Noche de difuntos
Cementerio de San Domingos de Bonaval, Santiago de Compostela
1 de noviembre de 1959
Miré a mi alrededor. Sin luna en el cielo, la densidad de la niebla me lamía el rostro y las yemas de los dedos. Dudé y temblé, pero no retrocedí. «No tengo miedo», me dije. «No tengo miedo », repitió el eco de mi pensamiento. Cientos de flores se distribuían en ramos sobre sepulturas que debía sortear. Aquel perfume que saludaba a la muerte turbó mis sentidos, pero tenía que avanzar. Lo sabía, pese a no querer hacerlo, pese a temer lo que podría encontrar una vez que me adentrase en la zona más sombría del cementerio, no podía parar. Tragué saliva con la angustia ciñéndome un áspero lazo en torno a la garganta y lancé decidida un pie sobre el camino.
A falta de farola o candil, busqué una estrella para que me guiase y solo encontré los ojos de piedra de una gárgola inmensa por encima de mi cabeza. La oscuridad esmaltada del cielo se derramaba a mi espalda como un pesado cortinaje: mar de sombras, proyección de fantasmas e irrealidad. Cuántos náufragos agitando manos y cuántos lamentos bajo la tierra de los más pobres.
Rastreé con desesperación en todas las direcciones. Siluetas entre crucifijos de piedra daban vida a lo que no conseguía descifrar. El aliento frío de la noche parecía ulular en un intento fallido por arrullar a los muertos. Leí el desafío y apreté el gesto de nuevo.
Avancé con la vista en los nichos. Un enjambre de letras grabadas sobre granito y mármol despedían vidas incompletas; sepulturas de infantes que bolsillos remendados habrían pagado con más fe que convicción.
FICHA
- Título: Cuando el viento hable
- Autora: Ángela Banzas
- Género: Novela
- Editorial: Planeta
- Páginas: 360
El silencio del camposanto golpeaba como el plomo sobre un pecho descubierto cuando, en el reposo de una rama, un ave graznó insolente. Me santigüé una, dos y tres veces en cada cruce de caminos sembrados de sepulcros con sus ángeles blancos. Lo hice con la cara apuntando al suelo, como mi abuela Dina me había enseñado. Por las buenas y por las malas. Pero yo no me fiaba de tener tanto tiempo el rostro agachado y conservé un ojo bien abierto. Porque todo podía pasar.
Un rayo iluminó el firmamento y me hizo saltar en el sitio protegiendo con los brazos la vida que crecía en mi vientre. El cielo rugió y me llevé una mano a la boca para mordisquearme una uña. «Ni se te ocurra», parecía decir mi abuela desde un recuerdo custodiado por cipreses y escuálidos árboles que asemejaban espectros.
La penumbra se tornó más pesada en el silencio de mil ojos sin rostro. Me detuve. Con las manos cual escudos, traté de resguardarme de un mal invisible. La piel se me erizó. Qué negra atmósfera envolvía mi cuerpo... Qué incómodas parecían las nubes al retorcerse sobre mi cabeza.
Advertí un rastro de movimiento en el aire. Había algo o alguien cerca. Una voz sensata me gritó dentro del pecho: «Corre, sal de aquí antes de que sea tarde». No quise escucharla.
La imperiosa necesidad de avanzar se impuso e ignoré el miedo.
Esa presencia sabía quién era yo y lo que estaba buscando.
Parpadeé con el deseo encendido de que no fuera más que una alucinación. Pero continuaba ahí. La noche parecía haber tomado cuerpo en una sombra.
El cielo se rompió de nuevo y en su estrépito, sin ritmo ni forma, las campanas de las doce volaron enloquecidas. La estridencia hizo tambalear la tierra. Relámpagos de fuego quebraron la noche para señalarme sin compasión. Fue así como él me encontró. Y me miró. No dejaba de mirarme entre las tinieblas.
En mi pensamiento alborotado el miedo agitaba las alas, pero mi voz seguía apagada, las palabras morían ahogadas en mi garganta. Mis ojos secos me dolían, entumecidos por la terrible intuición que me mortificaba. Ya solo quería correr.
Y corría, no dejaba de moverme con la desesperación de un pez fuera del agua.
