Los tiempos que nos toca vivir están llenos de transformaciones en los recursos y en el significado de conceptos previos, colectivamente aceptados. Unos conceptos se desvirtúan en su importancia, otros toman protagonismo y otros cambian de significado. Autoridad, igualdad y competitividad son tres ejemplos de estas dinámicas de evolución de los conceptos, de entender las situaciones y en consecuencia de pensar, decidir y actuar. Fijándonos en la competitividad, entendida como cualidad que hace prosperar un negocio, vemos que su significado está cambiando con gran rapidez.

En los años 50 la acumulación de recursos productivos era ya una garantía de la capacidad de abordar unas necesidades de mercado, que daban paso a una organización productiva y comercial. Lo importante era producir con unas condiciones de optimización y calidad suficientes. Tener recursos y saber hacer casi bastaban para situarse en un mercado estable y poco innovador. Por eso la innovación organizativa más habitual, frente a la empresa familiar y la sociedad anónima, era la cooperativa. El ejercicio de unión de intereses de la propiedad y de los trabajadores, constituía una gran innovación, pues suponía la anulación de la controversia estructural sobre los objetivos de los empleadores y empleados, con las ventajas operativas que ello suponía.

El cooperativismo del siglo XXI: compartir el conocimiento

Lo que ha cambiado desde entonces es la esencia del recurso productivo, que pasa de los medios materiales al conocimiento y la información. Hoy lo llamamos Mentefactura. En menos de 50 años la tecnología informática ha aportado valor creciente a los negocios, al manejar al principio los datos –grandes ordenadores para la gestión–, pasando por la información y las redes –acceso a los mercados, PCs, portátiles, móviles e internet–, y terminando, de momento, con el conocimiento –la IA para la elaboración y toma de decisiones–. Ahora los medios de producción son accesibles y la mal llamada mano de obra ya no es el factor crítico, sino que la cambiante e imprescindible tecnología, obliga a disponer de un saber multidimensional basado en datos, información y conocimiento para abordar la complejidad de los distintos procesos en los que se cimienta una organización empresarial. En este nuevo entender la competitividad necesitamos cambios importantes de conceptos y más aun de prácticas innovadoras en las formas de organizarse y de seguir aprendiendo y creciendo, capturando y aplicando conocimiento. Vamos a citar –como ejemplo del cambio– tres enfoques habituales en la gestión empresarial respecto a la competitividad y el conocimiento, que contienen unos viejos mantras aceptados, pero que son meros espejismos.

El primero es el del talento. Se atribuye esta capacidad a una persona y se piensa que consiguiendo su aportación, se puede transformar una organización y conseguir grandes logros. El talento unipersonal se puede pagar bien, pero no sirve si no hay un colectivo integrado que explicite y combine sus capacidades diversas en la solución de problemas importantes. El talento se cultiva en los equipos de personas con una dinámica de aprendizaje sostenido y motivador. Los profesionales con talento piden a sus empleadores que los incorporen en un equipo de mucho nivel, que los proyectos les permitan seguir aprendiendo de otros y que el propósito empresarial asimile su saber y tenga un sentido de aporte social. Es todo un reto al liderazgo transformador de los grupos para que sean equipos, dotados de una complementariedad informada y no solo de una competencia para el logro individual.

El segundo espejismo es el intentar mejorar las cosas a través de la gestión del conocimiento. Esta intención de sacar más fruto de lo que sabemos trabajando en su inventario y exposición colectiva, no mejora mucho o más bien nada. El conocimiento es un intangible que solo apreciamos y valoramos cuando advertimos nuestro nivel de desconocimiento en ciertas disciplinas o técnicas que nos afectan y existen en algún sitio. Ser conscientes de lo que no sabemos es el comienzo de una dinámica que nos puede acercar más humildemente a un avance casi siempre notorio. Reconocer la carencia de conocimiento, y aplicarlo a soluciones con futuro buscando su identificación, comprensión, uso y perfeccionamiento, es el camino.

El tercer error es el de pretender hacer todo uno mismo o en un grupo cerrado. “Los de siempre” empeñados en resolver lo que no han resuelto en mucho tiempo, es una postura frecuente y estéril. Pretende abordar cosas nuevas que no se han hecho hasta ahora sin incorporar nuevas capacidades. El conocimiento es como el agua, si circula oxigena los ríos y si se estanca se pudre. Quiero decir que se necesita un grado importante de apertura recíproca hacia otros agentes de diversas procedencias, y aceptar que esto es imprescindible –más allá de los posibles riesgos– para conseguir el necesario intercambio de conocimiento. Las palabras de Descartes lo ratifican. “Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que ignoro”. 

La competitividad en nuestro siglo tiene sobre todo su fundamento en la aplicación de conocimiento para generar valor y no tanto en las estructuras de costes que conducen a la fijación de los precios. El valor está por encima del precio cuando la solución sobrepasa las ventajas esperadas por el cliente y a su vez reduce los costes. Aumento de valor y reducción de costes son dos objetivos de la innovación, basada en más y mejor conocimiento. La innovación es el encuentro afortunado de los problemas con el conocimiento, y esto no se improvisa, pero se puede entrenar y provocar. La tecnología nos acerca cada vez más a la aplicación intensiva del conocimiento en la economía, con los recientes sistemas de IA que nos conducirán a la sofisticación de los modos de resolver problemas, aplicando el conocimiento colectivo con ayuda de sistemas técnicos.

El empleo adecuado del conocimiento ya no es asunto de una empresa concreta sino más bien de un conjunto de entidades y personas, un ecosistema complejo de instituciones, empresas y profesionales dentro de un espacio físico o virtual, que saben hacer circular y fructificar de forma colectiva el conocimiento. Por eso es muy importante que las personas que trabajan y las empresas en las que lo hacen, adopten formulas de colectivización del conocimiento mediante el intercambio organizado de los saberes teóricos y prácticos. Las estructuras piramidales y separadas por especialidad del saber no lo facilitan. Un ejemplo a seguir es la formación cooperativa en un colectivo profesional multidisciplinar, donde todos pueden ejercer de profesores y alumnos, donde las ofertas formativas son libres y su aceptación abierta determina fielmente la selección de lo que se necesita. En estos casos, además, la promoción profesional va unida a la notoriedad y méritos de la acción formativa compartida.

La competitividad del siglo XXI también requiere saber vender saber, y saber comprar saber, cosas muy poco consideradas en las negociaciones de compraventa de servicios de formación, consultoría e I+D. Otra forma de cooperación abierta en el aprendizaje es el proceso de formación cruzada entre proveedores y clientes –ya consolidados–, para optimizar el ajuste de los productos a las necesidades de los clientes. Esta formación cruzada genera un beneficio mutuo y continuo a las dos empresas en su posicionamiento y competitividad.

En un momento de estancamiento económico, donde la desigualdad sigue creciendo y donde los regímenes políticos apenas alumbran soluciones ya no vale repetir las ideas anteriormente exitosas, que nos conducen a consolidar la actual situación. Volver a las raíces de los fundamentos y desplegar nuevas ideas son las rutas de cualquier pretendido progreso. En resumen, el necesario cooperativismo del siglo XXI –en sus diversas modalidades– no será en términos de capital y propiedad de los medios de producción, sino que, extendiéndose fuera de la empresa se articulará alrededor del saber en entidades específicas, nuevas o ya existentes, sobre mecanismos innovadores de observación, detección, circulación y difusión del conocimiento teórico y práctico entre profesionales.

Ingeniero industrial. Doctor en Organización