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Rubio de bote

Patxi Irurzun

Días felices en el infierno

Días felices en el infiernoMagnific

En el campo de concentración francés de Gurs, donde fueron internados miles de vascos que huían del franquismo, en varios de los islotes en que fueron agrupados los casi cuatrocientos barracones en que se hacinaban los prisioneros, se reservaron algunos de esos barracones como espacios dedicados a representar obras de teatro, ofrecer charlas, tertulias, clases de alfabetización, acoger grupos de danzas… 

Sometidos por el hambre, el frío, el calor, el barro, las enfermedades, rodeados de alambres de espino y ahogados en barro, los presos de Gurs consideraron imprescindible para su supervivencia levantar los llamados barracones de la cultura.

Más al este, en otro campo, el de Argèles-sur-Mer, en la costa mediterránea, donde las condiciones de vida eran si cabe más extremas y los presos excavaban en la arena de la playa para acurrucarse en hoyos que los protegieran de los latigazos de la Tramontana, artistas como el navarro Gerardo Lizarraga combatían y desafiaban a la muerte dibujando caricaturas.

Bocetos a lápiz, en una imagen de archivo.

A Lizarraga, de hecho, sus dibujos le salvaron la vida literalmente, pues su mujer, la pintora surrealista Remedios Varó, supo de su paradero y acudió en su rescate tras ver en un cine de París un retrato suyo tomado por el fotógrafo húngaro Chiki Weisz, quien, acompañado de otro fotógrafo, el famoso Robert Capa, documentaba la vida en Gurs, y a quien le llamó la atención la imagen de uno de los presos -Lizarraga- garabateando con un lápiz en un cuaderno

En Días felices en el invierno, las memorias de otro artista húngaro, el poeta György Faludy, en las que relata su internamiento en un gulag, cuenta cómo mientras otros prisioneros intentaban ahorrar energías acostándose apenas regresaban a sus barracones de realizar trabajos forzados, él y otros intelectuales menos acostumbrados al trabajo físico se reunían para leer, conversar, compartir inquietudes artísticas, y cómo, a diferencia de muchos de sus compañeros, consiguieron salir con vida del campo. 

Lo recordaba el otro día el filósofo Santiago Alba Rico, en un programa de radio en el que trataba de responder a la pregunta de para qué sirve la literatura. La literatura -señalaba Alba Rico- sirve para que los flacos, los débiles, también tengan su oportunidad; para que se sientan, a través de la ficción, otros; para que se sientan fuertes. Y eso lo podemos aplicar a la cultura, en general. ¿Para qué sirve la cultura? La cultura sirve -si acaso tiene que servir para algo o esa palabra es la más pertinente- para sobrevivir. Puede que suene pomposo, pero los ejemplos anteriores creo que lo dejan más que claro.