La luz de un nuevo rayo iluminó una capilla en tonos rojizos.
Empujé la puerta de madera de la entrada con todas mis fuerzas, era tan pesada... Una última embestida y las bisagras al fin cedieron.
Levanté la vista. La pequeña cúpula sobre el presbiterio, herida de muerte, crujió y llegué a temer que se viniera abajo.
Me cubrí la cabeza con un brazo mientras con el otro custodiaba mi vientre de nuevo. «Jamás consentiré que nada le haga daño», me dije antes de tomar impulso. Después, no me detuve hasta alcanzar la salida en el otro extremo de la iglesia.
Cometí el error de girarme una fracción de segundo para volver la vista atrás. Por eso no reparé en la raíz que sobresalía de la tierra y caí sin remedio. Clavé las rodillas en el suelo. Por pura suerte, los reflejos actuaron a tiempo y evité golpearme la cabeza contra una sepultura.
Advertí algo en su base: ¿cemento fresco? Lo palpé con cuidado, sin lugar a dudas era reciente. Con dificultad, recuperé la verticalidad y lancé una ojeada a la caza de respuestas.
Entonces lo vi, frente a mí, sobre la lápida: nada más que un ramito de flores silvestres.
Llovía. Ya era Día de Difuntos y volvía a llover con fuerza.
La sombra me miraba y, sin necesidad de palabras, parecía decirme: «Ya es tarde, Sofía».
Contuve la respiración y lamenté haber encontrado lo que buscaba. Acaricié los números y las letras grabados en la piedra.
Después me obligué a leer en voz alta las fechas del inicio y el final de una vida. Incapaz de encontrar valor suficiente para lo que vendría a continuación, un susurro desamparado me auxilió para expulsar al aire mi nombre y mis dos apellidos: estaba ante mi tumba.
Se me contrajo el pecho. Los latidos golpeaban sin pausa y en mi aliento el miedo cobró fuerza:
—¿A quién han enterrado aquí?
SOBRE LA AUTORA
Ángela Banzas (Santiago de Compostela, 1982) debutó en la literatura en el año 2021 con la novela El silencio de las olas. Después ha publicado La conjura de la niebla, La sombra de la rosa y El aliento de las llamas. Es licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad de Santiago y MBA por la Escuela Europea de Negocios de Madrid. Sus obras han obtenido un notable éxito de ventas y críticas de los lectores. Cuando el viento hable, finalista del Premio Planeta 2025, es su quinta novela.
Nubes
[Densas y de baja altura, se dispersan por la memoria].
Mi nombre es Sofía y llegué al mundo en el otoño de 1939, tras el desastre y toda la tragedia que había dejado la guerra. Lo hice abriéndome paso con la cara en el polvo y los puños entre la boca y la nariz, como un boxeador dispuesto a luchar, berreando mientras mi madre permanecía tirada sobre un charco de sangre sin tiempo de decirme adiós ni de darme la bienvenida.
Las dos tendidas a un lado del estrecho sendero que conectaba la pequeña casa en la que tiempo atrás había crecido mi padre con una diminuta era donde plantar cuatro hortalizas.
Así fue como, sin haber conocido la guerra, desconocía lo que significaba la paz.
Mi padre, el guardián de los libros, decía que la paz es lisa y blanca. Y en ese tiempo los colores se enfrentaban.
Qué curiosa la infancia. Qué extrañas formas y aromas alberga para que la mente la guarde.
A mi padre, en la calle, lo conocían como Félix, el bibliotecario.
Pero para mí era un mago. Un mago capaz de convertir las espeluznantes noticias de los periódicos en aviones de papel. Él me enseñó que no solo la paz es blanca, sino también su bandera. Blanca, decía, como el campo en un documento donde no hay nada y puede caber todo; solo hay que sembrarlo, escribirlo y cuidarlo para que crezca y dé frutos sin echarse a perder. Blanca porque en la ausencia de color es donde las letras se hablan y se dan la mano, incluso se abrazan para leerse con mayor claridad.
«Negro sobre blanco», apostillaría con el gesto endurecido mi abuela Dina. Negro, claro, porque ese es el color de la tinta que suma todos los colores. Mi abuela era una mujer de trabajo y temperamento, de «a grandes males, grandes remedios», aunque a veces fuesen remedios terribles.
