Costa Rica, un placer para los sentidos

Necesitaba este viaje, y no imaginaba hasta qué punto hasta que me vi rodeada de vida salvaje, selva y playas de arena blanca

08.09.2021 | 10:17
Caminando por la selva en Costa Rica.

Visité por primera vez Costa Rica hace ya casi veinte años, en un proyecto cultural en el que me embarqué junto con la Unesco para recorrer los Patrimonios de la Humanidad en Centroamérica. En aquel entonces, Costa Rica y su gente me recibieron con los brazos abiertos, igual que hicieron en esta segunda visita.

No sabía bien qué me iba a encontrar después de estos años, pues las noticias sobre la proliferación del turismo, de los complejos hoteleros, etc, ya habían llegado a mis oídos, pero dada la situación mundial de restricciones por el covid-19 y que las fronteras aún estaban empezando a abrirse, imaginaba que el turismo de masas no iba a ser un problema, afortunadamente. Y así fue. De hecho, para quienes amamos viajar y el contacto con otras culturas, este es un momento ideal para salir y encontrarse casi solos en lugares increíbles, antes abarrotados de gente.

Llegábamos, eso sí, en época de lluvias, unas lluvias que iban a acompañarnos durante buena parte de la ruta y que en ningún momento fueron obstáculo para recorrer, disfrutar y aprender en este maravilloso país. Lluvias torrenciales a veces, que llegaban de pronto tras una mañana luminosa y despejada, o por el contrario, lluvias que nos despertaban pronto por la mañana en plena selva, una hora, dos horas€ sentíamos el fuerte aguacero sobre el tejado de la cabaña hasta que terminaba lloviendo también en el baño. En situaciones así poco se podía hacer, salvo ponerse a resguardo y esperar a que terminara.

O seguir adelante con un chubasquero y un buen calzado, dejándose envolver por esa belleza que cubre Costa Rica de sur a norte y de este a oeste; un pequeño país en el que se concentra, dicen, la mayor biodiversidad del mundo: playas, bosques nubosos, volcanes, selvas llenas de cocodrilos, perezosos, tucanes, monos, iguanas, colibríes, jaguares, serpientes, ranas, ciervos y un sinfín de otros animales que pueblan este pequeño país que de manera tan inteligente y productiva ha sabido sacar provecho, y sobre todo cuidar y respetar la riqueza en la que vive. Desde los más pequeños, que cuentan con actividades y asignaturas relacionadas con la biodiversidad, hasta los más mayores, que aunque profanos en materia científica, son en su mayoría sensibles hacia sus diversos ecosistemas y los mejores embajadores de su país. Todos ofrecen respeto hacia lo que les rodea y al recorrer sus carreteras y diferentes regiones se aprecia a simple vista el cuidado con que tratan y viven su tierra.

Y aquí cabe mencionar ese talante animoso y acogedor que muestran los costarricenses; por algo se les conoce como una de las poblaciones más sanas y felices del mundo. Especialmente en la península de Nicoya, en el Pacífico norte, una de las zonas consideradas azules del planeta, entendiendo esto de azul como el distintivo que se pone a unas pocas regiones del mundo donde sus habitantes tienen una alta esperanza de vida, cerca de los 90 años. Y lo cierto es que su generosidad y saber vivir es algo que se palpa y se siente de diferentes maneras a lo largo del país; es un pura vida constante y es también un mucho gusto. Creo que muchos de nosotros deberíamos aprender a utilizar más a menudo palabras como esas.

Es quizá eso lo que hace que estar allí durante un período tan complicado como este, en plena pandemia, se haga más ameno, menos difícil. Son sin duda conscientes de la situación y el país también ha sufrido, como todos, el golpe del covid, pero algo en su carácter y en su modo de vida hace que se sienta de una manera menos dramática. Está, pero no les vence. Está, pero no los ha anulado.

Rumbo al pacífico


Primera parada en el camino en Quepos, en la zona del Pacífico Central y a las puertas del Parque Manuel Antonio. A poco más de dos horas de San José, la capital, es un destino al que acuden muchos de sus habitantes a pasar las vacaciones.

En tamaño, el Parque Manuel Antonio no es demasiado grande, con una extensión terrestre cercana a las 1.000 hectáreas y otras 50.000 marinas, y los más variados y espectaculares paisajes, ya que contiene una más que atractiva combinación de selva tropical, playas e incluso algunos arrecifes de coral.

