Sobre economía y democracia

08.08.2020 | 01:23

No se observa evidencia significativa de que vayamos a asistir a un proceso de ‘desglobalización’ claramente diferenciado respecto de la situación pre covid, a pesar del hoyo (desigual) que habrá que atravesar a corto plazo. Más bien se puede hablar de ‘glocalización’

Hay hoy una opinión crecientemente extendida acerca de que la devastadora crisis socio-económica ocasionada por la pandemia del covid-19 necesita de una intervención pública vigorosa, no ya para mantener en Occidente la maltrecha prosperidad que quedaba tras la crisis financiera de 2008, sino para evitar caer en el abismo.

El papel estabilizador de los gobiernos en las economías es contemporáneo con la expansión del capitalismo industrial desde finales del siglo XIX. Pero fue en el periodo a partir de la Gran Depresión de 1929 cuando el capitalismo fordista (de producción estandarizada en masa, término introducido por la teoría de la regulación, de origen francés), con un Estado fuertemente intervencionista, fue capaz de desplegarse eficazmente y superar la crisis.

Y fue a partir de 1945 cuando este modelo pudo crear en Occidente una situación de gran prosperidad y sociedades con una limitada y manejable desigualdad socio-económica.

En los años de Eisenhower, un presidentede derechas (Partido Republicano), los estadounidenses más ricos pagaban en impuestos un 90% de sus ingresos, algo sorprendente desde la perspectiva contemporánea, pero fácil de entender en aquellos años, inmediatamente posteriores a un triunfante New Deal Rooseveltiano.

Esto lo cuenta, entre otros, Paul Krugman en su libro Conscience of a Liberal, quizá la primera obra publicada en la que Krugman revela su interés por la política (no solo la economía política, sino más precisamente la política económica), un interés plenamente expresado desde hace años en sus afiladas columnas en The New York Times.

Los años de Kennedy y Johnson también fueron de redistribución de riqueza en EEUU y de gran prosperidad ampliamente compartida, aunque el desastre de Vietnam resultó ser el anuncio de nuevos tiempos para Estados Unidos y el mundo.

El principio del fin de la estabilidad y prosperidad fordistas tras la Segunda Guerra Mundial ocurrió con Nixon, que dio al traste con Bretton Woods y con la paridad dólar-oro para detener una inflación rampante (fue el llamado Nixon shock).

La economía global sufrió una profunda reestructuración, pues los gobiernos extranjeros ya no podían usar la convertibilidad de sus monedas como elemento de sus políticas económicas. Comenzaba el auge de las políticas monetaristas, cuya importancia sigue hoy vigente, aunque crecientemente cuestionadas.

Poco tiempo después, Reagan y Thatcher sancionaban el neoliberalismo de Mount Pelerin (Friedman, Hayek, etc.) e inauguraban las décadas recientes de desregulación, privatización y aumento exorbitante de las desigualdades socio-económicas, la precariedad y la conflictividad social.

Tras casi cuarenta años de delirio neoliberal, la pandemia del covid-19 está ocasionando que se hable por primera vez de "muerte del neoliberalismo". Quizá la crisis actual haya dado el golpe de gracia a esta ideología, ya tocada desde la crisis financiera, y parece que en la caja de herramientas el primer recurso es tirar de intervencionismo estatal en la economía, un recurso contrario al dogma neoliberal.

Con un neoliberalismo en horas bajas, se antoja muy probable que veamos una mayor atención a las variedades del capitalismo y también una creciente importancia del llamado capitalismo de Estado, ya visible con China como ejemplo paradigmático pero ni mucho menos único.

Pero es preciso tener claro que la pandemia del coronavirus no representa un mecanismo causal de cambio cualitativo en la globalización ni altera ni transforma sustancialmente las principales tendencias presentes en la economía global desde la crisis financiera de 2008, sino que, en todo caso, las está acentuando.

Contrariamente a algunos análisis de tono exacerbado y catastrofista, no se observa evidencia significativa de que vayamos a asistir a un proceso de desglobalización claramente diferenciado respecto de la situación pre covid, a pesar del hoyo (desigual) que habrá que atravesar a corto plazo. Más bien se puede hablar de glocalización, un neologismo acuñado por Roland Robertson en 1995 que algunos utilizamos en nuestros análisis del capitalismo global hace ya veinte años.

