Más 3.000 fallecidos y 110.000 positivos en Euskadi

El año que vivimos peligrosamente

Más 3.000 fallecidos y 110.000 casos positivos de covid-19 en Euskadi; 51.000 decesos y 1,9 millones de infectados en el Estado. El 2020 será recordado como el año del coronavirus en la cronología más triste nunca escrita

02.01.2021 | 23:30
Las primeras vacunas fueron inyectadas a mayores y empleados de residencias el pasado domingo como un rayo de esperanza. Foto: Irekia

Cuando en Nochevieja se pidieron los deseos para el año entrante, seguro que fueron muy diferentes a los que nos vinieron a la mente 366 días antes. Un 2020, que se auguraba redondo por sus guarismos y porque se entraba en una nueva década en la que la economía despegaba y el horizonte se antojaba despejado de problemas. Pero no. Ocurrió todo lo contrario. Lo hemos vivido con peligro, miedo y tristeza por la pérdida de seres queridos. Un maldito virus microscópico transformó la vida en todo el planeta a niveles insospechados, en todos los países, en todos los sectores, en cada uno de nosotros. Euskadi es uno de los países donde más se ha cebado el covid-19 a pesar de los esfuerzos humanos y técnicos puestos en marcha. Sin embargo, hay base para la esperanza. El coronavirus ha demostrado cómo podemos ser más solidarios y cuánto echamos de menos a los que nos quieren y queremos, además del esfuerzo científico. Nunca antes gobiernos, investigadores y empresas se pusieron tan de acuerdo para generar vacunas que releguen el virus a mínimos presenciales el año que inauguramos mañana.

Enero

Desde China con sorpresa

En Euskadi, con sospechas

El año comenzó con las primeras imágenes llegadas desde la provincia china de Wuhan como si de una producción de Hollywood se tratara. Brigadas de sanitarios blindados con monos blancos y máscaras, 56 millones de personas confinadas en casa y un hospital gigante construido en apenas quince días. Nos enteramos de que un brote llamado de forma rara, SARS-CoV-2, era la razón de tan extremas medidas ya que su letalidad aumentaba de forma exponencial. Pero era en China, muy lejos, muy de película. Sin embargo, aquí ya se le empezaban a ver las orejas al lobo. El Gobierno Vasco, ya el 24 de enero lanzó un mensaje de tranquilidad sobre lo que entonces tan solo era "una neumonía de origen chino" y que sus efectos eran los de una gripe común. Pero Osakidetza ya estaba con la mosca detrás de la oreja y empezaba a descartar posibles infecciones de coronavirus, la primera de una mujer ingresada en Cruces. La rápida propagación del bicho por los países asiáticos puso en alerta a Europa y ya en el primer mes del año se establecieron controles en los aeropuertos a los vuelos con origen en Asia. Solo Alemania y Francia, confirmaron dos casos en cada país al finalizar el mes.

Febrero

Primer caso vasco descartado

Hay que tomar medidas

Mientras en la calle las conversaciones sobre el coronavirus eran cada vez más frecuentes, la decisión de la organización de suspender el Movil World Congress que se iba a celebrar en Barcelona activó la alarma de buena parte de la sociedad. Si un evento tecnológico de tamaña importancia se borraba del calendario, algo gordo pasaba. El día 11, la Organización Mundial de Salud (OMS) bautizó oficialmente al bicho, covid-19, y la expansión de los casos punteaba ya el mundo. En Italia, a poco más de dos horas de avión de Bilbao, las infecciones se contaban por miles. Con un goteo cada vez más incesante, los casos sospechosos se iban descartando en los hospitales vascos hasta el 29-F de este año, también bisiesto, en que se confirmó el primer positivo en el centro sanitario de Txagorritxu, en Gasteiz. En el Estado sumaban otros ocho infectados más. Dos días antes, el lehendakari, Iñigo Urkullu, presidió la mesa de coordinación de actuación concertada del Gobierno vasco ante el coronavirus, la primera de decenas de reuniones y encuentros digitales que iba a comandar o en las que iba a participar en los meses siguientes para paliar la crisis sanitaria y económica que se avecinaba.

