En algún momento de nuestra vida se nos ocurrió que cambiar la cocina era buena idea. Como no tenemos suficiente con cabalgar a lomos de nuestro trajín diario, nos lanzamos alegres e incautas en brazos de lo que ignorábamos que sería el caos absoluto. Por supuesto, no aprendemos. La experiencia que hemos tenido en obras hogareñas debería habernos enseñado que dos más dos no son cuatro y que esta reforma se iba a alargar más de lo previsto. Así que aquí estamos, con el curso recién empezado, inmersas todavía en la adaptación y con la casa patas arriba. La nevera está en el pasillo. La lavadora, en mitad de una cocina desnuda, conectada con dos tubos a la pared, al menos para poder lavar ropa. Fregamos en la bañera, como antaño en el lavadero, súper bucólico. Las cazuelas, vajilla, cubiertos, conservas, botes de legumbres, cereales, servilletas y todo lo que se puede acumular en una cocina, se apiñan en lugares sorprendentes, en una casa más bien pequeña y ya con serios problemas de almacenaje, porque nosotras ni somos nórdicas ni se nos da bien el orden, todo hay que decirlo. Mi problema, que es un problema del primer mundo y lo sé, es que este desastre me está contaminando el sentido del humor, el talante y el ánimo. Después de darme el enésimo cogotazo con la lámpara del salón esta mañana cuando intentaba hacer un café para el desayuno, me he cagado en todo ante la mirada atónita de mis hijas, a quien les he reiterado que los tacos siguen siendo muy feos e intentado explicar que ama está al borde de un ataque de nervios. Ellas me han mirado sin entender mi frustración porque están encantadas con este pitote y dicen que es como estar de vacaciones en un bungalow. Saben ver las oportunidades que les brinda la vida. Así que no puedo más que concluir dos cosas: que soy una burguesa de equilibrio frágil y estúpido y que ellas son mucho más listas.
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