Uno de mis referentes vitales ha sido mi aitona Miguel. Entre otras enseñanzas fue la primera persona en hacerme ver que, pese a que algo sea injusto, no todo el mundo va a estar dispuesto a mover un dedo para cambiarlo. Aunque esté en su mano. La vida se ha empeñado en corroborarlo, hasta el punto de sentirme parte de esa masa adormecida que mira para otro lado ante dramas cercanos. Pensaba en esto cuando estos días se cumplía un año de la detención del periodista vasco Pablo González en una prisión polaca. Acusado de ser espía ruso mientras cubría para diversos medios las consecuencias de la invasión de Ucrania, sin fecha de juicio y sin pruebas presentadas en su contra. En este tiempo el Gobierno español ha tenido más cuidado de no molestar a sus socios polacos que de los derechos fundamentales del reportero. Esa es la impresión. Coincide esto en el tiempo con las gestiones hechas por el Ministerio de Exteriores para liberar a una española presa en Irán durante las protestas contra el régimen. Sorprende que parezca más fácil mediar con una lejana dictadura teocrática que con un supuesto gobierno democrático de la Unión Europea. Familiares y amigos de Pablo siguen a la espera mientras la libertad de prensa y los derechos humanos reciben otro mazazo en el corazón de Europa.
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