Marzo

La pandemia llega a Euskadi

Todos en confinamiento

Y nos inundó el tsunami que arrasó con todo. En marzo nos sumergimos sin darnos cuenta en un océano de muertes, colapso sanitario, infecciones masivas y confinamiento integral. El covid-19 entró en Euskadi por Araba tras un funeral celebrado en Gasteiz con varias personas infectadas llegadas de la localidad riojana de Haro, que provocaron un brote de sesenta casos positivos. Ya pintaban bastos y la estadística sumó seis muertos la primera semana del mes. Lakua activó la alerta sanitaria el día 13 tras suspender toda la actividad educativa de Euskadi 24 horas antes. Un día después, Pedro Sánchez se adelantó a cualquier país occidental y decretó el Estado de alarma puro y duro para dos semanas. Se hacía así con el control único de todos los servicios sanitarios y de seguridad ante las críticas del Gobierno vasco que reivindicaba una agenda propia. Todos en casa. Calles vacías. Silencio. Teletrabajo y deporte estático. Solo se podía salir para ir a trabajar y a hacer las compras de alimentación. Ertzaintza y policías locales controlaban cualquier movilidad prohibida. El miedo imperó –algunas estanterías de supermercados se vaciaron– ante una hecatombe inédita y las consecuencias económicas que acarrearía. Los balcones fueron escenario de socialización vecinal y de los aplausos a los sanitarios que tan mal lo estaban pasando en su lucha por salvar las vidas de cientos de infectados que cada jornada ingresaban en las UCI.

Abril

Sin EPI, sin respiradores

Osakidetza desbordada

Fue el mes más trágico para la Sanidad vasca. 51 fallecidos fue la marca máxima registrada los días 4 y 9. Ante un virus desconocido al que no se sabía cómo tratar, con escasez de medios técnicos y de protección, la labor continua de médicos, enfermeras, investigadores y demás colectivos adjuntos fue épica. El propio personal sanitario engordaba el listado de infectados y para el día 8, solo en Araba, se registraron más de 412 profesionales con covid-19. Once días después moría la primera enfermera. Se empezaba a confirmar que el virus se propagaba por el aire y la figura del asintomático, persona con virus que no desarrollaba la enfermedad pero sí infectaba sin proponérselo, salió a la luz. Más miedo aún. En una situación de guerra, Osakidetza realizó test a todos sus profesionales para reforzar su seguridad y las de los pacientes que no podían ser visitados por los familiares y en muchos casos murieron sin su cariño final. Otros, afortunadamente, no. Las imágenes de pacientes que salían del hospital entre los aplausos prendían una luz de esperanza. Para finales de abril, casi siete de cada diez pacientes covid se habían recuperado o dados de alta.

Mayo

El drama de las residencias

Comienza la desescalada

La mayor pena de esta pandemia es la pérdida de nuestros mayores, esas generaciones que sacaron adelante este país en situaciones calamitosas y que han caído víctimas de una pandemia inmisericorde. Muchos han fallecido en casa, al lado de los suyos, pero otros muchos lo hicieron en residencias, sin sus hijos ni nietos, solo atendidos por sus cuidadoras. Desde el inicio de la crisis hasta mediados de mayo fallecieron más de 250 mayores en centros forales vizcaínos. El índice de letalidad entre la población de 80 a 89 años superó el 20% en Euskadi, comunidad que, comparada con otras del Estado, ha registrado estadísticas menos negativas. Mientras tanto, las draconianas medidas surtían efecto, se doblegaba la curva y las fases de la desescalada fueron llegando. Las salidas de ocio masificaron calles y plazas por horarios y franjas de edad, la movilidad en vehículos aumentó y bares y restaurantes llenaron los sucesivos aforos que les dejaban las restricciones. Los hospitales iniciaban una descompresión sanitaria que, con menos pacientes covid, permitía su actividad en otros servicios sanitarios dejados en barbecho.

