Aula de amor

(LII) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

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09.05.2020 | 01:12
Audiofragmento del capítulo LII, locutado por Nagore Cámara.
Ilustración de Kiko Pérez.

De saber con absoluta certeza lo que sucedería tras recibir la visita de Unai y Juantxu en casa de Alicia, donde aquella como tantas otras noches paraba Matos, Javier no se habría visto obligado a planificar lo que tuvo que idear.

De saber a ciencia cierta lo que sucedería mientras Matos esperaba a Juantxu y a Unai en casa de su abuela, un poco nervioso por primera vez en aquel lugar, La Guarida, que Matos utilizaba para trabajar y transcribir conversaciones que sacaba del repositorio de la web donde se registraban los archivos que salían de cada uno de los móviles donde tenía instalada una aplicación espía, algo a lo que le ayudó en su momento Ray, de saberlo, de conocer todo, no se habría visto impelido a diseñar lo que diseñó.

De saberlo con certeza aquella tarde todo, aunque estaba allí, en casa de Alicia, porque Matos sabía que Juantxu y Unai vendrían a casa de Alicia, donde aquella noche esperaba Matos para acostar a su abuela, no sin antes cenar juntos, comprobar que las pastillas eran las indicadas, sobre todo llevarla a dormir cuando Alicia se quedara dormida frente al televisor, Matos no se habría visto obligado a escribir futuribles. No. Matos no se habría visto en esa tesitura.

Matos imaginaba lo que iba a pasar, pero lo que Matos desconocía era lo que pasaría después de que pasara lo que pasó.

Por eso mismo era vital no solo contar con un plan B, sino realizarlo: escribir antes los capítulos restantes. Algo que se activaría con altísima probabilidad, algo que le obligaría a huir de casa de Alicia en un momento dado, algo que acabó a tiempo Matos.

Los capítulos los acabó una hora antes de que llegaran Juantxu y Unai.

Y los envió.

Cuando punteó la tecla que contenía aquella gloriosa palabra en castellano, send, sonrió. Sonrió como no lo había hecho en muchos años y capítulos.

El que la sigue la consigue, como le decía su madre, cuando crío, cuando vivían en Errekaleor, antes de abandonar aquel barrio e irse a vivir con Alicia, con su abuela, antes del accidente de tráfico, cuando aprendió a leer el horizonte desde la colina de las Neveras como estaba leyéndolo ahora.

Lo que hizo Matos para ese plan B, que al final se convirtió en el A, como pasa siempre con todos los planes B que se hacen bien, fue acelerar las notas de los capítulos que ya sabía que no le dejarían escribir, los capítulos que irían desde éste hasta el último, para que todo quedase por fin contado de una vez para siempre.

Javier Matos, una vez que los terminó, poco antes de que llegara la visita de Juantxu y Unai, tuvo el cuidado de ponerlos a buen recaudo y enviárselos a la persona adecuada para que corrigiera lo que tuviera que corregir y pudieran publicarse religiosamente y por entregas en el periódico de la pequeña ciudad.

Pero para que la historia avanzara, y como ya no le quedarían medios de registro de los brutos con los que siempre Julen y él dibujaban y escribían los capítulos, tuvo primero que hablar con Julen.

Matos le explicó a Julen que no le podía ver en un tiempo a partir del capítulo cincuenta. Le dijo también a Julen que siguiese enviando a quien envió hasta ese momento las ilustraciones.

¿Ves cómo no pasó nada?, le dijo ¿ves como no te hizo nada Juantxu?, le dijo. Yo sabía que a ti no te haría nada. Matos le dijo esto último mientras le acariciaba la cara a Julen. Gracias. Te quiero. Le dijo Matos.

¿Donde vas a estar?, preguntó Julen, que ya sabía que aquella despedida tenía el olor de las almendras amargas.

No puedo contártelo porque esto se va a escribir y contar también. Si te lo digo, ellos lo sabrán. Es lo que no quiero. Luego se besaron.

Matos se fue.

Pero antes de todo eso cerró los capítulos, sobre todo este, y lo hizo de tal forma que se vio obligado a suponer e imaginar lo que seguiría tras ese anticlimax del capítulo 51.

Y así imaginó y de hecho lo escribió, como se puede leer ahora mismo, que Unai despertaría a Juantxu a eso de las cinco de la mañana del capítulo 52 porque vio este capítulo en internet. Luego le diría muy alterado a Juantxu que Matos les había engañado. Más tarde bajarían los dos a comprar el periódico en papel al quiosco más cercano. Luego Juantxu buscaría con rapidez la página concreta de la sección donde se estaba publicando esa novela que ellos creían haber detenido.

Al poco recordarían haber roto la tarde anterior las pantallas y teclados de Matos a martillazos y haber cortado a tijeretazo limpio cada uno de los cables que comunicaban los ordenadores de La Guarida de Javier Matos con las regletas la pared.

Por la tarde de aquel capítulo volverían a leer este capítulo como si se pellizcaran los ojos para comprobar que aquello era verdad.

Por la noche no dormirían bien. Unai, sobre todo. Luego se levantarían. Volverían a casa de Alicia. No encontrarían a Matos. Volverían a casa de Julen. Julen no les abriría. Golpearían la puerta de Julen. Julen se vería obligado a llamar a la Ertzaintza. Vagarían así, un día y otro, como vagan entre las páginas de una novela sus personajes. Un capítulo tras otro. Y otro. Y otro. Y otro. Y otro. Y otro. Y otro, hasta llegar exhaustos al último, que sería como llegar al primer gran olvido de sus memorias. Continuará...