irun - El chico parece un poco aturdido, nada extraño en este espacio donde habitualmente reina la calma, interrumpida por una nube de políticos y periodistas. En el albergue de Irun, de atención a migrantes en tránsito, descansaban ayer cuatro usuarios, tres mujeres que se ausentaron de inmediato y un varón. Se llama Sangare, tiene 18 años y no deja el móvil mientras sigue el último gol de su estrella. Le encanta el futbolista brasileño Neymar, al que ve en la pantalla dedicándole el golazo de este fin de semana a Kobe Bryant, la leyenda de la NBA fallecida en accidente de helicóptero. "Yo también quiero ser como él, futbolista". Sonreía tímidamente el joven, de Costa de Marfil, cuando la consejera de Empleo y Políticas Sociales del Gobierno Vasco, Beatriz Artolazabal, se le acercó ayer para saludarle afectuosamente, y saber de sus aspiraciones en la vida.

Por lo pronto, el chaval ha tenido que alterar su plan de viaje. Dando mordiscos a un bocadillo de Nocilla y sorbiendo un vaso de leche caliente, el chaval hablaba de lo que ha sido su vida estos últimos días. "La Policía francesa me interceptó y me ha devuelto, pero mi proyecto de futuro continúa", respondía el chico. No tiene en Euskadi redes familiares pero sí algún conocido en Alicante, a donde sopesa trasladarse. "Toda mi familia, con mis cinco hermanos, están en mi país. Yo cogí un autobús desde Costa de Marfil hasta Marruecos. Fue un viaje de dos semanas".

Deja por un momento el desayuno para explicar que desde Nador, la ciudad bereber del norte Marruecos, subió a bordo de una zodiac junto a 49 personas para alcanzar la costa de Almería. A partir de ahí se ha tenido que buscar la vida. El joven, al menos, sabe en qué punto está de la geografía, algo que no ocurría precisamente durante aquel "desconcertante" verano de 2018, cuando la llegada a Donostia de un autocar con 46 personas de origen subsahariano marcó el punto de inflexión de una crisis humanitaria que vino para quedarse. "Fue necesario habilitar muchos recursos ante una realidad que desconocíamos y que nos obligó a dar respuesta poco a poco, de la mano de Cruz Roja, que durante este tiempo ha desarrollado una enorme labor con muchas dificultades", decía ayer Artolazabal, que anunció que mantendrán el plan de contingencia para la atención humanitaria.

Así lo indicó durante la visita al albergue habilitado de Irun acompañada, entre otros, por Aitor Allende, coordinador autonómico de Cruz Roja Euskadi; Lide Amilibia, viceconsejera de Políticas Sociales; Monika Hernando, directora de Víctimas y Derechos Humanos del Ejecutivo autonómico y Nahia Díaz de Corcuera, responsable autonómica de programas de asilo y atención humanitaria de Cruz Roja.

En un ejercicio casi de improvisación diaria comenzó a sentarse entonces el modelo liderado actualmente por el Gobierno Vasco, cuyo máximo exponente en la atención inmediata es el albergue de Irun, utilizado por el 82% de los 4.244 migrantes que el año pasado hicieron su parada en Euskadi antes de continuar su periplo hacia el norte de Europa.

Lo primero que puede verse en el albergue son unas taquillas con unos cargadores para que los usuarios puedan utilizar el móvil. Al teléfono le dan casi más importancia que al propio sustento. Según se entra, a mano derecha, hay una habitación donde se guarda en baldas la ropa nueva de la que hacen uso los migrantes, "que pasan frío incluso en verano", como le explicaban responsables de Cruz Roja durante la visita a la consejera.

control militar El espacio se hacía grande ayer para el escaso número de usuarios. El ruido mediático ha cesado en comparación con lo ocurrido hace dos veranos. Nada tiene que ver la situación actual con la que comenzó a gestarse a partir del 18 de junio de 2018. El control del perímetro fronterizo de los militares marroquíes se ha intensificado y, en virtud de acuerdos económicos con el reino de Mohamed VI, sus fronteras se están blindando. Todo ello deja su impronta a este punto del mapa. Así, entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2019, el número de migrantes que recalaron en el Estado tras cruzar la frontera por vía marítima de manera irregular fue de 26.168, un 54,5% menos que durante el mismo periodo de 2018. En Euskadi el descenso fue del 51%.

Al margen del contexto geopolítico, el posicionamiento del Gobierno Vasco sigue siendo claro. "Queremos atenderles como nos gustaría ser atendidos, y por eso ponemos los derechos humanos al frente. Como suele recordar el lehendakari, fuimos un pueblo acogido y somos acogedores", indicó la consejera. De ahí que el plan de contingencia siga siendo el mismo, teniendo en cuenta que se trata de dar respuesta a un colectivo con necesidades especiales, que no se ajustan precisamente a la cartera de servicios sociales. "La mayor dificultad es la falta de previsión. Los flujos migratorios siempre están sujetos a muchos vaivenes", decía ayer un voluntario de Cruz Roja que durante su vida laboral ha ostentado diferentes cargos públicos y ayuda actualmente. "Contact, contact. Para ellos es la palabra mágica", señalaba frente al joven de Costa de Marfil. Siempre piden soporte técnico para mantenerse en contacto con sus seres queridos.

El centro de Irun se abrió el pasado mes de octubre, garantizando los mismos servicios que venía prestando el anterior recurso en Martindozenea. Eso sí, el número de plazas ha pasado de 60 a 100, y son ocho técnicos de Cruz Roja quienes se turnan para prestar atención durante las 24 horas del día. "Un 20% de las personas que atendemos ni siquiera pernoctan en el centro", explicaba la responsable autonómica de programas de asilo y atención humanitaria de Cruz Roja. "En torno a la mitad pasan solo una noche, y durante todo el año pasado no hubo ni un solo recurso a toda su capacidad".

De hecho, durante este verano se habían diseñado tres posibles escenarios pero no han sido necesarios mayores recursos. La consejera insistió ayer en que, pese al descenso de llegadas, las instituciones vascas mantendrán el plan de contingencia habilitado para la atención humanitaria a migrantes.

El año pasado fueron atendidas 4.244 personas (la mayor parte -3.465- en el dispositivo de Irun), menos de la mitad de las que llegaron en 2018, cuando se contabilizaron 8.662. "Son números, pero lo realmente importante son las personas que están detrás de estas cifras", subrayó Artolazabal.

La estructura de albergues se ha ido adaptando en función de las necesidades. Actualmente, con los recursos de Berriz e Irun se cubren todas las necesidades, pero, tal y como está diseñado el plan de actuación, hoy por hoy no habría mayor problema para responder a llegadas inesperadas.

Desde hace dos años, las instituciones vascas, en colaboración con entidades sociales, han respondido a esta nueva realidad creando una mesa interinsititucional. En ella participan el Gobierno Vasco, las tres diputaciones forales, los ayuntamientos de Irun, Donostia, Bilbao y Gasteiz, así como la delegación del Gobierno español en Euskadi, Cruz Roja, CEAR, Cáritas, Médicos del Mundo y SOS Racismo. Se trata de dar "una respuesta integral, adecuada, humana y proporcionada".