250 años de Estados Unidos
El país ha marcado el rumbo de la historia los dos últimos siglos en defensa de la libertad y el progreso, pero también dando muestra del imperialismo más atroz y el intervencionismo más descarado
4 de julio de 1776. Filadelfia. El Segundo Congreso Continental ratificaba la Declaración de Independencia de Estados Unidos por la que la nación norteamericana daba sus primeros pasos separada del Reino Unido. Nunca antes una nación había surgido de la firma de un documento y de la decisión soberana de sus ciudadanos. En aquel acto los patriotas revolucionarios declaraban a las 13 colonias de Norteamérica independientes de la metrópoli. El sueño norteamericano había nacido como inspiración de libertad para las demás naciones del mundo. Un país formado al margen de un territorio, una etnia o la decisión de un monarca. Una nueva nación, unida en los principios de libertad y soberanía y con el deseo de un futuro próspero y prometedor.
250 años después, Estados Unidos celebra con grandes fastos esta efeméride. Una buena oportunidad para recordar su historia como la nación más influyente en los dos últimos siglos, sobre todo, en sus dos principales características definitorias; defensa de los valores liberales y expansión económica a todos los niveles. Dos constantes en su historia, en la que los momentos oscuros han eclipsado muchas veces su defensa de los valores democráticos y la expansión de la economía liberal. Dos aspectos esenciales que marcan la idiosincrasia de USA, pero que, paradójicamente, están siendo puestos en duda hoy en día. El crecimiento y la hegemonía mundial, por la emergencia de China, y los valores de libertad e igualdad de su sistema, por parte del trumpismo. Un aniversario importante, justo en un momento clave del futuro de la nación de las barras y estrellas.
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Desde sus orígenes, la nación norteamericana ha tenido que convivir con sus contradicciones. Las 13 colonias se revelaron contra los impuestos de una metrópoli necesitada de dinero después de la Guerra de los 7 años librada contra Francia. Basados en la libertad y la igualdad, las colonias se enfrentaron a los británicos y a su monarca marcando el camino que más tarde seguiría Francia con su revolución, dando el pistoletazo de salida a la era de las revoluciones. Pero, la revuelta emancipatoria americana también se dirigía a otro de los grandes anhelos de los colonos, la expansión hacia las llanuras del Oeste, expansión que los británicos, en aquel entonces, no permitían.
Al mismo tiempo, esa búsqueda de libertad y prosperidad venía acompañada de la aprobación de la esclavitud de los afroamericanos, base de la economía de los Estados del Sur. Un sistema injusto y cruel que tardaría casi otro siglo en ser formalmente prohibido, pero que aún hoy día subsiste en forma de un racismo incrustado del que el país no es capaz de librarse. En las mismas fechas, el crecimiento del país hacia el Oeste se haría a costa de los pueblos nativos, los cuales, tras la independencia, irían dándose cuenta de que el crecimiento de la nación se fundamentaría en el robo de sus tierras y el exterminio de sus pobladores originarios. Todo ello después de una brutal guerra civil entre los partidarios de la independencia y los leales a la metrópoli que, contradiciendo a las narrativas épicas propias de la historiografía clásica norteamericana, fue brutal y cruel por parte de ambos bandos.
Una vez lograda la independencia, el país fue creciendo no solo a costa de los territorios de los nativos, a los que después de quitarles sus tierras los acabaron confinando en reservas creadas con ese fin. Por su parte, México, Francia y España verían cómo Estados Unidos fue aumentando a su costa el territorio nacional estadounidense y su riqueza década a década, hasta conformar la geografía nacional que conocemos hoy. Un país de grandes dimensiones que se extiende entre dos océanos y rico en todo tipo de recursos naturales. Las grandes oportunidades no fueron desaprovechadas por los primeros norteamericanos ni tampoco por los componentes de las distintas oleadas de inmigrantes que han ido confluyendo en Estados Unidos, y que han dado forma al crisol de nacionalidades que caracteriza a la sociedad norteamericana de hoy en día.
