Entre 1876 y 1930 se produjo la mayor explotación de las minas de hierro de los Montes de Triano. La minería de Bizkaia experimentó un rápido auge como consecuencia de la fuerte demanda de la industria siderúrgica europea. La exigencia de mano de obra propició la llegada de oleadas de inmigrantes atraídos por la oferta de empleo. Miles de personas vinieron a trabajar, creándose nuevos barrios junto a las minas, como Larreineta, La Arboleda, Barrionuevo y los ya desaparecidos de Matamoros o Burzako.
Esta explotación minera dividió al valle de Trápaga-Trapagaran en dos comunidades: la que formaron los inmigrantes en lo alto, cerca de su lugar de trabajo, y la que se mantenía al pie de las laderas. Arriba llegaron a vivir más de cinco mil personas, superando con creces a los que lo hacían en la parte baja del municipio.
La población minera se encontraba aislada en pleno monte y la carencia de comunicaciones dificultaba su movilidad y abastecimiento. Utilizar la única carretera de unos ocho kilómetros de longitud que unía ambas zonas del municipio era toda una odisea. Se tardaba hora y media en subir las mercancías, lo que encarecía los costes. El avituallamiento de aquel colectivo, tanto en comestibles como en materia sanitaria, constituía el gran problema al que nadie ponía solución.
La gravedad del caso fue tal que entre 1883 y 1887 el barrio de La Arboleda llegó a disponer de una comisión de Arbitrios para administrar la zona de los Montes de Triano, habida cuenta de que los pueblos del valle de Somorrostro, a los que pertenecía, no se hacían cargo de las necesidades de las nuevas comunidades que iban surgiendo en las alturas. Fue el germen de su integración en el valle de Trápaga-Trapagarán, entonces San Salvador del Valle.
Las compañías mineras construyeron unos barracones para sus trabajadores que pronto resultaron insalubres ante la falta de higiene. Los que habían venido con sus familias trataban de sobrevivir construyendo chabolas donde poder hacer frente a unas circunstancias meteorológicas a todas luces adversas. Las enfermedades graves y los accidentes estaban a la orden del día. En 1888 la esperanza de vida que había en aquellos barrios mineros era de 18 años. La conciencia de clases germinó en La Arboleda donde se organizó el primer conflicto laboral moderno: la huelga de 1890.
Blasco Ibáñez reflejó la situación
Fue a principios del siglo XX cuando la situación que se vivía en esta zona llegó a oídos del escritor levantino Vicente Blasco Ibáñez, autor de las inmortales novelas Cañas y barro (1902) y, sobre todo, Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916). Al verla quedó fuertemente impresionado. El resultado de la visita se encuentra reflejado en su obra más política, El intruso (1904), en la que situó como protagonista al Dr. Luis Aresti, una copia del prestigioso Dr. Enrique Areilza, un hombre que abandonó su consulta particular en el centro de Bilbao para entregarse en cuerpo y alma a los mineros mediante en su abnegada labor al frente del Hospital de Triano.
Este médico, perteneciente a una de las familias más acomodadas de la capital, realizó una destacadísima obra en la zona obrera: vacunó obligatoriamente de viruela a todos los mineros y sus familias hasta el punto de reducir los índices de defunción causados por esta enfermedad por debajo de los existentes en el centro de Bilbao. Fue él también quien descubrió que las fiebres tifoideas que padecían los mineros con harta frecuencia tenían como origen el agua contaminada de la fuente que utilizaban. El hecho, que tuvo una enorme trascendencia en su momento, propició que inmediatamente se construyera una nueva conducción de aguas potables desde Abanto y Zierbena.
En 1900 la población del municipio de Trapagaran estaba perfectamente definida: al pie del monte vivían 1.776 personas y en lo alto, incomunicadas, 5.060. Diez años más tarde, La Arboleda, uno de los barrios creados en la cima, junto a las minas, contaba con 3.124 habitantes y disponía de iglesia, escuelas públicas y privadas, el hospital que dirigía el Dr. Areilza, cuartel, juzgado de paz, frontón, banda de música, economato, sedes sindicales, sociedades culturales, tiendas, bares… Es decir, la población, ante el aislamiento que sufría, se organizó con independencia del municipio al que pertenecía para poder subsistir.
