Mi testimonio

25.06.2021 | 23:50
Mi testimonio

El recuerdo que me persigue de las torturas que sufrí sigue idéntico, invariable, eterno, infinito, duro, cruel. Inmutablemente igual

En 1997, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamaba el 26 de junio como el Día Internacional de Apoyo a las Víctimas de la Tortura, con un único objetivo: la denuncia y la erradicación total de la práctica de la tortura.

Estas líneas, este escrito, es un testimonio íntimo y personal escrito por mí, para mí mismo, para mi persona exclusivamente, cual reflexión íntima inviolable. Lo escribí hace ya seis años, en vísperas de grabar un vídeo por y con el forense Paco Etxeberria en referencia a mi detención y paso por la comisaría de Pamplona y las torturas y malos tratos consiguientes sufridos en mi persona hace ya la friolera de 46 años cuya trágica huella es indeleble al paso de los años. Yo, mi persona, necesitaba vital, imperiosa y previamente mentalizarme, buscarme y encontrarme ante yo mismo, ante mi intransferible espejo personal, ante una grabación que presumía de antemano resultaría ser dura, quebradiza y desagradable hasta el límite. Entendía que iba a resultar como violar la intimidad, la mía, guardada y blindada en lo más profundo de mi memoria personal. Hoy, seis años más tarde, lo rescato, con muy grandes dudas, desde mi exclusiva hemeroteca particular pleno de pudor. Así lo decía, escribía y recordaba en su día:

"Soy José Manuel Bujanda. DNI: XXXXXXXXx. Nací en San Sebastián un 21 de diciembre de 1953. Tengo 61 años. Estoy casado, tengo dos hijas y dos nietas. Nací en el seno de una familia de clase media con muy fuertes connotaciones nacionalistas vascas. Mis padres y tíos sufrieron los zarpazos de la guerra civil y la posterior dictadura. Con 18 años, siendo estudiante de Ciencias Físicas empecé a militar en el movimiento estudiantil nacionalista IAM (Ikasle Abertzaleen Mugimendua) y a colaborar con ETA en labores logísticas. El año 1974 hay una redada policial, dejo el domicilio familiar y me enrolo directamente en ETA como liberado ilegal en el sector que devendría en los llamados PMs.

Se me encarga reconstruir lo que quedaba de la organización en Navarra después de una serie de detenciones. Y acepto el reto. En 1975, a finales de febrero, en Pamplona soy detenido por la Brigada Política Social (BPS) cuando acudía a una cita en el Bar Leyre de Pamplona hacia las 20 horas. Las personas que debían acudir a la cita estaban ya detenidas secretamente hacía varios días en comisaría. Cantaron mi cita. Mi detención es observada por otros militantes que aguardaban en los alrededores y pasan la información de mi detención a la organización.

a palos Una vez detenido, soy llevado esposado y previamente desarmado a pie hasta el Gobierno Civil de Pamplona que se encuentra a unos centenares de metros del lugar de la detención. Nada más entrar en el Gobierno Civil soy apaleado en un círculo de policías que en primera instancia ni me preguntan quién soy. La "bañera" es lo que se me aplica en primera instancia, No me acuerdo de cuántas veces. La noche es un infierno, "bañera", palizas, el "quirófano", mientras me golpean las costillas, el vientre y me retuercen los testículos una y otra vez. Me ahogo. Estallo en dolor. Flexiones hasta el agotamiento total. Muero.

Vuelta a empezar, gritos e insultos, policías chulos sin piedad alguna. Palizas. En el suelo, caído, me cubro la cara. Creí morir esa noche. Pero, es cierto, me daba igual hacerlo, había perdido cualquier noción de la realidad, la frontera y los lindes entre la vida y de la muerte habían desaparecido, no existían. Entré en un bucle de otra dimensión. Yo no era yo. Yo no era nadie. Yo no sabía quién era. La estancia en los calabozos está salpicada de apertura de cerrojos, miradas por las mirilla, se oyen gritos, entran y me pegan, insultan, amenazan, me escupen con la arrogancia del que se sabe dominador de cuerpos y conciencias. Tengo un llavero con muchas llaves, querían saber las correspondientes casas. La de una ciertamente yo la desconocía. No hubo piedad alguna, ninguna. Sabían de mis futuras citas a celebrar, las quieren saber, me conjuro a morir antes de hablar. Me niego a decirlas. Jamás las diré. No las dije. Estoy orgulloso de mi silencio, terco, duro.

Desesperado, pido a Dios que, si existe, me ayude por favor, se lo suplico. Creo estar en un sueño, quiero despertar. Llego al límite de mi resistencia física y psicológica. Revelo información de un piso franco. Poco después me comunican que Txema, al entrar en el piso que yo he cantado, muere en un tiroteo. Me lo creo y mi abatimiento físico y psicológico es total. Los malos tratos continúan, pierdo la noción del tiempo totalmente, no sé si es de día o de noche. Me da igual. Palizas en rueda de policías, tirones de pelo, una y otra y otra vez. Me ponen un papel a firmar. Me acuerdo de un BPS regordete que me daba unas tortas con la mano abierta y unos puñetazos que eran impresionantes, me echaban casi al suelo cada vez que me pegaba (pensé seriamente que si salía vivo de aquello lo mataría yo mismo). No sé lo que firmo y me da igual. Igual. Floto en un limbo raro. No sé quién soy. Dudo de todo. Aturdimiento.

