Tribuna abierta Colaboración

Polémica de pocilga y actualidad cochina

14.01.2022 | 23:46
Polémica de pocilga y actualidad cochina

Cuando las diferencias de criterio se alimentan con la inventiva, y lo que se busca es noquear al adversario, aunque sea con malas artes, la acción política se convierte en una pocilga. Que es, precisamente, lo que han hecho Casado y los suyos con este caso. Una pocilga en la que se han restregado con fruición en el marco de las elecciones autonómicas de Castilla León

Ay ama! Puse la televisión y lo primero que vi en el teleberri de la noche fue a una presentadora decir que "en España hay más de treinta y dos millones de cerdos". ¿Qué? ¿Cerdos españoles? Acto seguido matizó los datos: "Frente a los 47 millones de habitantes, más de 32 millones de cerdos". "Catalunya –continuaba la periodista de ETB– tiene ocho millones de cerdos, casi los mismos que habitantes. Castilla y León dos cerdos por persona y Aragón 7 cerdos por persona".

"Amen Jesús" –pensé– . A alguien se le va a caer el pelo por decir estas cosas. Afortunadamente, la cita estaba descontextualizada. No fue un insulto. Ni en la intención ni en el fondo. Fue como cuando alguien comienza a rezar el Credo por "Poncio Pilato fue crucificado, muerto y sepultado y resucitó al tercer día". Qué susto. Tal y como está el panorama político, solo nos hubiera faltado un equívoco con las cochinas palabras para armar un jaleo de aúpa. Recordé entonces un sucedido de la Transición. Los fachas habían hecho una pintada en Madrid tras la legalización del Partido Comunista en la que se leía: "¡Muerte al cerdo de Carrillo!". Y frente a aquel grafiti amenazador y repugnante hubo quien contestó dibujando a spray una respuesta irónica e inteligente. Decía así: "¡Cuidado, Santiago, quieren matar a tu cerdo!".

Lo que había hecho la televisión vasca en aquel espacio que contemplado aisladamente desconcertaba era llevar a informativos la polémica suscitada y posteriormente ampliada, por las palabras del ministro de Consumo, Alberto Garzón al diario londinense The Guardian en las que criticaba la existencia de macrogranjas de ganadería industrial.

Ni que decir tiene que la disputa recreada por la derecha –y también por una parte significativa del socialismo gobernante– poco tenía que ver con las declaraciones reales del ministro, pero aquí, como en toda la política española, a la realidad se le concede mucho menos valor que a una ficción bien soportada mediáticamente. Garzón jamás habló mal de la carne española. Ni se posicionó en contra de su consumo. Tampoco criticó a los ganaderos ni a sus prácticas extensivas en el sector primario. Al contrario, las puso en valor. El joven ministro comunista solo dejó en evidencia su rechazo a las grandes explotaciones con decenas de miles de cabezas de ganado. Cuestionó su idoneidad y el impacto ambiental que provocan.

No es mi interés sacar la cara al ministro Garzón, pero para expresar con justicia mis opiniones creo preciso ceñirme a la realidad de las cosas. Cuando las diferencias de criterio se alimentan con la inventiva, y lo que se busca permanentemente es noquear al adversario, aunque sea con malas artes, la acción política se convierte en una pocilga. Que es, precisamente, lo que han hecho Casado y los suyos con este caso. Una pocilga en la que se han restregado con fruición en el marco de las elecciones autonómicas de Castilla y León.

La realidad no importa. Todo es un teatrillo o un sainete de mal gusto. Como muestra otro botón. En el conjunto de Euskadi no hay ni una macrogranja (puede haber una explotación asimilada en Caparroso, Navarra). La actividad ganadera que aquí se practica es extensiva, es decir se desarrolla básicamente por explotaciones de carácter familiar cuya principal característica va dirigida a primar la calidad del producto –label– potenciándose el respeto al medio ambiente y el mantenimiento del bienestar animal. Producto de cercanía, con trazabilidad, más caro para el consumidor pero también con mayor calidad. Basta que esas sean las señas que identifican a nuestro sector ganadero –cárnico o de leche– para que PP y Podemos las obvien y se hayan enzarzado, también aquí, en una estéril pugna de descrédito mutuo. Los primeros promoviendo iniciativas institucionales que insisten en censurar al ministro Garzón y los segundos, en respuesta de piel fina, impulsando mociones municipales en contra de las macrogranjas (que aquí no existen) y en defensa del dirigente gubernamental español de Izquierda Unida. Vamos, un despropósito total. Pronunciamientos ficticios de una controversia aquí inexistente y netamente artificial. Es decir, filibusterismo de cazadores de moscas a látigo.

