Israel vuela los puentes del sur del Líbano entre el temor de Beirut a una fractura interna
El Ejército israelí aplica el «modelo Gaza» para desconectar el sur del país mientras Beirut libra una batalla política por mantener la cohesión
Mientras el eco de las explosiones retumba en los valles del sur y el estruendo de los cazas israelíes parten el cielo de Beirut, el Líbano se enfrenta a una ofensiva militar que busca desarticular físicamente su territorio y una tensión política interna que amenaza con hacer saltar por los aires la precaria paz civil que ha sostenido a la nación durante décadas.
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Este lunes la intensidad del conflicto ha alcanzado un nuevo pico. La estrategia de Israel ha quedado clara tras los últimos movimientos en la frontera: no se trata solo de una incursión terrestre, sino de un plan deliberado para aislar el sur del país, transformándolo en una isla de escombros y fuego.
Destrucción de los puentes
El ministro de Defensa israelí, Israel Katz, ha sido contundente en sus directrices: destruir todos los puentes sobre el río Litani. La lógica militar es cortar las vías de suministro y refuerzo de Hizbulá. Sin embargo, el coste humano y soberano es devastador.
A los ya destruidos puentes de Qasmiyeh, Qaaqaaiyat y Zrarieh, se suma ahora la amenaza inminente sobre el puente de Al Dalafa, sobre el cual el portavoz militar israelí, Avichay Adraee, ya ha emitido la advertencia de bombardeo. Al destruir estas arterias, Israel está separando la franja más meridional del resto del territorio nacional.
Pero la destrucción no se limita a las infraestructuras. El "modelo Gaza" —la demolición sistemática de localidades enteras como Beit Hanún o Rafah— planea ahora sobre las aldeas libanesas. Las órdenes de Katz de acelerar la demolición de viviendas que supongan una "amenaza" para las comunidades del norte de Israel sugieren una política de tierra quemada que busca despoblar permanentemente la zona fronteriza.
El equilibrio imposible de Beirut
En el Palacio Presidencial de Baabda, el ambiente es de máxima urgencia. El presidente Joseph Aoun ha mantenido hoy reuniones con el primer ministro, Nawaf Salam, y el jefe del Parlamento, Nabih Berri, manteniendo la consigna oficial de la "unidad nacional", pero las grietas son profundas.
Hace apenas tres semanas, el Gobierno libanés aprobó la ilegalización de las actividades armadas de Hizbulá. Esta decisión, que busca forzar el desarme del grupo chií, ha reabierto viejas heridas. El temor a que la presión externa desemboque en un nuevo conflicto sectario es palpable, por lo que Joseph Aoun y Nabih Berri —este último, aliado clave de Hizbulá y mediador esencial— han hecho un llamamiento desesperado a evitar cualquier "regreso a una guerra civil".
Sin embargo, mientras el Estado intenta desarmar a Hizbulá sobre el papel, el grupo chií sigue siendo la fuerza que se enfrenta directamente a la ofensiva israelí y estadounidense en el marco de la escalada regional contra Irán. Con más de un millón de desplazados internos, el tejido social del Líbano está al límite de su resistencia.
La guerra entre Israel y Hizbulá deja un rastro de devastación y muerte en todo el Líbano
En medio de este fuego cruzado, la comunidad internacional observa con impotencia cómo sus propios mecanismos de paz son vulnerados. La FINUL (Misión de paz de la ONU en el Líbano) ha denunciado hoy que un proyectil alcanzó su cuartel general en Naqoura.
"Balas, fragmentos y metralla han impactado en edificios y zonas abiertas, poniendo a los pacificadores en riesgo", declara Kandice Ardiel, portavoz de la misión. Aunque se sospecha que este último proyectil fue disparado por un "actor no estatal", la realidad es que los soldados de paz se han visto obligados a permanecer en refugios durante las últimas 48 horas, mientras los combates arrecian a escasos metros de sus posiciones.
¿Diplomacia o aniquilación?
El Líbano se encuentra en su segunda guerra en apenas año y medio. La ofensiva actual no es un evento aislado, sino parte de un tablero geopolítico mucho mayor donde las potencias regionales miden sus fuerzas.
La pregunta que resuena en las calles de una Beirut saturada de refugiados es si la diplomacia encabezada por figuras como Berri y Salam podrá detener la maquinaria de guerra antes de que el aislamiento del sur sea total. Por ahora, el lenguaje de los misiles parece imponerse al de los despachos. Con los puentes del Litani cayendo uno tras otro, el Líbano no solo está perdiendo sus conexiones físicas, sino también el tiempo para evitar una catástrofe humanitaria y política de dimensiones históricas.
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