Mientras recorríamos el trayecto que nos acercaba a las playas, tuvimos en todo momento la compañía del guía, Marvin, gracias a cuya destreza y entrenado ojo pudimos observar multitud de animales pintorescos y curiosas plantas. Tras una hoja, bajo un seto, en aquella sombra, allí arriba o aquí abajo, casi a cada paso nos deteníamos a mirar por el telescopio para descubrir con asombro la forma de un animal; los saltos del gran mono aullador, o mono Congo, como lo llaman allí, el paso de un pizote en la maleza, la rana mimetizada con el reverso de una hoja, el simpático perezoso durmiendo plácidamente en la rama de un árbol, o la amenazante serpiente acurrucada a un lado, vigilando alerta el paso de los visitantes€

Aquí es bueno mencionar que existen varios senderos bien señalizados y acondicionados para todos los públicos, y que el guía es opcional, pero también es cierto que sin él la ruta no se hubiera disfrutado del mismo modo.
Y así, tres o cuatro horas después, con el sol arriba sobre nuestra cabezas, llegamos a la blanca orilla de una preciosa playa, donde además de bañarse y tomar el sol, se pueden realizar diferentes deportes acuáticos. Son tres rincones exclusivos como Espadilla Sur, Manuel Antonio y Puerto Escondido, todas ellas protegidas por la selva.
Terminar allí la visita, hasta la hora del cierre sobre las cuatro de la tarde (la noche comenzaba a caer poco después de la cinco) fue el mejor broche final para aquella ruta; justo a tiempo de terminar la jornada viendo atardecer en uno de los numerosos restaurantes frente al mar, de camino a Quepos. A esas horas sí, el cielo se abrió y descargó toda el agua que tenía, y llegamos empapadas, con ganas de cenar y una buena ducha.

Cocodrilos en tárcoles


Fue Giovanni, nuestro chófer, quien nos recomendó parar a hacer este tour de dos horas por el río Tárcoles, cerca de Jacó, aún en la zona del Pacífico. La mañana había amanecido limpia y con un sol radiante, y camino al norte hasta nuestro próximo destino teníamos todo el día disponible para realizar un tour que en principio no entraba en nuestros planes; pero viajar es eso€ dejarse llevar, como en un buen baile.

Para el pequeño grupo que participamos en él, aquella experiencia supuso sin duda un antes y un después sobre la idea preconcebida que teníamos de los cocodrilos. José, el guía y experto en la materia, llevaba casi veinte años en la zona estudiando su comportamiento y llevando visitantes a recorrer el río en su lancha. Era tal su familiaridad con estos animales que incluso había bautizado a alguno con nombres de estrellas famosas según sus características físicas; a uno pequeño y con una gran panza le llamaba Danny DeVito, a una hembra que se acercaba ágil moviendo la cola Shakira€ y así sucesivamente. Eso y la simpatía que derrochaba hacía que sus explicaciones nos resultaran de lo más entretenidas. Casi nos quedamos con ganas de adoptar uno.

Según la lancha avanzaba hacia tal o cual ensenada, José silbaba y nos pedía paciencia: "Ya viene", decía. Y en efecto, unos minutos después veíamos llegar por el río la figura lenta y sigilosa de un gran lagarto, un macho o una hembra que venía directo a la lancha. Era entonces cuando Ismael, el ayudante de José, bajaba a tierra y con pericia y mucha cautela atraía al animal con un trozo de pollo en la mano€ Y sí, es cierto, no se trata precisamente de una práctica muy ética, pero aquella experiencia y las explicaciones de José nos sirvieron, como he dicho, para cambiar nuestra forma de pensar sobre estos reptiles.

Disfrutamos especialmente el momento en que descubrimos a una madre con sus docenas de crías. Las vigilaba silenciosamente camuflada en el agua, dejando apenas sus ojos a la vista, mientras las pequeñas deambulaban cerca, pegadas a la orilla. En algunos momentos ella las cogía entre sus fauces, como si fuera a tragarlas, pero ante nuestra sorpresa, las trasladaba a otro lugar con sumo mimo y cuidado, como haría toda buena madre.
Sintiéndonos intrusos en aquella escena, y para no incomodar más de lo debido a la familia, decidimos dar la vuelta y marchar río abajo, donde la corriente era más fuerte y el río empezaba a mezclarse con el mar. Entre saltos de la lancha y salpicones del agua, terminábamos así la aventura antes de continuar por tierra hacia otra región única en el país: Tortuguero.

Verdes infinitos


Un verde que cambia y se mezcla en cada llano, montaña, volcán y orilla de mar, orilla de río, orilla de cascada. Verdes en los que perderse y hallarse, en los que dejar los oídos en el silencio y el vacío, verdes en los que posar la mirada que bucea buscando€ Porque a veces, deambular entre árboles gigantes, palmeras, hojas descomunales, helechos y demás plantas a donde apenas consigue entrar la luz del sol, es un poco como bucear entre verdes en vez de azules. Y no sabes bien qué vas a encontrarte delante.

