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(XII) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

28.03.2020 | 23:18
Audiofragmento del capítulo XII, locutado por Teresa Sagasti.
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Basta que Unai llevara toda la noche currando. Basta que le hubiera hecho un favor grande a su amigo Landa porque no tenía ni idea de que Nagore era la hija de su amigo. La vio una vez, cuando era muy pequeña, y desde aquel hace mucho no había vuelto a verla, como para reconocerla cuando se la encontró entre Cruz Blanca y Domingo Beltrán.

Basta que quisiera descansar, dormir, porque con el amanecer del octavo comenzaba su día libre, el segundo día libre de su cuarentena. Basta que intentara hacer lo que pudo, pero cuando Unai leyó la carta de Gloria que encontró en el suelo del descansillo que su casa compartía con la de Gloria, Unai pensó ya basta. No puedo más. Pensó Unai.

No estaba de servicio, aunque esa frase le sonara más antigua que la tos. Estar o no de servicio. Lo cierto es que se quedó estupefacto con la carta de su vecina Gloria. No se conocían mucho. Jelen hablaba más con Gloria que él y de vez en cuando le contaba cosas de aquella mujer. Aún así, la carta que le dejó Gloria le obligaba a hacer algo para comprobar cuánto había de cierto en todo lo que allá estaba escrito.

Se le ocurrió subir las seis plantas de su edificio y escuchar al otro lado de las puertas. Desconocía cuál sería la casa en la que vivían Amadeo y Charo, la pareja de la que hablaba Gloria en su carta. Cautela. Tras las puertas no se oía nada. Estuvo bastante tiempo así. Escuchaba desde el otro lado los silencios internos de cada casa. Cualquier ruido, por pequeño que fuera, sería probatorio. Pensó Unai que debía seguir investigando aquella historia. Que tenía que investigarla. Pero no se oía nada tras las puertas. Aparte estaba cansado. Volvió Unai entonces a casa. De nuevo el aroma del café. De nuevo si Jelén estaba o no. Pues no. No estaba. Se pasa el día en el hospital. Pensó Unai. Tengo ganas de verla. Pensó Unai.

En el momento en el que se iba a acostar recibió un mensaje de Landa. Gracias por sacarme de este atolladero ridículo. Mira que quedarme encerrado en el camarote. Escribió Landa en el whatsapp. De nada. Escribió Unai. Menos mal que fuiste tú el que se encontró con mi hija. Ya me vale. Es que mis padres no abrían, sabes que viven donde vivimos Nagore y yo. Pero no abrían. Escribió Landa. Para eso estamos. Escribió Unai.

¿Y con Arantxa? Ya me contó mi hija. Están confinadas. Escribió Landa. Sí, salió a la ventana. Yo, como no sabía mucho más, creí que todo era de coña, que tu hija estaba abandonada. Escribió Unai. Buff. Escribió Landa. Gracias. Escribió Landa. Hoy libro, pero mañana archivaré la investigación, porque llamé al retén con esta historia. Al ver una niña sola tan tarde por las calles. Escribió Unai. Gracias doblemente. Un abrazo. Escribió Landa.

Unai se desvistió. Pensó en darse una ducha, pero estaba muy cansado. Se desvistió como si se quitara la piel, como si fuera un puma demudándose. Se tumbó desnudo en la cama. Se quedó dormido. Durmió profundamente. El silencio total que había en el edificio y en las calles era un tobogán por el que Unai cayó hasta el pozo negro de su sueño como una canica al juguete de un niño tras un laberinto lleno de curvas.

Unai durmió tan profundo que el tiempo duró más de lo que dura el tiempo en un sueño de humanos.

El décimo segundo de cuarentena, Amalia, que era muy, pero que muy amiga de Arantxa, se encontraba sola en una gran sala llena de puestos con ordenador y silla vacíos de la ETT en la que trabajaba en la pequeña ciudad. Llevaba gran parte de la mañana al teléfono. Todas sus compañeras teletrabajaban y le pedían opinión para todo. Ella era la jefa de aquella franquicia en la pequeña ciudad. Una jefa un tanto especial. No trabajaba solamente para ella y para sus empleadas. Lo hacía para una multinacional en la que los nombres eran un número en una hoja de cálculo excell. Incluido el suyo. Amalia.

A todas sus empleadas les decía lo mismo. No. No hace falta. No. No se puede garantizar que los documentos expedidos por cualquiera que los expida, aunque sea un papel con el sello de una empresa, sean veraces. Les decía a todas sus empleadas. Utiliza el sentido común. Les decía. Si sales a lo que sea, todo dentro de lo que han ordenado con el estado de alarma, y si te preguntan, diles a lo que vas, con absoluta normalidad. Les decía Amalia. Que no, que no te voy a hacer ese papel. Que no vale para nada. Les decía Amalia. A casi todas.

Entonces le vio. Era Ray. Le vió tras los cristales de la oficina. En plena calle. Era un repartidor. Esperaba con un paquete en la mano. Amalia se levantó sin desprenderse del pinganillo. Se acercó a unos metros de la puerta. Hablaron en señas. Ray no quería entrar. Amalia no quería salir. Hablaron por señas otra vez hasta que Amalia le señaló el móvil de empresa que estaba rotulado en una de las dos cristaleras.

Si no sales no te entrego el paquete. Porque esto es para esta empresa. Escribió Ray. Yo no voy a salir. Escribió Amalia. Podemos estar así toda la mañana. Escribió Amalia. Tú misma. Escribió Ray. Pasado un rato, Ray se cansó y dejó el paquete en medio de la calle vacía. Amalia tardó en salir a recogerlo. Continuará...