Junio

Concluye el estado de alarma

Una 'nueva normalidad'

La denominada nueva normalidad empezó a tejerse poco a poco, pendientes de las fases de la desescalada y de la apertura de los mapas de confinamiento. Cuando llegó el día 21, con el levantamiento del estado de alarma, nos asomamos a un verano en el que se quería recuperar todo el tiempo perdido. Craso error. Aunque para el 16 de junio se habían realizado pruebas de detección del virus al 10% de los vascos –ya se han superado los 1,8 millones test– la pandemia estaba muy lejos de desaparecer. A nivel mundial, y sin cumplirse aún seis meses, ya se habían infectado diez millones de personas y más de 500.000 habían muerto. En Euskadi, por contra, se contabilizaban por días seguidos la ausencia de positivos y todo parecía ir viento en popa. Los partes oficiales arrojaban las cifras más positivas y casi nos habíamos olvidado del coronavirus, aunque algunos especialistas advertían que había que temer nuevos brotes. Daba igual. Todos pensaban en las vacaciones, en ir a la playa con distancia sanitaria o visitar a familiares que solo habían sentido cerca por frías videoconferencias. Pero el bicho seguía ahí. Aletargado, silente, atento a que nos relajáramos. Y así ocurrió.

Julio

Primeras limitaciones parciales

Verano con mascarilla

La segunda ola que los expertos auguraban para otoño inició su andadura en pleno verano. Un brote de temporeros de la fruta en Lleida llegó a Ordizia el día 5. Por primera vez, Osakidetza empezó a practicar cribados masivos para concretar la presencia del virus. Las carpas y los hisopos penetrando en la nariz empezaron a ser fotografías habituales en prensa. Aquella primera intervención desveló 78 casos tras más de 2.500 pruebas PCR. Otros brotes surgieron y los cribados se multiplicaron no solo en verano, también en los últimos meses. De octubre a diciembre, Osakidetza ha practicado 22 controles colectivos. Euskadi, junto a Galicia, fue también laboratorio de medidas para gestionar una jornada electoral multitudinaria que, de nuevo, dio la mayoría al PNV y la Lehendakaritza, a Urkullu. El día 15, Euskadi impuso el nuevo complemento facial que perdurará en nuestra sociedad, la mascarilla. Con la afluencia de viajeros en los transportes públicos generada con la retomada actividad económica, el bozal se hizo indispensable ya que no se podía mantener la distancia sanitaria. La medida se extendió a la calle y a cualquier recinto días después.

Agosto

Las peligrosas 'no fiestas'

Plan de emergencia vasco

Las citas de fiestas patronales y convocatorias culturales que reúnen a miles de personas habían sido prohibidas meses atrás pero las denominadas no fiestas fueron un torrente de contagios durante agosto. A pesar de que los ayuntamientos evitaron cualquier convocatoria, la sociedad, sobre todo los jóvenes, no supo contenerse y Euskadi se despertaba cada día con 1.400 nuevos infectados de media en agosto. Los rastreadores se vieron desbordados por la magnitud de los brotes, obstaculizando un trabajo esencial ya que para entonces se sabía que un 45% de los nuevos casos se encontraban entre contactos estrechos de los infectados. Mientras tanto, el Gobierno vasco tomaba las riendas de la pandemia y el Plan de Protección Civil de Euskadi, conocido por el acrónimo de LABI, dictó sus primeras medidas restrictivas. Las reuniones de este foro interinstitucional se esperaban, y se siguen esperando a día de hoy, con gran expectación por su repercusión en todos los ámbitos.

Septiembre

La polémica vuelta al cole

Aulas casi sin contagios

La segunda ola ya era un hecho irrefutable y el miedo a su agravamiento por el inminente inicio del curso escolar impregnó a las familias y al sector educativo. Protocolos de seguridad marcaron las aulas desde Preescolar a la Universidad y aunque hubo brotes entre chavales de todas las edades desde septiembre no se ha tenido que clausurar ningún centro educativo por la pandemia. Fue este mes cuando más casos se registraron y para el día 25, se habían clausurado 280 aulas de las 17.554 abiertas, un exiguo 1,59%. Después la incidencia continuó progresivamente a la baja hasta llegar al pasado día 16a un 0,35% de aulas afectadas. Estaba claro que los más jóvenes no eran la causa de la cada vez mayor extensión del virus en Euskadi. Las estadísticas que a diario emitía Osakidetza describían cómo el virus seguía echando un pulso a la sociedad y cómo, poco a poco, lo iba ganando en detrimento de un personal sanitario que temía de nuevo picos como los de abril. En el resto del mundo se alcanzaba el día 28 la cifra redonda de un millón de muertos por el covid-19, de los cuales más de un 40% se registraron en Estados Unidos, Brasil e India.

