Desde la trinchera: Esencial 1
esde el pasado lunes el número se ha reducido. Solo ellas, las personas esenciales, andan con salvoconducto. Son las indispensables. El personal sanitario, dispensadores, comerciantes, algunos transportistas, el sector primario, fuerzas de seguridad, estanqueros -¡tiene bemoles! y un pezoncito del que emana dinero para las arcas del Estado vía impuestos indirectos, tal es la esencia del trato- y un reducido grupo de políticos con responsabilidades en la lucha contra el coronavirus. El resto del país en casa. Cumpliendo con nuestro deber. Unidos todos, pero aislados, estrechando lazos solidarios con médicos, músicos y deportistas para recaudar dinero para la causa: mascarillas, guantes, equipos de protección y respiradores. Aquí todos somos necesarios y muy pocos indispensables.
Los profesionales seguirán mostrándonos gráficas con más o menos curva, con picos o mesetas, con afectados, contagiados, ingresados, dados de alta y€ muertos; mientras otros profesionales, descreídos al principio, orgullosos e ignorantes, mostraban ambos, el orgullo y la ignorancia, en sus programas y tertulias millonarios en audiencia, contradiciendo a científicos, personal sanitario, técnicos y responsables políticos que exigían medidas inmediatas y hoy, donde decían digo dicen Diego. Espectáculo puro y miserable de algunos medios y seres humanos.
ERTE y paro también tienen su curva ascendente en pico. Y los políticos, la mayoría silenciosa que como nosotros vive encerrada en casa, aquí calla, como si el asunto no fuera con ellos. Podrían imitar a los profesionales más egoístas, a los futbolistas, a la élite, que, por cuenta propia o ajena, con empuje o empujados, han mostrado cierto grado de empatía con la población y se han rebajado el sueldo. No caerá esa breva.
La pandemia, la guerra, la crisis, sacan lo mejor y lo peor de nosotros. Más de lo bueno, pero mucho malo. Entre tanto vecino solidario sobresale el aprendiz de vigilante/policía, chivato y cotilla; y entre nuestros gobernantes, el traidor y el pescador en río revuelto, los incapaces en comprender qué se necesita de cada uno de ellos.
AneIbáñez es una de nuestras indispensables. Esencial. Profesional de trinchera. Una de esas personas que, cada día, a las ocho de la tarde, recibe el aplauso de los encerrados. Y las gracias. "Nos sentimos reconocidos", dice Ane, "pero hacemos lo que hacíamos y seguiremos haciendo lo mismo cuando esto pase". Médicos, enfermeras, auxiliares, hombres y mujeres de la limpieza, celadores y personal de oficina; "todos somos personal sanitario". "Y no somos héroes", dice, subrayando bien cada palabra. Aprovecha para reivindicar, "ahora y cuando esto pase", mejoras en su profesión. La crisis sanitaria y global "que estamos viviendo", nos cuenta, "ha coincidido con el año de la enfermería, cuando más visible se ha hecho nuestro trabajo". Quizá sepamos aprovechar esta enseñanza y aprender qué es y significa la sanidad pública. Un privilegio.
Ayer tocaba volver a la UCI tras una fase de descanso. El primer caso de coronavirus, la última semana de febrero, le tocó en urgencias, "donde estábamos mucho más expuestos". Desde el 4 de marzo, ya en la UCI, "las medidas de seguridad han mejorado y el protocolo nos protege". De ocho de la mañana a tres de la tarde, Ane, que se había cambiado media hora antes en los vestuarios generales del hospital, vive bajo el EPI de su trabajo en Txagorritxu: buzo, gorro, mascarilla, doble guante y gafas. La UCI principal cuenta con veinte camas. Se han habilitado quince más en la quinta planta y otras ocho en la zona de quirófanos de la tercera. Ahí es donde se mueve nuestra campeona. "Txagorritxu ha tomado aire los últimos días", nos tranquiliza. Por los enfermos y por los equipos de trabajo. En el turno de noche de la UCI general trabajan una veintena de personas entre médicos, enfermeras, auxiliares y celadores. Por la mañana hay más gente de refuerzo. En la Unidad de Cuidados Intensivos "no trabajamos con miedo, pero sí con mucha presión y respeto", reconoce Ane, "por desconocimiento e inseguridad". El virus con el que se combate es desconocido. Lo mismo pasa con el material utilizado en la lucha. "Hay inseguridad porque el aparataje es nuevo. Hemos aprendido a marchas forzadas con los respiradores. La carga de trabajo está siendo muy dura y la patología de cada enfermo es muy diferente", resume nuestra campeona.
Ane Ibáñez, campeona de España de trinquete junto a NagoreMartín, medalla de bronce en la última Copa del Mundo de paleta argentina, se había programado el año como "la temporada de la desconexión" tras casi tres años de preparación exhaustiva. Hoy apenas sale de casa cuando no trabaja. Pasa las horas junto a su pareja, Andoni, y Negu, el perro "que apenas sale a mear, el pobre". Practica yoga, hace "unos pocos ejercicios", estudia psicología, aprende a cocinar "por Internet y consultando por teléfono con Merche, mi madre". Y descansa mucho, todo lo que puede. Habla casi todos los días con los padres e intenta "no seguir las redes sociales y centrarme en lo importante".
Como todos, cuando esto acabe "abrazaré a la gente". Cuando se arregle esto "saldré a correr con mi perro, quedaré con mis amigas y la familia y soltaré todo el estrés acumulado".
Con Ane hemos empezado con los esenciales. Gentes de las que dependemos y a quienes estamos muy agradecidos. La mayoría de nosotros peleamos en silencio, en retaguardia. Encerrados en casa para cortar el hilo conductor de la transmisión por la que el virus viaja a la velocidad de la luz. A ella le ha tocada la trinchera, el cuerpo a cuerpo contra el enemigo de esta dura batalla. A las ocho de la tarde te recordaremos. Os recordaremos a todos.