Donde sí existen estas superestructuras dedicadas a la producción ganadera intensiva –más de 3000 establecimientos con millares de animales en sus explotaciones– es en España. Supergranjas de vacas y, especialmente, de cerdos en esa denominada España vaciada en la que los marranos se convierten en su principal población. Que se lo pregunten a municipios como Balsa de Ves (Albacete) donde 131 vecinos soportan las consecuencias de la cría de cien mil cerdos al año. La fragancia de cochinera debe ser allí espectacular. Como lo son los efectos de los purines regados por los sembrados. Esencia de maderas de oriente fácilmente reconocibles a kilómetros de distancia. Por no hablar de la contaminación de los acuíferos que tales técnicas provocan.

Esta problemática es la que debería abordarse. Con eficacia y realismo. Pero no. Es mucho más castizo sacarse una foto entre vacas frisonas para sacudir al adversario una chuleta a modo de tuit. Eso sí, sin mancharse los zapatos de boñiga, pues el estiércol lo tienen reservado para los demás. Porca miseria.

Sí, los puercos han centrado buena parte del debate público mantenido estos días pasados. Y es que los cerdos siempre están de actualidad. Hay que recordar que seres humanos y marranos no somos especies muy distintas. Un estudio científico revela, en la secuenciación del ADN de los guarros, que la similitud de la huella genética de este mamífero y la nuestra es del 90%. 90% de semejanza en el perfil genético de ambos animales –uno bípedo y otro cuadrúpedo–. No cabe sorprenderse por lo tanto de que muchos comportamientos humanos reproduzcan pautas observadas en los puercos. Los chanchos gustan de mantener relaciones grupales fortaleciendo sus lazos de comunidad y los humanos también. Sin ir más lejos, el pasado día año nuevo, muchos establecimientos públicos, jardines y plazas de nuestro entorno aparecieron arrasados por el paso de piaras de animales de dos patas que habían dejado toneladas de basura tras su participación en fiestas, botellones y demás encuentros grupales.

Algo similar ocurre cuando una manada de cerdos disfruta del aire libre en maravillosos espacios naturales donde celebra el hallazgo de bellotas, hierbas y semillas dejando tras de sí un rastro fácilmente detectable de excrementos (un cochino produce al día entre 4 y siete litros del purines). Los humanos –que luego nos reconoceremos como ecologistas– también dejamos nuestras huellas (plásticos, latas, papeles, basura) en montes y playas cuando salimos a gozar de la naturaleza.

No. No somos tan distintos. Todos somos cerdos o cerdas en potencia. No es de extrañar por lo tanto que el corazón de un gorrino haya sido trasplantado con éxito –por el momento– a un norteamericano en el Centro Médico de la Universidad del estado de Maryland. Un hito quirúrgico con el que parece abrirse un nuevo horizonte en el campo de los xenotrasplantes. Hasta ahora, utilizando al cerdo, se habían practicado trasplantes de células pancreáticas en diabéticos, para válvulas cardiacas o para injertos de piel en casos de quemaduras. Sus intestinos se usaron para desarrollar la heparina, y en China se han empleado también en operaciones de córneas. Ya lo decía la sabiduría popular; del cerdo se aprovechan hasta los andares. Ahora también el corazón.

Comenzaba estas líneas refiriéndome a los cerdos españoles. ¿Y los cerdos vascos? ¿Acaso no hay gorrinos en Euskadi? Por supuesto. Y de las dos clases.

Los marranos de Euskadi tienen características propias. No diré que genéticas, ni de RH, pero sí morfológicas. Los euskal txerriak cuadrúpedos están adaptados a vivir al aire libre, se crían en extensivo y se alimentan de bellotas de haya y roble, castañas, avellanas y de la hierba del bosque. Son animales rústicos y dóciles. Su piel es blanca y negra y poseen unas largas orejas que les tapan los ojos. Los marranos vascos –euskal txerriak– disponían en 1929 de una cabaña de 138.000 cerdas reproductoras censadas pero la raza sufrió un brusco declive y en 1982 apenas quedaban cincuenta ejemplares. A partir de ese momento se comenzó a trabajar en recuperar la especie y hoy afortunadamente está fuera de las amenazas de extinción.

El año ha empezado con una polémica de pocilga. Actualidad cochina y corazón de cerdo. Lasai. Que todo puede empeorar.

"¡Eso es to... eso es to... eso es todo amigos!". * Miembro del Euskadi Buru Batzar del PNV

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