volver a ser yo Necesito imperiosamente dormir. Me da igual todo. Tengo apenas 21 años y, lo repito, me da igual morirme y acostarme en la oscuridad de un futuro en el que no hay certidumbre. Me canto a mí mismo el Eusko Gudariak, pronuncio la palabra Euskadi, una y otra vez. Cuando me indican que me llevan a declarar al juez, camino de la cárcel soy el hombre más feliz del mundo, respiro de nuevo, me siento renacer, empiezo a razonar mínimamente. Sigo vivo, quiero y necesito volver a ser yo mismo. Solo me duele la muerte de Txema. En la cárcel, no me acuerdo cuándo, quién o cómo, me indica que Txema está herido grave pero no muerto... rompo a llorar. Me acuerdo de mi madre, de mi padre, de mi hermano, de mi hermana. Sigo tatareando el Eusko Gudariak, el Gu gera Euskadiko gaztedi berria... lloro mucho. Es una pesadilla, me enfado conmigo mismo, me avergüenzo de mis lloros, me exijo tranquilidad, serenidad y templanza, me riño a mí mismo. Soy un gudari, como mi aita y mis tíos. Estoy feliz en la celda de la cárcel. Duermo. Creo soñar, o no.

No sé cuántos días más tarde, tengo visita; ama, aita y mi hermana. No me sostengo de pie. Me ponen una silla para sentarme. Me arrepiento de que mi madre me haya visto así, abatido, sentado, roto, sucio y despeinado. Me da mucha pena mi madre. Mucha. Me doy cuenta de cuánto la quiero, pero ya es tarde.

Hoy, cuarenta y seis años más tarde sigo teniendo pesadillas periódicamente. No odio a mis torturadores. No guardo rencor, no. Pero no olvido ni perdono, si pudiera les escupiría a la cara. Pero sí me gustaría, y mucho, que mis nietas y las de ellos hicieran ballet juntas y formasen una cuadrilla de amigas. Creo haber jugado un papel, difícil y complicado, eso sí, quizás equivocado también, en la historia de Euskadi.

nunca más Amo a mi Patria, amo a Euskadi. Amo el euskera. Amo y siento la ikurriña. Me agarro a esos sentimientos. Por eso empuñé las armas contra el franquismo, la dictadura y el fascismo. Intenté ser coherente y honesto con lo que pensaba. Intento serlo ahora también. Intentaré serlo siempre, sí, lo seré hasta el fin de mis días.

Espero que estos dramas jamás se vuelvan a repetir. Nunca jamás. Espero que mis nietas, todo lo sucedido lo puedan leer en los libros de historia. Miro atrás y tomo aire. Me gusta mirar al mar, que va y viene. Pero que siempre está. Me gustan los retorcidos tamarindos del Paseo de la Concha, siempre a punto de caerse pero siempre en pie. Me gusta ver cómo desemboca el Río Urumea en el mar a la altura del Kursaal en marea baja, me gusta ver cómo entra el mar en el río en marea alta. Y así siempre. Una y otra vez. Sigo militando en política, lo haré mientras viva. Hoy soy militante del PNV, soy militante de EAJ, militaré en política el resto de mis días. Siempre militaré, se lo debo a Txiki y a Pertur y a los jóvenes gudaris muertos en el campo de batalla. Se lo debo a nuestros mayores que resistieron a la dictadura sin venderse ni alquilarse. Mayores nuestros que jamás perdieron la esperanza en la libertad, en la democracia, en la ikurriña, en el autogobierno y en Euskadi. Y que por ello resistieron y batallaron. No quiero ser menos que ellos ni ellas. Su lucha es la mía. Vivo.

Mi mujer ha sido clave en mi vida. Se la debo. Aunque ella quizás ni lo sospeche. Mis hijas han sido lo mejor de mi vida. Las quiero. Estoy orgulloso de ellas. Por mis nietas daría mi vida sin pensarlo dos veces. Me acuerdo de Jon Paredes Manot, Txiki. Pobre. Me acuerdo de Eduardo Moreno Bergaretxe, Pertur. Pobre. Me seco las lágrimas. Tomo aire. Los tres gatos de casa me están mirando. Voy a la cocina a desayunar, es domingo, son las ocho de la mañana, llevo casi cuatro horas en el ordenador y me encuentro cansado pero muy aliviado. La semana que viene (de esto hacen 6 largos años, hablo de 2015) tengo grabación de vídeo con el forense Paco Etxeberria. Lo saben quienes estrictamente deben saberlo. Pienso contradictoriamente, pero a día de hoy desconozco si algún día se lo comentaré a mis nietas, no lo sé. Mi mujer, hijas y hermanos lo saben. Estoy nervioso ante la grabación pues quiero y necesito estar a la altura de las circunstancias, las del pasado, las del presente y sobre todo las del futuro. Necesito centrarme".

Han pasado seis años de haberlo escrito, tengo ya 67 y un nieto más. Lo demás, el recuerdo que me persigue sigue siendo idéntico, invariable, eterno, infinito, duro, cruel. Inmutablemente igual.

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