Cinco claves para evitar la fatiga de la contraseña

El esfuerzo que supone recodar todas la contraseñas que empleamos en nuestra vida digital puede acabar en un estrés que se agrava por el miedo a las consecuencias de equivocarnos

05.05.2022 | 21:11
Cada vez son más las contraseñas y claves necesarias para poder acceder a terminales y servicios digitales.

El ajetreo de la vida digital, el acceder a distintos dispositivos y plataformas hace que necesitemos crear y recodar muchos números pin, contraseñas y otras claves que nos permitan acceder a ellos para poder trabajar, pagar, acceder a documentación oficial, recibir informaciones o, simplemente leer los periódico.

Si además son sitios a los que accedemos poco o a que no abrimos desde hace mucho, la hazaña de recordarlo entra en el rango de odisea. ¿Recuerdas todas las tus contraseñas? Para la mayoría de la gente es cada vez más difícil. De hecho, algunas personas llegan a sufrir un fenómeno conocido como fatiga de la contraseña, ya que la necesidad de recordar y gestionar las contraseñas les genera estrés.

"El estrés se debe a que nos vemos forzados a recordar la contraseña cuando queremos llevar a cabo una acción concreta y sabemos que, si no lo conseguimos, las consecuencias serán negativas, corremos el riesgo de perder información o no tener acceso a ella cuando la necesitamos", explica Modesta Pousada, profesora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC.

Sin embargo, las nuevas tendencias en seguridad informática reducen la presión que tenemos para recordar contraseñas, una tarea que también podemos facilitar con algunas estrategias.

1. El auge de las contraseñas permanentes

En ocasiones el sistema exige un cambio periódico de contraseña porque la que tenemos ha caducado. Tener que crear una nueva puede resultar molesto, pero recordar la nueva sin que se mezcle con la anterior requiere un esfuerzo que cansa y estresa.

Se puede dar un fenómeno que se llama interferencia. Consiste en que, si debemos eliminar de nuestra memoria una información que tenemos ya consolidada y debemos sustituirla por otra, no es raro que recordemos mejor la primera y no la segunda.

La práctica de pedir el cambio periódico de contraseña puede ser, además, contraproducente ya que se termina eligiendo una contraseña muy fácil o ir intercambiando unas cuantas fijas similares y sencillas, por lo que cada vez es menos seguro el sistema de protección.

Por ello, según Rifà, directora del máster de Seguridad de las Tecnologías de la Información y de las Comunicaciones de la UOC, "las prácticas más modernas evitan hacer cambiar las contraseñas y limitan este recurso para cuando se intuye que ha podido haber un problema de seguridad". En entornos muy sensibles de seguridad sí se tiende a mantener la práctica de cambiar de contraseñas periódicamente.
 

2. La creciente aportación de la biometría

El uso cada vez más frecuente del reconocimiento facial como clave de acceso demuestran que el avance de la biometría hace que esta vaya sustituyendo en algunos entornos la función que desempeñaban las contraseñas.

De todas formas, "la mejor forma de control es usar varios factores de autenticación" apunta Rifà. Y es que la biometría aún tiene problemas por superar, ya que por un lado pueden existir reconocimientos dudosos porque no es un sistema inequívoco como el uso de una contraseña, y, por el otro, plantea problemas vinculados con la privacidad y la imposibilidad de sustituir la prueba de identificación si hay un problema de seguridad, pues no podemos modificar nuestros rasgos físicos.

"La identificación mediante la biometría actualmente no es suficiente para responder a todas las necesidades de seguridad informática, pero es un buen complemento del uso de contraseñas", opina Rifà.

3. El uso de gestores de contraseñas

Una opción para evitar memorizarlos todas las claves de acceso son los gestores de contraseñas. Estos sistemas guardan la información de nuestros códigos personales cifrada. Unos los guardan localmente en nuestro dispositivo y otros lo hacen en un servidor, en la nube. Este sistema obliga a recordar solo una contraseña maestra y el gestor se ocupa de las demás. Así se evita que el usuario utilice la misma contraseña en todas partes, lo que sería muy peligroso.

Diego Miranda-Saavedra, profesor colaborador de la UOC recomienda "no tenerlas en un servicio en la nube, puesto que se estarían exponiendo conjuntamente. Utilizaría un gestor instalado localmente y que no comparta las contraseñas fuera del teléfono o el ordenador".

También es relevante saber cómo funciona el sistema de acceso. Si la información se cifra mediante una contraseña que solo conoce la persona interesada, se está obligado a recordarla. Para quienes quieran ahorrarse este paso también hay sistemas a los que puede accederse respondiendo a una serie de preguntas personales, pero en estos casos la información está en manos de una empresa, que es quien genera el cifrado de los datos.

4. La creación de contraseñas con sentido

Al decidir la contraseña, hay pautas que nos pueden facilitar la tarea de recordarla. Según explica la profesora Pousada, "a menudo nuestras contraseñas son combinaciones de símbolos sin significado que no tienen ninguna relación con el contexto y, por lo tanto, no nos ofrecen ninguna pista para recordarlas".

Si además se tienen varias contraseñas y algunas se usan de vez en cuando "es muy difícil recordar algo que no tiene significado, de lo que no tenemos pistas para recuperarlo y que además hace mucho que no utilizamos", añade Pousada.

Encadenar palabras que no estén relacionadas de forma lógica y que sean fáciles de recordar puede ser una buena opción. Un ejemplo podría poner los nombres de varias ciudades españolas por orden de población, separadas y con asteriscos al inicio y al final: **Madrid_1_Barcelona_2_Valencia_3_Sevilla_4**, por ejemplo. Esto genera una contraseña muy segura.
 

5. Inventar historias que conducen a la contraseña

Las pistas que nos hacen recordar una contraseña pueden consistir en pequeñas historias, sean visuales, recreadas mentalmente o asociadas a sensaciones como los olores, los colores y los sonidos, en las que se inserten informaciones. "A menudo pensamos que cuanto más simple sea un elemento, más fácil será recordarlo, pero en realidad la memoria funciona a la inversa. Es decir, cuantos más elementos tengamos asociados a la información que queremos recordar, más fácil será que alguno actúe como hilo y tirando de él lleguemos a la salida", concluye la profesora Pousada.

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