Y llegó el funicular
La solución a aquel apartheid la proporcionó en 1913 Jaime de Orúe y Olavarría, un ingeniero que, tras estudiar la situación, llegó a la convicción de que el procedimiento ideal para acabar con las consecuencias de aquella diferencia de alturas era la creación de un funicular, un procedimiento utilizado en la minería al menos desde la Edad Media con resultado óptimo.
El proyecto que Orúe presentó a la Diputación de Bizkaia se apartaba de la idea tradicional del funicular, porque aquel método de transporte lo mismo servía para el tránsito de personas que del material necesario para la vida cotidiana en aquellas alturas. Se demostró que el boceto cumplía ambos objetivos mediante un ingenioso mecanismo que fácilmente podía hacer variar los contenidos de las plataformas.
El plan de construcción, valorado en un millón y medio de pesetas, fue aprobado en 1920. La obra, que comenzó al año siguiente, sufrió varios atrasos. Finalmente, el 24 de septiembre de 1926 tuvo lugar la inauguración del Funicular de Larreineta que unía Trapagaran con el barrio de La Arboleda.
“Ayer quedó abierto al servicio, con un acto extremadamente sencillo, el funicular provincial de La Reineta. (…) El nuevo funicular, que mide 1.200 metros de longitud, ofrece la novedad de que su chasis es desmontable, para el transporte sobre una plataforma de toda clase de carruajes, autocamiones inclusive, a la cumbre. En el municipio de San Salvador del Valle reina gran alborozo por la inauguración del servicio, tantos años esperado”, se narraba en El Noticiero Bilbaino, el 25 septiembre 1926.
En las dos estaciones terminales del funicular aún se conservan las grúas-puente que permiten retirar las cabinas y así dejar libre una plataforma horizontal sobre la que se puede colocar hasta un camión de 9.300 Kg. de carga bruta para su ascenso o descenso. Además de mercancías, alimentos y otros productos, también se subían los cadáveres al cementerio municipal situado en La Arboleda.
Las cabinas originales eran de madera y estaban divididas en tres departamentos cerrados y un entarimado cubierto para llevar bultos. En 1985 se sustituyeron por otras metálicas, fabricadas en Ormáiztegi. Ese mismo año el funicular pasó a manos del Gobierno Vasco y desde el año 1994 es gestionado por la sociedad pública Eusko Trenbideak (Euskotren).
La Arboleda, hoy
Un minibús espera a los viajeros en la estación superior para trasladarlos al barrio de La Arboleda, posiblemente uno de los lugares más emblemáticos de estos montes mineros. Surgió hacia 1877 a partir de unas chabolas construidas junto a los últimos árboles de estas alturas y se denominó Pueblo Nuevo de la Orconera en atención a que el terreno pertenecía a la mina Carmen-4, de la compañía minera Orconera Iron Ore.
Tras el cierre de las minas, La Arboleda perdió población y servicios, pero ha mantenido su esencia al estar rodeada de un paisaje muy peculiar, lo que ha desarrollado la hostelería, con su artesanía de quesos y sus famosas alubias. En 2003, por su relevancia histórica y su valor etnográfico, fue declarada Bien Cultural, con la categoría de Conjunto Monumental.
Un paseo desde La Arboleda hasta Gallarta, cuesta abajo, permite hacer un repaso histórico de lo que antaño fue cuna de la siderurgia vasca. A modo de muestra encontramos el inconmensurable marco de la mina Concha-2, un enorme corte geológico de 700 metros de largo, 350 m. de ancho y 150 m. de profundidad. En el interior de la corta existe un acceso a la mina subterránea donde, desde los años sesenta hasta su cierre en 1993, fueron excavados más de 50 kilómetros de galerías. En la década de los años setenta del siglo XX se convirtió en la segunda explotación de hierro más grande de Europa.