Allí, a salvo de la civilización, te das aún más cuenta de que la naturaleza no nos necesita. Es más€ en momentos y lugares como estos, sabes que en realidad le sobramos, que entorpecemos el orden perfecto con que todo parece funcionar. Pero ella te invita cordialmente a contemplarla, incluso, si eres respetuoso/a, te permite participar en la sinfonía de tonos, aromas, texturas, formas y sabores que supone su existencia.

Tortuguero, en la costa atlántica, es uno de esos altos en el camino cuando se viaja a Costa Rica. Hay quien lo denomina también el pequeño amazonas por la enorme cantidad de especies que alberga, y ya desde el primer momento en que tomamos la lancha en el embarcadero de La Pavona, supimos lo grande que iba a ser aquel encuentro. El trayecto hasta nuestro alojamiento, un típico hostel de cabañas con embarcadero propio, se haría en poco menos de una hora, a lo largo de un río lleno de curvas y meandros en una región que se caracteriza por un complejo sistema de ríos, canales y lagunas muy pintorescos.

La amplia zona alberga multitud de tipos de aves (en Costa Rica ponerse a mencionar el número total de especies es un loco baile de números); según algunas fuentes solo en Tortuguero hay más de 350 especies de aves, 180 de mamíferos, unas 700 especies de plantas y cerca de 50 tipos distintos reptiles€ y además, si por algo es famosa Tortuguero, es por ser el lugar elegido por algunas tortugas marinas para el desove, como la tortuga verde, la más común en las playas del parque, y otras como la carey y la baula, que lamentablemente no tuvimos la suerte de contemplar.

Contemplamos, eso sí, desde lo alto del Cerro Tortuguero, la magnífica vista panorámica de todo el enclave; a un lado el mar Caribe y al otro la tupida selva, el pequeño amazonas, con el ancho brazo de río que nos había conducido hasta allí. La entrada para este y otros parques está regulada por la SINAC, y en su web pueden obtenerse las entradas e información para la mayoría de los parques y reservas del país.

A la mañana siguiente empezamos con un buen madrugón, cosa que no es extraño, primero porque el sol allí sale siempre muy temprano, segundo porque el sonido de la selva tiene sí o sí el papel protagonista, y tercero porque cuando se va de ruta, es siempre mejor adelantarse al calor y a otros grupos de turistas. Aunque tampoco esta vez eso iba a ser un problema; fue la ausencia casi total de otros grupos la que nos permitió disfrutar y recorrer el Parque Nacional sin aglomeraciones, lentamente, descubriendo, gracias de nuevo a nuestro guía, todo un abanico de plantas y animales, aunque especialmente en esta zona y dada la fragilidad del ecosistema, los circuitos que se ofrecen son muy regulados.

Esta vez lo hicimos en kayak con la compañía de Manuel, experto en la zona, quien nos seguía en un bote dándonos algunas instrucciones. Él, al igual que la atmósfera que nos rodeaba, era también un hombre tranquilo. Navegaba sin prisas, observaba los árboles, el río, la orilla, los juncos€ Entre silencios, algunos silbidos y anécdotas, nos mostraba la riqueza de su tierra, de su selva, y es que como él mismo nos contó no había ido a la ciudad más que en dos ocasiones en los últimos cinco años. Para él la capital, San José, era como Marte, un lugar desconocido y también amenazante, donde se sentía intruso e inseguro, pero en cambio allí, en medio de su selva, se movía y sentía como uno más de las especies que la habitaban. Las respuestas a las preguntas que le hacíamos le salían despacio, al ritmo del pequeño y silencioso motor que movía la embarcación.

Una vez más, aquella mañana superó todas nuestras expectativas, y a pesar de no encontrarnos con el jaguar o la pantera (seguramente por fortuna) volvimos a tierra con la mochila llena de preciosos encuentros y anécdotas.
Tras dejar el bote y los salvavidas, vimos que nos habían preparado un suculento desayuno, el típico gallo pinto costarricense, con arroz, frijoles y plátano frito, bien contundente, además de un surtido plato de fruta local, jugo de frutas, huevos, tortillas de maíz€ Y un riquísimo café, como no puede faltar en el país y del que dimos buena cuenta a lo largo de todo el viaje.

Volcanes y cascadas


Para quienes vivimos en una tierra que no se mueve alejada de los seísmos y las explosiones volcánicas, resulta difícil hacerse a la idea de lo que supone vivir a los pies de un volcán, o al filo de una placa tectónica que amenaza con moverse bajo tus pies. Es por eso que observar un volcán tiene algo de misterioso; su presencia siempre impone y a veces resulta incluso amenazante, quizá porque nos hace ser conscientes de la fuerza que se esconce bajo la tierra que pisamos.

