrojos acabaron el 28 de enero con la imbatibilidad alavesista en Mendizorroza que se extendía desde el 29 de abril de 2018, una racha de nueve meses sin perder en el estadio del Paseo de Cervantes- y Real Madrid disiparon la renta que los vitorianos se habían labrado, pero ese margen de seguridad les permitió todavía conservar la séptima plaza, última europea.
El cuadro de Abelardo supo sobreponerse a ese primer momento de zozobra y tras encadenar tres derrotas seguidas fue capaz de sumar seis jornadas consecutivas sin perder, con tres victorias (Levante, Villarreal y Huesca) y otros tantos empates (Betis, Celta y Eibar) que le permitieron sumar doce puntos en el periplo de principios de febrero a mediados de marzo. Tras el triunfo en El Alcoraz, El Glorioso marchaba quinto con 44 puntos, a dos de la Liga de Campeones y con cinco de renta sobre el octavo cuando se encaraba el esprint decisivo de las diez jornadas finales.
El hundimiento En ese tramo definitivo, el Alavés se desmoronó por completo para alcanzar las jornadas finales sin siquiera la posibilidad de pelear por Europa. Nueve encuentros consecutivos sin sumar ni una sola victoria y con solo tres puntos en el casillero -se empató ante Leganés, Valladolid y Athletic; se perdió frente a Atlético, Sevilla, Espanyol, Barcelona y Valencia- de los veintisiete que se pusieron en juego supusieron una sucesión de paladas de tierra sobre el sueño continental. Se vivieron momentos, como el empate con un churro del Leganés en el tiempo de descuento en Mendizorroza o la igualada también en el estadio del Paseo de Cervantes del Valladolid después de desperdiciar una renta de dos goles. En la trigésima segunda jornada, el cuadro vitoriano se caía de la zona europea para no regresar más, ya que la última bala, en el derbi en San Mamés, se fue por la borda con un disparo fuera de Mubarak Wakaso que impidió la victoria que hubiese abierto la puerta a la esperanza.
Al menos, el equipo tuvo un último momento de lucidez para finiquitar la temporada y la etapa de Abelardo al frente del banquillo -cuando DNA adelantó la noticia de su marcha provocó un terremoto inexplicable en el seno del club- con una victoria ante el Girona y una imagen mucho más acorde a la andadura del asturiano en la entidad que la que había ofrecido en las jornadas precedentes, en las que el sueño continental quedó difuminado tras haberse palpado casi como una realidad durante muchísimo tiempo a lo largo de la temporada. En todo caso, El Pitu se despedía después de haber enderezado de manera milagrosa el rumbo del club en su primera campaña y con una más que tranquila salvación en su segundo curso.
Nueva reinvención Esa celeridad a la hora de asegurar la permanencia en Primera permitió a los rectores albiazules comenzar a trabajar en la confección del actual proyecto con tiempo de antelación. La remodelación se inició por el banquillo, con un Asier Garitano que había sido figura fundamental en el ascenso y asentamiento en la élite del Leganés y que venía de protagonizar una experiencia negativa en la Real Sociedad. Un entrenador con unas señas de identidad muy reconocibles y que entroncaba a la perfección con la tendencia del club en ese sentido -mucho trabajo, seriedad, seguridad defensiva, humildad...- de los últimos años. En el capítulo de fichajes, manteniendo prácticamente intacto el entramado defensivo -la única baja reseñable fue el traspaso de Guillermo Maripán al Mónaco a cambio de quince millones de euros-, se apostó por grandes nombres que venían de firmar temporadas complicadas. Así, desembarcaron en Vitoria en propiedad delanteros del calibre de Lucas Pérez (West Ham) o Joselu (Newcastle) y como cedido Aleix Vidal (Sevilla). Junto a ellos, un jugador ya consolidado en Primera como Pere Pons (Girona), un futbolista que venía de destacar en Segunda como Luis Rioja (Almería), un par de cedidos para reforzar la segunda unidad (Lisandro Magallán del Ajax y Oliver Burke del West Bromwich Albion) y una apuesta a largo plazo, Tachi, de la cantera del Atlético de Madrid. Junto a ellos, la sorprendente irrupción desde Ibaia de Borja Sainz.
El proyecto se quedó en verano cojo en algunas posiciones, pero eso no impidió que en las tres primeras jornadas se cosechasen cinco puntos (victoria ante el levante y empates frente a Espanyol y Getafe) que propiciaron sensación de tranquilidad. Nadie podía esperar que sería prácticamente el único momento de calma que disfrutaría un equipo que a partir de ese momento se metería de lleno en una fase de turbulencias, sobre todo por su pésimo rendimiento como visitante. Tres derrotas seguidas ante Sevilla, Athletic y Real Sociedad pusieron a Garitano a los pies de los caballos, pero el técnico salvó el puesto ante el Mallorca. A partir de ahí, una montaña rusa dependiendo del escenario de los partidos. Dos triunfos seguidos, ante el Valladolid y en la visita al Eibar, parecían hacer vislumbrar el mejor momento de un equipo que a partir de ese momento comenzó a caer en picado. Con un solo punto en sus últimos cuatro partidos ligueros y vergonzosamente eliminado de la Copa, las sensaciones con las que se cierra 2019 están lejos de ser las mejores, aunque al menos el equipo está lejos del descenso.
El Deportivo Alavés cierra el año 2019 con un balance de diez victorias, once empates y diecinueve derrotas en cuarenta partidos (uno de ellos de Copa, perdido). En 39 compromisos ligueros durante el año, el balance total de puntos se quedó en 41.