Madrilgo Gortetik

(In)coherencia

27.03.2021 | 00:50
(In)coherencia

El reconocido verbo sensato de Aitor Esteban instó este miércoles a la coherencia para aplacar la incoherencia que suponen los chárter de turistas extranjeros en una España pandémica sin salir de casa. La petición, lógica a pie de acera, resonó extraña en un Congreso entregado al frenesí de la sinrazón, el fango y la dentellada. Sus señorías ya no parlamentan sobre leyes, solo quieren bronca y golpes bajos. Bajo un ánimo partidista de permanente resquemor recíproco es imposible que asome una brizna de sensatez. En estos momentos, y durante las próximas semanas, más allá del infarto electoral de Madrid, de la gota malaya del transfuguismo, del sonrojante espectáculo independentista en Catalunya y de los malos tratos a Rociíto ya no hay vida. Por eso, alemanes y franceses se burlan con sol, alevosía y cerveza en mano de los angustiosos límites perimetrales; miles de vacunas aparecen y desaparecen; una aerolínea de 4 vuelos se lleva 53 millones de ayudas; los cobros del salario mínimo se gripan; nadie espera una mejora económica seria antes de 2023, y, tristemente, el personaje político más apetecible para los medios es el actor Toni Cantó porque cambia por tercera vez de partido. Y en estas el portavoz del PNV pidiendo congruencia al Gobierno€

El transfuguismo representa la antítesis palmaria de la coherencia. El PP ha elegido esta vía poco edificante de la traición personal para engordar su batallón. Teodoro García Egea, crecido tras el favorable desenlace de Murcia, está encantado con el proyecto de acoso y derribo de Ciudadanos. No repara en el reclutamiento. Solo así se entiende el fichaje a espaldas de Miguel Ángel Rodríguez del volatinero Cantó, auténtico peso pluma de la política española, para reforzar supuestamente a Díaz Ayuso. Pero la presidenta ha torcido el morro. No apadrina al personaje, aunque al final ha querido evitar una crisis interna y le coloca en el quinto puesto. No le convence un converso que fue tan duro criticando el pestilente olor a corrupción de los populares. Además, nadie es capaz de asegurar que esta lagarterana decisión aporta un puñado de votos. Albert Rivera y su antigua mano derecha Fran Hervías pasan de puntillas. A ellos solo les satisface seguir meciendo la cuna de su venganza.

Tampoco la izquierda alardea de coherencia. A saber. Sin moverse de Madrid, el PSOE gobierna en La Moncloa con Unidas Podemos y a apenas 15 minutos de distancia en coche, Ángel Gabilondo repudia a Pablo Iglesias cuando se trata de conquistar la Puerta del Sol. Donde todos ven una triquiñuela en este contundente desmarque del candidato socialista para engatusar en campaña al electorado moderado, Iván Redondo ve votos. Su experiencia le dice que se puede prometer una cosa y hacer la contraria sin coste alguno: ejemplo, Pedro Sánchez. O tal vez este repudio a la radicalidad esconde en el fondo un deseo inconfesable del sanchismo de hacer morder el polvo para siempre al candidato del 4-M más inesperado. Se trataría de un empeño que empieza a emerger por las cuatro esquinas mediáticas, ideológicas y personales como si se pretendiera liquidar viejas cuentas pendientes. La derecha no se esconde en este descarnio porque teme que acabe sumando para impedir la mayoría absoluta en la Comunidad de Madrid, su auténtica joya de la corona. La despedida que tributaron en las Cortes al vicepresidente segundo desde PP, Vox y Ciudadanos acabó en una descarga de adrenalina compartida con la víctima. Entre unos y otros no dejaron sapos para nadie más. Las ideas, que las pongan otros.

En cuestión de espectáculos vergonzosos, acérquense por Barcelona, allí donde el Parlament. Ninguna mejor vacuna contra la aventura independentista que el diálogo de sordos entre ERC y Junts, la soberbia egocentrista de Carles Puigdemont, la afrenta institucional de Laura Borràs y una manifiesta incapacidad para tejer una apuesta de unidad reivindicativa desde el pragmatismo. En plena crisis económica y sanitaria, el primer acuerdo de buena voluntad entre ERC y la CUP para empezar a asegurarse la investidura de Pere Aragonès ha sido recortar las competencias en antidisturbios de los Mossos. Lo han hecho por pura voluntad. Una cesión a la galería de los radicales que deja indiferente al centro de operaciones de Waterloo, donde exige carne mayor. El aviso en la votación de ayer es serio. El absoluto desprecio a los republicanos con su abstención hace temer por una legislatura tan insoportable como incongruente.

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