Ospitalea

(XXI) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

17.05.2020 | 16:13
Audiofragmento del capítulo XXI, locutado por Mister Carmine (de Lobo & Carmine).
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Esther llamó a Teresa. Teresa continuaba enferma todavía. Pero estaba cada poco un tanto mejor. El silencio del virus que le aguaba el respirar, se colaba como reguero por grietas nuevas de su cuerpo que surgían al romper de cada nuevo sol.

Por eso no las tenía todas consigo. Estar mejor era del todo relativo. Un paso hacia adelante y un seco retroceso automático de su organismo hacia una sima desconocida, como el culatazo contra el hombro de un arma larga tras el disparo a la diana de un virus anárquico.

Pero entonces le llamó Esther. Y sí que era verdad que hacia meses que no hablaban, con todo lo que hablaron hace tantas lunas de gusano. No es que hubieran dejado de ser amigas, pero en los últimos tiempos ya no se veían tanto como antaño.

Por eso aquella conversación que se iniciaba durante el domingo dos de la cuarentena, en una mañana llena de silencio como corcho al que se clavaron con limpia claridad trinos de pájaros hasta ahora escondidos, le sentó de maravilla a Teresa. Hablaron de sus pasados. Judimendi. Hablaron de sus presentes. Hablaron también de sus hijos.

Eduardo. Bruselas. El hijo de Esther.

Landa. La pequeña ciudad. El hijo de Teresa.

Jelen escuchaba casi toda la conversación en silencio. Jelen entró a la habitación de Teresa para comprobar cómo iba hoy una de las pacientes con las que más hablaba, sin menospreciar al resto, pero había algo en Teresa que le agradaba sobremanera, su voz, el timbre de la voz de Teresa. Porque en esos momentos Jelen todavía no relacionaba a Teresa con Landa, con uno de los amigos de Unai. Lo haría días después, tras una larga conversación con Unai, después de tantos turnos no coincidentes en los que se habían visto lo justo. Nada.

Teresa se afanaba en sujetar su móvil con la mano derecha para no perder la conversación y cuando veía que se le podía caer, se lo cambiaba con dificultad de mano para intentarlo con la izquierda. Pero era sumamente complicado. La vía puesta en la derecha, los tubitos de plástico que se le enredaban cada vez que hacía un movimiento un tanto extremo y la incomodidad de estar casi tumbada, obligaron a Jelen a sostener el teléfono para que Teresa siguiera hablando con Esther.

En otro lugar de la pequeña ciudad, Landa, por su parte, recibía la llamada de su amigo Eduardo, desde Bruselas. Eduardo le contó a Landa que hacía poco que le había llamado Unai, pero al oír la voz de Eduardo, Unai cortó la llamada o la llamada se cortó. Y no hablaron más.

A veces pasa. Te llamo y me llamas y no nos encontramos. Dijo Landa. Cosa de las coles. Dijo Landa.

Landa le contó a su vez a Eduardo que estuvo con Unai. Le explicó la historia de su hija Nagore a la busca y captura de su madre, en plena noche. Landa le explicó a Eduardo cómo aquello no pasó a mayores porque dio la casualidad de que el que la encontró perdida a Nagore en Domingo Beltrán fue Unai.

Luego consiguieron sacarme del camarote. Ahora que mi madre está enferma, me paso el día al cuidado de Alberto, mi padre, y de mi hija, que está más rabiosa que nunca porque no entiende que no podamos salir a la calle. Y ahora más, que parece que no saldremos hasta mayo. Dijo Landa.

Ya. Dijo Eduardo. Ya. Dijo Eduardo. Ya. Dijo Eduardo. Ya. Dijo Eduardo. Estos ya los fue diciendo Eduardo a medida que Landa, que a veces se ponía muy pesado con sus cosas y solamente se escuchaba a sí mismo, porque para Landa solo había un grupo de problemas, el grupo A de problemas, y no el grupo B, es decir, solo existía su grupo de problemas, el A, los fue diciendo a medida que Landa desplegaba las piezas de la tienda de campaña de sus problemas. Pero Landa nunca acababa de montar la tienda de campaña con los vientos bien tirantes de sus problemas. Y ese era el principal problema de Landa. Pensó Eduardo.

Eduardo, que temía que aquel monólogo diarreico de Landa se eternizara, busco un hueco entre las palabras de Landa para cambiar el tema, para poder decirle por qué le había llamado. Y lo consiguió.

Cuando Landa estaba hablando de Arantxa y de Loló, de su exmujer y de su novia. Espera. Espera. Espera. Le dijo Eduardo. No vuelvas ahora con lo mismo. Hace diez años que estáis separados. Que Arantxa haga su vida y tú a ver si de una vez rehaces la tuya. En ese momento Landa enmudeció. La reprimenda de Eduardo había surtido efecto.

¿Para qué me has llamado, para echarme otra bronca de las tuyas? Preguntó Landa ofendido.

No. Dijo Eduardo tajante. Te he llamado para otra cosa. Dijo Eduardo.

Dale. Dijo Landa.

¿Tú no lees el periódico de noticias? Preguntó Eduardo.

Ya sabes que leo el otro. Contestó Landa.

Creo que para eso es para lo que me llamó el otro día Unai, pero pienso que tuvo miedo de algo y por eso no me lo quiso decir. Dijo Eduardo.

Como no te expliques mejor. Dijo Landa. No me entero. Dijo Landa.

Pues que todo lo que me has contado de tu hija y del camarote y de muchas más cosas que no me has contado yo ya las sabía, porque las he leído en una novela que se está publicando en el periódico de noticias. Dijo de golpe Eduardo.

Se produjo un silencio pegajoso a los dos lados de la comunicación.

¿Me has oído? Preguntó Eduardo. Otro nuevo silencio.

¡Landa! ¿Sigues ahí? ¡Landa! Continuará...