Poco a poco, década a década, Estados Unidos fue haciendo frente a sus desafíos, conformándose en una de las naciones clave en el panorama internacional. Solo los cuatro años de guerra civil entre el Norte industrial y el Sur agrícola pararon un crecimiento continuo que se hizo mundial tras la Gran Guerra, cuando Estados Unidos emergió como primera potencia, desbancando a Gran Bretaña como dominadora económica del mundo. Posición de liderazgo que tan solo aumentó una vez que Europa se desangrara en la Segunda Guerra Mundial, tras la que Estados Unidos, junto a la Unión Soviética, se convirtieron en los dos modelos que se disputarían el dominio mundial.
El fin de la II Guerra Mundial marcó la época dorada del país norteamericano. USA fijó el rumbo del mundo libre, con la expansión de la democracia liberal y la economía del mercado. En frente, el área de influencia soviético y su doctrina comunista que plantaría cara al país de las barras y estrellas en una Guerra Fría que llevó al mundo varias veces al borde de la guerra nuclear. Pero al mismo tiempo que Estados Unidos fortalecía su hegemonía mundial, también descubrió su lado más oscuro, desde el intervencionismo a favor de las dictaduras militares de Latinoamérica, la violencia que sufrió el movimiento por los derechos civiles y la guerra de Vietnam, el conflicto que acabó con la visión de imbatibles que de ellos mismos tenían los estadounidenses y que, por primera vez desde la guerra civil, dividió a la sociedad norteamericana, abriendo una grieta que, según muchos analistas, fue el primer paso que condujo al país a la actual polarización política que sufre.
En 1991, con el desmoronamiento de las URSS, todos estos problemas desaparecieron, o eso llegó a parecer. Estados Unidos había resultado vencedor de la Guerra Fría contra el comunismo soviético. Como escribió Francis Fukuyama, la historia llegaba a su fin. La democracia liberal y el capitalismo vencían y, de esta forma, se convertían en el único camino para los pueblos de la historia. Una visión de la historia que justificaba la era de la globalización, donde los valores y la economía norteamericanos se expandían a lo largo de todo el mundo gracias a las nuevas tecnologías y a los medios de globalización. Con la caída de la URSS el mundo unipolar había nacido y Estados Unidos reinaba en él. No había alternativa. Los Estados Unidos marcarían el rumbo futuro del mundo. El país de las barras y estrellas ya no tendría rival.
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Los atentados del 11-S
Pero el 11 de septiembre de 2001 truncó aquellas expectativas. El mundo volvía a dejar de ser seguro y la historia se tomaba su revancha. La caída de las torres gemelas simbolizaba algo más que el mayor ataque sobre suelo norteamericano de la historia. La hegemonía norteamericana se ponía en duda. Liderazgo mundial norteamericano que la respuesta bélica consiguiente a los ataques no logró restablecer y quedó más en evidencia con el fracaso en Irak y Afganistán. La supuesta superioridad militar americana parecía no ser capaz de acabar con la inestabilidad de países no desarrollados como Irak o Afganistán, y los desharrapados talibanes afganos y yihadistas iraquíes demostraron ser capaces de mantener a raya al poderoso ejército del tío Sam.
Aquel declive iniciado tras el 11-S parece no haber tocado fondo. Al contrario, los indicadores parece que confirman que va ampliándose. La amenaza del poder norteamericano no procede hoy en día del yihadismo radical que da síntomas de haber perdido el ímpetu demostrado hace unos años y que ha tomado vías más posibilistas, como la de Al-Sharaa en Siria. Actualmente el reto a los Estados Unidos procede de otras latitudes, de China. El imperio extremoriental se ha subido a las barbas del tío Sam utilizando herramientas propias del país norteamericano, la economía de mercado. En 2001, cuando China entró a formar parte de la Organización Mundial del Comercio, nadie presagiaba que en dos décadas se convertiría en el gigante económico que es ahora. Silenciosamente, China se ha beneficiado de la globalización para armarse y crecer, aprovechando la desindustrialización de Occidente para convertirse en la primera economía industrial del mundo. Por primera vez en la historia, Estados Unidos se enfrenta a un escenario donde su poder de crecimiento y de generación de riqueza parece tener un rival imposible de vencer. Para muchos, esta lucha por la hegemonía entre chinos y norteamericanos será la clave del futuro del escenario internacional, que dará lugar a una nueva guerra fría centrada esta vez principalmente en la batalla económica y en la lucha para lograr recursos clave.