Ello significa una reorganización global de las cadenas de suministros y valor globales y, quizá, una desconcentración de la producción en China. En el medio plazo es muy posible que asistamos a una ralentización de lo que he llamado, con Dani Rodrik, "hiperglobalización", que tuvo su mayor auge en los años inmediatamente previos a 2008 y cuya curva de desarrollo ha venido descendiendo desde entonces. Covid-19 acentúa ese descenso.

En cualquier caso, un mayor y significativo intervencionismo estatal se presenta hoy como una necesidad a corto plazo, con el fin de evitar lo que Larry Summers, exsecretario del Tesoro de EEUU y hombre con una inteligencia brillante, llama "estancamiento sistémico". Las intervenciones masivas de la Reserva Federal y el Gobierno de Estados Unidos, aquí en América, y del Banco Central Europeo y la Unión Europea, así lo muestran.

Pero el neoliberalismo ha minado profundamente no solo el sentido de justicia social en la economía sino también, y de forma muy preocupante, el sentido de la racionalidad democrática (Wendy Brown desarrolla persuasivamente este argumento en su libro Undoing the Demos. Neoliberalism's Stealth Revolution).

Es por ello que el esfuerzo por restablecer las economías a medio plazo debe ir acompañado por una reinvención, o al menos un reforzamiento, del demos occidental que evite su colapso a manos de los múltiples mensajeros antidemocráticos: por supuesto el neoliberalismo, pero también el totalitarismo chino, las maquinaciones rusas, los populismos, las tecnodistopias, entre otros.

Hay, para ello, algunas herramientas en la caja: una es el reforzamiento de la sociedad civil frente a la excesiva concentración de poder e influencia de los partidos políticos. Que la democracia gravita en torno a la sociedad civil es una idea comúnmente aceptada en EEUU y que explica en buena medida la solidez institucional de la democracia estadounidense, a pesar de su declive relativo como superpotencia eficaz. La gobernanza es hoy una idea-red que expresa poder compartido.

La otra herramienta es tratar de recuperar la autoridad y la legitimidad de la ciencia y del conocimiento experto de forma que se pueda mitigar el poder de los "tecnovirus" (así lo llama Javier Echeverría), que llenan los sistemas de comunicación con información de dudosa calidad o falsa, impidiendo que las democracias, que son sistemas informacionales complejos, puedan funcionar.

Hay un incentivo fundamental para trabajar en reformular y fortalecer las democracias: es la amenaza china. Durante mi reciente estancia (2018-19) en el Imperio del Dragón pude comprobar que China es un país decidido a dominar el mundo y convencido de que puede hacerlo para 2049, el centenario de la Revolución Maoísta. Así lo ha decidido la organización más poderosa del mundo: el Partido Comunista Chino.

Esto debería ser acicate suficiente para forjar una gran coalición occidental que defienda los valores democráticos. Difícil conseguirlo sin el concurso de EEUU y, para que este concurso se produzca, es imprescindible que Trump (un presidente populista y aislacionista) pierda las elecciones del 3 de noviembre próximo, algo que no está nada claro a día de hoy.

Es ciertamente posible, aunque no muy probable, que Trump llegue a darse cuenta de que EEUU no puede ganar su encarnizada batalla contra China por la supremacía mundial si no se coaliga con sus antiguos aliados europeos (algunos de los cuales recelan abiertamente de él, como es el caso de la inteligente angela Merkel) y otras democracias.

En cualquier caso, en unos tiempos que algunos han calificado de "incertidumbre radical", en los que se puede atisbar una cierta "sombría claridad del caos" y en los que hemos de vérnoslas de frente con múltiples riesgos globales (ya materializados o próximos), las elecciones presidenciales estadounidenses son, de nuevo, cruciales para el devenir mundial. Quedan pocas dudas de que, en la campaña electoral de esas elecciones, China va a ser el tema central.

London School of Economics y Massachusetts Institute of Technology