Unai en el cine azul

(VI) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

23.03.2020 | 01:02
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Si no llega a ser por Elena. Elena y Unai. Llevaban 20 años juntos. Si no llega a ser porque el primero de la cuarentena la mujer a la que todos llamaban Jelen se fue sin despedirse al hospital, a Unai Gorritu no se le hubiera pasado por la cabeza empezar a investigar algo que en principio no formaba parte de su trabajo. En principio. Porque todo comienza alguna vez. Como en lo real. Aunque en realidad se nos olvide esta premisa, algo que estaba ocurriendo en muchas de las cabezas de la pequeña ciudad en aquel primer lunes de cuarentena.

Donde surge un momento nuevo. Ahí. Pensó Unai. Justo cuando no se sabe nada sobre algo de lo que nada se sabía, justo ahí comienza ese algo donde antes no había esa cosa. Pensó Unai. En ese instante a Unai le estampó de golpe una palabra en la cabeza. Fue como el goterón de una lluvia que nadie más percibe en la calle vacía. Una mutación. Y le vino de golpe esa palabra. Mutación. Así es la naturaleza. Pensó Unai. Pero eso no se sabía en la pequeña ciudad, o al menos no se sabía que había que saber cuánto antes. Pensó Unai. Cuando hay una mutación en cualquiera de los seres de un grupo humano, un ecosistema, el pensamiento de ese grupo muta el de todo el ecosistema. Pensó Unai. El de todo, absolutamente todo el ecosistema. Pensó Unai. Por muy pequeño que sea el bicho que muta. Pensó Unai. Así le llaman al virus. Ahora ya sí que le llama todo el mundo así al virus. Pensará Unai. Era su día libre. Ya no podía dormir.

Su cabeza estaba llena de luz. Llena de impresiones. Podía oír, si se tapaba las orejas, cada una de las sinapsis de sus neuronas. Esto sucedió al día siguiente de hablar con Alicia, horas más tarde de recoger su denuncia telefónica. En su día libre. Toda una ironía.

Entonces oyó voces de la noche anterior. El corazón le latió con fuerza ¡Jelen! Gritó, Unai ¡Jelen! Gritó, Unai, ¿Se habría ido al hospital sin despedirse de él? El aroma del café ya no estaba en el aire de la casa. Gloria, que vivía pared con pared, escuchó los gritos. Pero pensó que provenían de la casa desde la que cada dos meses, puede que cada tres, no sabría decir, Gloria escuchaba gritos. Se puso en alerta. Tuvo miedo.

El sexto de cuarentena, el máximo responsable de una de las policías del estado dirá: "El virus se está escondiendo". También, en esa tarde larga, tan o más que la primera del día del estado de alarma, un grupo de científicos chinos del mundo dirá: "Hay que seguir el método Wuhan".

Pero Unai, en su día libre, no podía saber todavía todo esto, porque todavía no había pasado todo esto. A Unai le quedaba una semana por delante para saber todo esto. Unai seguía en su día libre, seguro ya de que Jelen se había ido al hospi sin decirle nada, quizá para no despertarle. Unai volvió entonces a recordar la historia de los dos jinetes. Nada de símbolos apocalípticos. Pensó Unai. Y volvió a oír las voces de anoche.

¿Pero tú eres gilipollas, capullo?, ¡Sí, lo has pillado bien, ¡Cambia esa cara, que no es una pregunta! ¡Eres gilipollas!, le soltó Marisa nada más entrar para cerrar su turno por ese día ¡Es que te metía un sopapo ahora mismo!

Unai recordó en su día libre cómo se mordía los labios anoche Marisa, su compañera de curro, mientras se iba para dentro con Nacho por detrás diciendo que una equivocación la tiene cualquiera, como casi siempre hacia Marisa cuando estaba desbordada, que hasta se hizo heridas una vez en los labios, con Nacho por detrás repitiendo una y otra vez que una equivocación la tiene cualquiera. Unai no recordaba cuántas veces dijo la frasecita Nacho. Pero estaba seguro de que fueron más de las que un compañero puede soportar. Lo que sí recordaba a la perfección fue la respuesta que gritó a Nacho, cuando él y Marisa estaban a punto de desaparecer por el pasillo. Lo dijo a micrófono abierto, desde la pecera con cristal de seguridad. Creía que el micro estaba cerrado. Mala suerte. Otra equivocación.

¿Vosotros Nunca os equivocáis, payasos? Aquella frase la oyó casi toda la comisaría. Luego tuvo que disculparse. Los otros no. Marisa no se disculpó. Nacho tampoco. Lo que me dijeron a mí no lo dijeron a micrófono abierto. Pensó Unai. Por eso tuve que disculparme. Pensó Unai. Y volvió a los caballos. La voz de Alicia otra vez. La equivocación. Y mientras escuchaba de nuevo la voz de Alicia con tanta claridad que podía ver también los dos caballos, recordó una película. Fue en el cine Azul, aquel lugar que hoy ya era nieve en la pequeña ciudad. Recordó una sala en penumbra, con poca gente. Recordó la película que vio aquella vez, cuando tenía diecisiete años, cuando quería estudiar Cine, Bellas Artes, cuando iba al Instituto de los Herrán. QIU JU, una mujer china. Dirigida por Zhang Yimou. Sí. Ese es el título. Pensó Unai. Fue en el cine Azul. El que estaba en la plaza Zaldiaran. El valle de los caballos en euskera. Pero había más. Aquel día no estaba solo. ¿Con quién fue a ver aquella película que hablaba sobre el esfuerzo y constancia de una mujer china para superar las dificultades? Se preguntó Unai. Fui con alguien. Pensó Unai. Pero no puedo recordarlo. Pensó Unai. Tengo que recordarlo. Pensó Unai. Continuará...