Son, se me ocurre, como los cocodrilos, restos prehistóricos, aún presentes, de un mundo que se ha ido formando a base de erupciones volcánicas, seísmos, terremotos€ Y que hoy nos parecen tan lejos. Aunque no lo estén tanto. Y no lo están porque en realidad hay muchos volcanes activos aún en el mundo, y también en Costa Rica. Para muestra de ello, la última erupción que tuvo lugar recientemente en el Volcán Rincón de la Vieja, en la provincia de Guanacaste. Ocurrió apenas a las 5.30 de la mañana, lo que seguramente fue una de las razones por las que no hubo que lamentar víctimas.

Y es que este pequeño gran país se encuentra al borde del anillo de fuego de la cuenca del Pacífico, y cuenta, como digo, con varios volcanes activos y muchos otros ya extinguidos. La mayoría se han convertido en parques nacionales o áreas protegidas, y en ellos se pueden ver y disfrutar de lagos sulfurosos y cascadas y aguas termales en lugares preciosos, casi siempre de difícil acceso, que son una gran atracción turística por su belleza, pero también por sus propiedades beneficiosas para la salud.

El volcán más alto es el Irazú, de unos 3.400 metros, con varios cráteres, algunos de color cambiante debido al azufre y otras sustancias que contiene. El Poás, relativamente cerca de la capital, es además el que permite un acercamiento más sencillo a la misma boca del cráter, siempre humeante, y también una de las más profundas, unos 270 metros, aunque es también una cima que permanece oculta bajo las nubes gran parte del tiempo debido al clima húmedo de la zona, cosa que por otra parte viene muy bien para los cultivos que se dan en sus laderas. Aquí, y según se viaja a la cima, pueden contemplarse amplios cultivos de café, donde además son de obligado cumplimiento los tours en las granjas con la posterior degustación de este delicioso producto nacional.

Pero sin duda, si hay un volcán que es una estampa típica y protagonista de miles de fotos, es el Arenal, con su erguida y elegante figura, con el gran lago a sus pies y casi siempre adornado en su cumbre por una pequeña corona de nubes.

Allí, en la zona de La Fortuna, región a la que pertenece, se forma un núcleo animado de excursionistas y viajeros de todo el mundo, y también se dan cita alojamientos de todo tipo y empresas de turismo que ofrecen numerosas actividades en la naturaleza de las que sin duda merece la pena disfrutar, tanto en rutas marcadas para senderismo alrededor del volcán como subiendo al cerro chato (otro pequeño volcán cercano) para contemplar el lago del cráter; cabalgar a caballo, hacer rafting, practicar la tirolina o visitar sus cascadas. Una oferta más que sugerente para todas las edades.

Una región viva


Quizá sean sus numerosos volcanes activos, el calor de su subsuelo, la riqueza de sus aguas marinas, las numerosas lluvias, el brote de un sinfín de plantas y árboles de manera constante en sus frondosas selvas, los rayos del sol, la proliferación de insectos de todo tamaño y color, y los diferentes animales que se mueven a su antojo allá por donde se cruce el país, lo que hace que Costa Rica vibre y crezca cada minuto.

Recuerdo un momento del viaje entre otro muchos inolvidables: llevábamos un par de horas en la miniván, camino al norte, cuando Giovanni, el chófer, levantó su brazo y dijo: "Un perezoso, ahí en la carretera". Dejamos de hablar y dirigimos nuestras miradas hacia adelante, en aquella dirección. Otro coche había parado ya y un hombre con un sombrero de vaquero y por lo visto acostumbrado a estos y otros animales, iba a coger al perezoso por la espalda para dejarlo a un lado de la carretera. Habíamos visto estos animales en otras zonas, subidos a lo alto, cruzando por las líneas de teléfono, pero no era habitual contemplarlos ahí, en el suelo. Fue en ese momento cuando Giovanni paró y bajamos para acercarnos a ver al simpático perezoso.

El hombre que lo había cogido dejó al animal en unos arbustos, a salvo ya de los coches, entonces nos saludó y se marchó. Mientras nosotras, entre la diversión y la sorpresa, no dejábamos de mirar al curioso animal, que a su vez nos miraba con esa sonrisa inocente y dulce que tienen, alzando el gesto como si estuviera oliéndonos, mientras avanzaba entre las ramas buscando un lugar adecuado para pasar desapercibido; pies para qué os quiero, debía pensar.

Entre risas y saca la foto, la saco yo, mira qué mono, mira cómo mira y demás€ el oso perezoso, que tiene fama de lento, y lo es, consiguió ir metiéndose disimuladamente dentro del arbusto, hasta casi desaparecer en él; lentamente sí, pero de manera muy sutil y efectiva. Eso sí, no sin que antes pudiéramos disparar el obturador unas setenta veces para captar la imagen más bonita. Y a la vista está que lo conseguimos.

Así es Costa Rica, pura vida, sin duda. 

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