África ante la tormenta perfecta: petróleo, fertilizantes y deuda en tiempos de guerra
Cuando la oferta mundial de petróleo y gas se reduce, el mercado internacional funciona como una subasta. El combustible disponible no desaparece de forma equitativa para todos, sino que se vende a quien más puede pagar. Europa, Estados Unidos o las grandes economías asiáticas, es decir, el Norte Global, pueden absorber precios más elevados. No es el caso de los países africanos.
Ese mecanismo de subasta puede convertir a África en una de las grandes víctimas indirectas de la actual crisis en Oriente Medio. No solo por el petróleo, sino también por un recurso mucho más decisivo para el continente: los fertilizantes.
El cierre del estrecho de Ormuz (por donde pasa alrededor de una cuarta parte del petróleo transportado por mar y grandes cantidades de gas natural licuado) está alterando las cadenas de suministro esenciales para la agricultura internacional. El problema es especialmente grave porque el gas natural es una materia prima fundamental para producir fertilizantes nitrogenados como la urea y el amoniaco.
Según datos de Naciones Unidas, en 2024 alrededor del 30% del comercio mundial de fertilizantes pasó por el Golfo Pérsico. Solo esa región exportó el 23% del amoniaco y el 34% de la urea mundial. Para muchos países africanos, entre el 20% y más del 50% de sus suministros de fertilizantes proceden precisamente de las naciones del Golfo Pérsico. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (también conocida por sus siglas en inglés, FAO) estima que, en apenas el primer mes de guerra, el precio de los fertilizantes aumentó un 50% y las consecuencias no afectan a todos por igual.
África es siempre el primer expulsado del mercado
El África subsahariana importa alrededor del 90% del fertilizante que usa y, aun así, aplica mucho menos por hectárea que el resto de las regiones del mundo. Una dependencia enorme sobre un consumo bajísimo. Esa infrautilización explica en parte los bajos rendimientos agrícolas del continente y su enorme dependencia de las importaciones alimentarias. Por eso, una reducción relativamente pequeña en el acceso a fertilizantes puede provocar efectos devastadores.
La situación es especialmente delicada en África oriental. Hay países como Kenia, Mozambique, Tanzania o Somalia que dependen fuertemente de las importaciones procedentes del Golfo. Sudán es el caso más extremo. El 54% de sus importaciones marítimas de fertilizantes procede de esta región, según la UNCTAD.
El problema no es solo agrícola. Los combustibles fósiles también son esenciales para tractores, bombas de riego y transporte de alimentos. Cuando suben simultáneamente el petróleo, el diésel y los fertilizantes, toda la cadena alimentaria se encarece.
Una crisis energética sobre una crisis de deuda.
La mayoría de los países africanos llega a esta nueva tormenta después de una década de deterioro financiero. La pandemia, la guerra de Ucrania, el aumento de los tipos de interés y el encarecimiento global de alimentos y energía han disparado el endeudamiento.
Según Oxfam, el 60% de los países de renta baja está al borde de una crisis de deuda. En 2022, África destinó más dinero al pago de deuda que a lo que recibió en ayuda al desarrollo. Eso se traduce en que muchos gobiernos africanos deberán elegir entre pagar acreedores o importar combustibles, fertilizantes y alimentos cada vez más caros.
Al mismo tiempo, Occidente está reduciendo drásticamente su ayuda internacional. Estados Unidos ha desmantelado buena parte de USAID, mientras que Reino Unido, Francia y Alemania también han anunciado recortes para aumentar gasto militar y afrontar sus propias crisis internas. La OCDE calcula que en 2025 podría haberse producido la mayor caída de ayuda al desarrollo en la historia de la cooperación internacional.
El riesgo de una nueva desestabilización
Las consecuencias no pueden ser solo económicas. En la década pasada, África ya experimentó cómo las guerras de Irak y Libia contribuyeron a desestabilizar amplias regiones del continente, especialmente en la región del Sahel.
Por ejemplo, la caída del régimen libio facilitó la expansión de armas, redes criminales y movimientos yihadistas hacia Burkina Faso, Mali y Níger. Hoy en día, los tres países experimentan una situación de inestabilidad alimentada por golpes de Estado, desertificación, hambruna, desempleo juvenil y debilidad estatal.
África alberga la población más joven del planeta: cerca del 60% de su gente no llega a los 25 años. Al mismo tiempo, en muchos países africanos crece el malestar social ante reformas económicas impuestas para garantizar pagos de deuda mientras empeoran las condiciones de vida, como es el caso de, por ejemplo, Kenia.
Avanzar hacia una menor dependencia
Consciente de esa vulnerabilidad, África intenta reducir su dependencia exterior y fortalecer su autonomía productiva. La Declaración de Nairobi de 2024 y el Plan de Acción Africano sobre Fertilizantes y Salud del Suelo 2024-2034 buscan impulsar la producción local. Nigeria, Egipto y Etiopía pretenden expandir la fabricación de fertilizantes derivados del gas natural, mientras que otros países como Kenia o Uganda exploran fertilizantes verdes basados en energías renovables.
Un ejemplo destacado es el grupo Dangote, propietario del mayor complejo de fertilizantes de África, que planea triplicar su producción hasta nueve millones de toneladas anuales y construir una nueva planta en Etiopía. Estas iniciativas muestran el potencial transformador de la inversión industrial africana.
Aun así, estos proyectos requieren de tiempo, financiación y estabilidad política, y la actual crisis en Oriente Medio avanza mucho más rápido y aterriza con fuerza (y subasta) en el continente africano, lo que subraya la urgencia y la importancia de estos esfuerzos de transformación. l
Periodista. Grupo Pro África