La contraentrevista Ane Irazabal. PERIODISTA

"La objetividad es imposible. Trato de contar de una manera sincera lo que veo, escucho y siento"

26.07.2021 | 00:27
Foto: Jorge Muñoz

La arrasatearra es la encarnación del periodismo de raza. En su caso, además, con un toque humano que es marca de la casa porque la información veraz no está reñida con lo que bulle a flor de piel

Estás de mudanza...

—Sí, después de cinco años en Medio Oriente, Palestina y Egipto, y cinco en Italia, cambio de base y me mudo a Berlín. Como Battiato, ¡siempre buscando el centro de gravedad!

¿Qué esperas de Alemania?

—Que me sorprenda. Y adquirir unas claves para entender hacia dónde va Europa desde el punto de vista económico y político. Pero también quiero seguir viajando y profundizar en un tema que me toca, el de los refugiados, ¿Cómo vive el millón de solicitantes de asilo que llegaron hace cinco años? Alemania es el laboratorio europeo.

¿Era esto lo que querías cuando decidiste ser periodista?

—Tampoco soñaba con grandes cosas. Una vez, un amigo me dijo que nuestro trabajo consiste en contar a las personas lo que les ocurre a otras personas. Eso es lo que intento hacer.

¿Alguna vez te asalta la idea de que debiste haber escogido algo más tranquilo?

—¡No, nunca! Tengo la gran suerte de vivir de un oficio que me apasiona.

¿Por qué sigue siendo necesario ir a los sitios donde pasan cosas para contarlas desde allí?

—Porque hay que ir más allá de nuestro ombligo y darnos cuenta de que tenemos muchas responsabilidades para con los demás.

¿Cómo evitas que no te nuble la objetividad la crudeza de las situaciones que ves?

—Yo creo en la sinceridad, en contar de una manera sincera lo que veo, escucho y siento. La objetividad es imposible.

¿Hay un término medio entre implicarse emocionalmente demasiado y ser un témpano de hielo?

—Mi truco consiste en que cuando estoy trabajando hay que sacar adelante el trabajo. El problema llega cuando vuelves a casa o al hotel y tienes que gestionar tus emociones. Pero si me convierto en una cínica, dejaré esta profesión.

Has pasado situaciones delicadas. Has perdido compañeros. ¿Cómo gestionas el miedo?

—Es un sentimiento necesario que funciona como mecanismo de protección. No hay una guía sobre cómo actuar. Los compañeros asesinados no eran unos suicidas, cumplían con todas las medidas de seguridad. Es una pena.

¿Te consta que, salvo acontecimientos concretos, la información internacional es cada vez menos seguida?

—Depende, pero tengo la sensación de que con la pandemia nos hemos cerrado dentro de nuestra concha de caracol. Y escucho mucho eso de bastante tenemos con lo nuestro, que es un sentimiento normal. Pero me preocupa que se afiance la tendencia.

¿Me equivoco si digo que ser mujer y joven te ha supuesto muchas complicaciones en tu trabajo?

—Digamos que a veces tienes que tomar más precauciones. Y eso es lo triste, porque desde el punto de vista masculino del reporterismo de guerra, a veces, es difícil de entender. Pero nunca he renunciado a un viaje o un reportaje por ser mujer. Es más, he podido contar de cerca historias de mujeres que son muy difíciles de cubrir para un periodista hombre, como la mutilación genital femenina.

¿Por qué, a pesar de todo, sigue mereciendo la pena hacer lo que haces?

—Porque soy feliz y me siento muy afortunada.

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