Nadie puede dudar de que este nuevo escenario ha sido decisivo en el otro factor clave de la situación de incertidumbre que vive Estados Unidos en la actualidad. La polarización política, junto a la crisis de valores democráticos del país, son el resultado de un momento histórico en el que el país descubre que su hegemonía mundial está en entredicho por primera vez en 250 años. El ascenso meteórico del populismo trumpista, con su discurso nacionalista e imperialista, es resultado del miedo de una sociedad que ha perdido la confianza en sí misma, en sus valores de libertad e igualdad y en su capacidad de unión para el progreso y el crecimiento económico. Una nación que, al mismo tiempo, es incapaz de asumir su transformación demográfica, consecuencia de uno de sus principales rasgos históricos y factor clave de su éxito a lo largo de estos dos siglos y medio, la inmigración.
El desafío económico
Posiblemente, Estados Unidos esté hoy en la mayor encrucijada de su historia. Por primera vez un rival parece ser capaz de plantarle cara en su principal terreno, el económico. Un desafío, que ante la progresión económica que ha tenido China en 20 años parece muy difícil de superar en un futuro próximo. Los intentos de reindustrializar el país, el acceso a recursos claves y el proteccionismo arancelario, parecen medidas insuficientes para enfrentarse al gigante asiático. Al mismo tiempo, el poderío militar muestra sus límites y más si cabe ante una potencia como la china. Para numerosos estudiosos, una futura entente entre las dos potencias pudiera resultar la única posible solución a la lucha por la hegemonía que las enfrenta. El resultado previsible sería un panorama mundial bipolar, donde al resto de las potencias les quedaría jugar sus cartas con las reglas impuestas por los dos hermanos mayores.
Pero este desafío le será imposible afrontar a Estados Unidos si antes no cicatriza la herida que el alma del país sufre desde hace tiempo. La nueva derecha radical populista, encarnada en el trumpismo, que ha fagocitado completamente al partido republicano, parece optar por un recorte de las libertades y un nuevo autoritarismo que le haga poder enfrentarse al desafío chino. Una pérdida de fe en una nación que, a pesar de sus contradicciones y sus sombras a lo largo de la historia, ha sido capaz de poner la libertad como centro de su sistema político. Parece paradójico que la idea de libertad sobre la que se fundó la nación sea puesta en duda y el propio presidente norteamericano se manifieste como un nuevo César que se encuentra por encima de las instituciones, precisamente cuando el país celebra su 250 aniversario. Este es quizás el gran dilema que tendrá que afrontar USA los próximos años, simbolizado en la toma del Capitolio de 2021, episodio del que aún no se ha recuperado la mayor parte de la población.
250 años han dado para mucho. Para ser el faro de la democracia y las libertades de las naciones, a la vez que para apoyar a tiranos sangrientos por intereses de Estado. Para expandir el progreso económico por el planeta, al mismo tiempo que para saquear recursos de los países más desvalidos. Estados Unidos ha marcado el rumbo de la historia los dos últimos siglos en defensa de la libertad y el progreso, pero también dando muestra del imperialismo más atroz y el intervencionismo más descarado. Con todo, no olvidemos que nuestras instituciones democráticas y el desarrollo económico que disfrutamos actualmente deben mucho a la nación de las barras y estrellas. Y que nuestro futuro, para bien y para mal, seguirá estando entrelazado con el destino de Estados Unidos. God bless America…
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