Fanáticos de Dios, fanáticos de la política
Hay personas que cambian de opinión cuando cambian los hechos. Otras, al contrario, intentan cambiar los hechos para no tener que cambiar de opinión.
La diferencia parece pequeña, pero de ella han surgido algunas de las mayores tragedias de la historia. Cuando la necesidad de tener razón se impone a la búsqueda de la verdad, aparece una forma de pensamiento que adopta distintos nombres: en términos políticos, sectarismo, extremismo, intolerancia o fanatismo; en términos religiosos, dogmatismo, integrismo o fundamentalismo.
Las guerras cambian de uniforme, las ideologías cambian de nombre y las religiones, que a menudo no cambian de símbolos, sí alteran los contenidos a los que estos apelan. Sin embargo, un personaje atraviesa los siglos prácticamente intacto: el fanático. Lo encontramos en conflictos religiosos y en trincheras ideológicas. Cambian sus banderas, pero no su mecánica de pensamiento.
Solemos asociar el fanatismo a la religión. Pensamos en inquisidores, cruzados, yihadistas o predicadores iluminados. Pero el fanatismo no necesita templos para prosperar. También florece en partidos políticos, movimientos sociales o nacionalismos. No hay que apelar a lo religioso para encontrar un buen fanático. En su libro El verdadero creyente, Eric Hoffer lo expresó con irónica agudeza: “Los movimientos de masas pueden surgir y extenderse sin creer en un dios, pero nunca sin creer en un demonio”.
Los fanáticos religiosos convierten la religión en una ideología política; los fanáticos políticos convierten la política en una religión. Comparten una misma estructura mental. Las personas tienen ideas, pero los fanáticos tienen algo distinto: ideas que los poseen a ellos. La autocrítica desaparece aunque, dependiendo del tipo de fanatismo, se pueda enarbolar sin practicarla. La duda no se considera sana. Los hechos dejan de ser algo que investigar para convertirse en algo que seleccionar.
Por eso el fanático suele ser incapaz de reconocer errores. Si la realidad contradice su doctrina, el problema no está en la doctrina sino en las fuentes, en las circunstancias, en las intenciones de quienes discrepan o, sencillamente, en la propia realidad. La misma insistencia en la expresión de ciertas ideas persigue que otras no puedan entrar en el debate. Como dijo Winston Churchill: “Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad y además no quiere cambiar de tema”.
En este punto conviene distinguir entre fanatismo y dogmatismo. El dogmático considera que sus ideas son indiscutibles. El fanático añade a esa rigidez una intensa carga emocional, activista y militante. El dogmático cree que posee la verdad. El fanático cree que esa verdad debe imponerse. Dicho de otra forma, el dogmático afirma: “Esto es verdad y no se discute”. El fanático añade: “Y actuaré en consecuencia pase lo que pase”.
Existe además una señal especialmente reveladora de esta forma de pensar: la temeridad de quienes consideran que pueden juzgar aquello que ni siquiera conocen, opinan con rotundidad sobre cuestiones que no han examinado ni estudiado. No se trata sólo de arrogancia. Es algo más profundo: el convencimiento de que la conclusión es anterior a la evidencia.
Para una mente abierta, el conocimiento precede al juicio. Para una mente fanática, el juicio precede al conocimiento. Quien cree que puede evaluar algo sin tomarse la molestia de conocerlo no intenta comprender la realidad: intenta confirmar un prejuicio. Pocas actitudes reflejan mejor el desprecio por el sentido común y por las reglas de la honestidad intelectual. “Pensar es difícil”, escribió Carl Gustav Jung, “Por eso la mayoría de la gente prefiere juzgar”.
Las grandes transformaciones humanas no han sido impulsadas por personas indiferentes. La defensa de los derechos humanos, la lucha contra las injusticias o la resistencia frente a las tiranías han requerido convicciones firmes. Pero una cosa es la convicción y otra el fanatismo: las convicciones construyen, los fanatismos destruyen.
Hay un aspecto del fanatismo del que se habla menos: para prosperar necesita ser tolerado. El filósofo Karl Popper advirtió de la llamada “paradoja de la tolerancia”. Una sociedad ilimitadamente tolerante corre el riesgo de que los intolerantes utilicen esa misma tolerancia para destruirla. Defender la convivencia no implica aceptar cualquier comportamiento. Implica proteger las condiciones que hacen posible esa convivencia. Por eso conviene subrayar los límites que el mismo Popper estableció a esa tolerancia necesaria: se puede y se debe debatir con el intolerante, aceptar la libre expresión de sus ideas, pero lo inaceptable es el ejercicio de la violencia. Cuando el intolerante recurra a ella la sociedad tiene el legítimo derecho de defenderse y ponerlo al margen de la ley.
La mejor manera de responder al fanatismo no son interminables discusiones ideológicas. El fanático no busca comprender: busca imponerse. La argumentación ocupa un lugar secundario frente a la descalificación, la presión grupal o la intimidación moral. Por otra parte, así como es imposible ganar argumentalmente un debate con un fanático, él tiene fácil la victoria: le basta con conducir al fanatismo a la otra parte. Lo escribió aquel gran disidente del siglo XIX, el español José Blanco White: “Aunque reconozco las ventajas de la moderación, al ver que los demás no la usan conmigo, me encuentro con que de hecho y a pesar de mi mejor juicio, me estoy haciendo un fanático de mis propias ideas”.
También resulta llamativo un patrón que se repite con frecuencia. Cuando perciben que tienen enfrente a una persona aislada, algunos fanáticos se muestran agresivos, despectivos e incluso despiadados. Cuando encuentran una oposición firme y plural, se vuelven más cautelosos. No es casual: su objetivo no es contrastar argumentos, sino querer dominar la conversación y condicionar el comportamiento de los demás.
En el fondo, la diferencia entre una persona abierta y un fanático no reside tanto en las ideas como en su relación con ellas. En una época dominada por certezas instantáneas, consignas y polarización, la virtud más necesaria es la prudencia intelectual. Reconocer que podemos equivocarnos. Aceptar que nadie posee toda la verdad. Comprender que la duda no es debilidad, sino una forma de honestidad.
El fanático necesita certezas absolutas. La democracia necesita ciudadanos capaces de convivir con las preguntas. La democracia también exige que quien ostente certezas presuntamente absolutas se dedique a persuadir a los demás, y no a violentar sus conciencias.
Lo cierto es que formas de fanatismo y dogmatismo de la más variada especie se mantienen, y aún prosperan, en la sociedad en que vivimos. Lo hacen, además, con una espacial insolencia expositiva. “Es extraño ver que algunas personas no necesiten pruebas para creer en una mentira, mientras exigen pruebas infinitas para aceptar la verdad”, escribía Mark Twain. Pero deberíamos llevar la crítica (y la autocrítica) aún más cerca: siendo el fanatismo una conducta, quizás no haya que ir muy lejos para encontrar algún fanático: acaso lo encontraremos entre los que habitan nuestras propias ideas. Es triste decirlo, pero el fanático acaba siendo el peor enemigo de su causa: produce el hartazgo de la gente racional que lo acompaña. A toda causa justa, al final, se le adhieren perfectos impresentables. Y esa carga indigna deberá pagarla esa causa, por desgracia, hasta el final.