Airotiv

Ralentí

22.10.2021 | 00:02
Iñaki Larrimbe

Sucedía un día del pasado verano: el pintor que realizó en su día el retrato al óleo de la familia real, Antonio López, era abordado por un agente policial que le requería la documentación mientras el artista pintaba en pleno centro de Madrid un paisaje que empezó a abocetar en 2010 y que dejó inconcluso. Que se identificase, le dijo el agente. Algunos de los curiosos que contemplaban al "maestro" pintar, intervinieron increpándole al policía que el artista era Antonio López. "Yo no tengo que saber quién es, puede ser Van Gogh, puede ser quien sea", replicaba el Municipal. Buena respuesta pues es obvio que para opositar para policía no es necesario tener conocimiento alguno de arte. Es más: saber quién era Van Gogh ya era todo un "plus". En las redes sociales la anécdota tuvo sus minutos, incluso horas, de gloria. Al pobre gendarme le tuvieron que pitar los oídos durante largo tiempo pues las fieras de las redes se le echaron encima. ¡Cómo se había atrevido el susodicho a pedirle los papeles a un artista tan famoso! Ni que fuera un inmigrante ilegal. Pero la sangre no llegó al río: todos somos iguales ante la ley y si a alguien se le ocurre tirar de caballete, lienzo y óleo en la vía pública, hay que pedir que se ponga firme ante las fuerzas de seguridad pues semejante acto es muy sospechoso: se empieza embadurnando lienzos y se puede acabar grafiteando monumentos nacionales. Es mejor prevenir que curar y frenar a los peligrosos –en potencia– paisajistas. Es verdad que si la policía hubiera actuado así hace un par de siglos las paredes de los museos estarían vacías de obras como las de Van Gogh.

En cualquier caso, suerte tuvo Antonio López de no pasar desapercibido. Recordemos que hace unos años el violinista estadounidense Joshua Bell, gran artista y ex niño prodigio, tocaba con su Stradivarius de 1713 en mano –valorado en 3,5 millones de dólares– seis melodías de diversos compositores clásicos en una estación del metro de Washington mientras los paseantes desfilaban cual espectros. Pero tampoco le fue tan mal: en los 43 minutos que duró su concierto el violinista recaudó en su estuche 32 dólares y 17 céntimos. Obviamente si hubiera tocado reggaetón habría tenido mucho más éxito. Se equivocó de estilo.

Este frenético mundo no conecta con las lentas frecuencias del arte. En el universo vertiginoso de imágenes y textos que nos atropellan diariamente, poner la atención en una melodía o en una persona pintando a ralentí se nos hace tarea ardua.

Hoy mismo, finaliza la exposición Naturaleza humana del pintor inglés –pero afincado en nuestra ciudad desde hace décadas– David Brandon visitable en el Centro de Exposiciones Fundación Vital. Un delicado masaje para los ojos. Un montaje exquisito. Una veintena de paisajes finamente planteados –y con cierto trasfondo ecológico y social– que el artista ha realizado en las últimas dos décadas. Apaguen el móvil, relájense y visiten una sala en la que el tiempo se ha detenido para –y por– ustedes.

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