Octubre

Un nuevo estado de alarma

No entrar en zona roja

Con el presidente estadounidense, Donald Trump, infectado, empezó un mes que cada vez arrojaba más noticias sobre la llegada de vacunas efectivas antes de que concluyera el año. Algunos se alegraron, otros no se lo creyeron y casi todos seguían las directrices para evitar la extensión de la pandemia. Los esfuerzos económicos para atender los sectores más afectados fueron in crescendo y se priorizaron gastos sanitarios. Aquí, Lakua ya había comprado en octubre material suficiente para hacer frente al coronavirus hasta el próximo marzo. Una reserva estratégica valorada en 80 millones de euros. Iba a hacer falta. Las cifras de positivos y fallecidos crecían junto a las restricciones dictadas por el LABI. La publicación en el Boletín Oficial del País Vasco de sus medidas y las posteriores notas informativas aclaratorias de la Ertzaintza son best sellers desde entonces. Las cosas están cada vez más feas, nadie quiere entrar en zona roja, el nuevo baremo establecido para visualizar el número de contagios. El 25, Madrid decretó un nuevo estado de alarma y al día siguiente, el LABI, ya con autoridad total, limitó la movilidad al término municipal e implantó el toque de queda a las 22.00 horas. Más controles y salvoconductos.

Noviembre

Aumentan las restricciones

Hostelería en pie de guerra

Fue el mes con más casos registrados, también porque se dispararon los test delatores del virus. La labor de búsqueda es ingente a todos los niveles. Si en la primera ola, el pico de contagios diario fue de 723 casos, el 5 de noviembre alcanzó los 1.547. Afortunadamente, la presión hospitalaria descendió. Si en abril había 1.874 ingresados en planta y 227 en UCI en sus días álgidos, el pasado mes se quedaron en 840 y 146, respectivamente. La jornada de mayor número de fallecidos fue el día 24, con 21 decesos, treinta menos que el pico de la primera ola. Cifras positivas, pero también negativas. Para evitar un nuevo confinamiento que lastrara de nuevo a la economía, Euskadi tomó medidas más drásticas que se llevaron la hostelería por delante, dictó toques de queda nocturnos y restringió la actividad comercial. Una situación que se prolongó hasta inicios de diciembre y que levantó en armas a los dueños de bares y restaurantes con manifestaciones casi diarias. Las instituciones, a todos los niveles, procuraron ayudas económicas, pero el sector no las considera suficientes para unos negocios moribundos y que tanto impacto social acumulan.

Diciembre

La esperanza llega con la vacuna

Navidades de gran riesgo

El año tan aciago concluye por lo menos con dos buenas noticias. La más importante la llegada de la primera vacuna anticovid que el pasado domingo fue inyectada a los primeros mayores y al personal que les cuida en las residencias. Sin duda, una prueba del reconocimiento que se merecen estos dos colectivos, igual que los sanitarios. La segunda, la amortiguación de la segunda ola, que no el descenso, ya que la curva no se ha conseguido aplanar como en el primer embate. Los casos se mantienen en una meseta a la espera de cómo nos hayamos comportado durante la Nochebuena y Navidad y qué haremos esta noche y mañana. El caldo de cultivo del virus en reuniones familiares, sin las medidas de seguridad recomendadas, puede implicar que enero de 2021 vuelva a ser un mes crítico en los hospitales vascos. De momento, los datos aportados ayer, 516 nuevos casos y un 6% de positividad suponen un serio aviso. Seamos sensatos esta noche y mañana.

noticias de noticiasdealava