Como lo sucedido tras la tragedia que supuso la muerte de mi madre, cuando la abuela tomó las riendas de la situación.
Mi padre se limitó a dejarla hacer sin incordiar con sus penas. Él, que era un superviviente de la guerra, lloraba a escondidas, con sus gafas de gruesas lentes todo el día empañadas y nada más que dos fotos que miraba y admiraba, sin atreverse a tocarlas. Quizá tuviese miedo a estropearlas. Incluso es posible que temiese sucumbir al impulso de estrujar el rostro de mi madre en la foto contra su pecho y romper la ilusión de los mil recuerdos que lo acompañarían siempre.
Debió de ser duro resignarse a la obligación de sobrevivir a la persona que amaba. Y hacerlo sin la posibilidad de desahogarse ante unos oídos que lo escucharan. Tan hondo era el eco de su vacío que llegó a deplorar en más de una ocasión que un soldado le hubiese perdonado la vida en el campo de batalla.
Decía que, de no haber regresado de la guerra, no se habría pasado días y noches pegado a mi madre hasta dejarla encinta para nueve meses después tener que enterrarla.
—Algún día te contaré esa historia, Sofía — me dijo una mañana antes de salir de casa; llevaba un hatillo de libros envueltos con un cariño especial—. Tú y yo le debemos la vida al mismo hombre.
Mi madre se llamaba Cecilia. Y, en verdad, había sido el amor que sentía por ella, cuya sonrisa él recordaba cual tibia luz del sol, lo que le salvó la vida.
Según contaba, ella le había hecho una extraña petición al verlo partir hacia el frente: que le escribiese una carta siempre que pudiese, pero que antes de introducirla en un sobre se la acercase al rostro, así ella podría sentir el olor de su piel.
Comentarios e intimidades de viudo que Dina se negaba a conocer y que mi padre fue aprendiendo a abrazar en soledad.
Mi abuela se limitaba a mirarlo con el nervio de lo práctico entrenado en avanzar; restando importancia a las penas que no podían aliviar un buen puchero o un currusco de pan. Quizá por eso solo prestaba atención a la mirada ausente de su hijo en la mesa. Se sentaba frente a los vapores del caldo con el gesto satisfecho de quien ha sabido racionar y distribuir un plato por comensal y, sin levantar la vista de la cuchara, añadía: «Quen busca no aire, no prato atopa fame». Advertencia servida a la que seguían dos toques de meñique sobre el canto del plato.
Ante la muerte de mi madre, Dina echó todas las cuentas que debía. Cuentas del derecho y del revés, con el ceño fruncido y los ojos en blanco, también con los dedos estirados, pues números tan altos no sabía de qué manera encajarlos en un papel. De todo hizo; contó, sumó, restó y volvió a restar para, al final, resolver entregarme a una familia de bien, con padre y madre, perro y gato, hasta un Gran Mercedes de esos que tienen más velocidades que frenos, de las que lucen ordenadas e impolutas en las fotografías de domingo y misa, convencida como estaba con su fe bien instruida de que eso era garantía suficiente. No sé de qué, y temo que ella tampoco lo supiera.
En definitiva, yo debía ir a parar a una de esas casas en las que no hacía falta imponer el silencio en las comidas y en donde nunca me faltaría de nada. Eso creía ella: todo saldría según lo planeado cuando encontrara a una pareja de recién casados — puestos a pedir, que fuesen jóvenes y, ya de paso, guapos, rubios, altos—. Cabeceando, imagino, se vio obligada a modificar expectativas.
Entre el hambre de los tiempos y lo impropio de saltarse el paso de una casa cuna, orfanato o iglesia, el asunto terminó siendo más complicado de lo que había anticipado. Pero, infatigable como era ella, tras observar a unos clientes que visitaban el taller de herrería del abuelo dio con la pista de un cabeza
de familia adecuado en cuestión de semanas: no solo podría pagar al contado, sino que lo haría con generosidad. Aquella cualidad se impuso a las demás, justo cuando ya corrían rumores por el barrio sobre la desgracia de la familia, incluida mi supuesta muerte.