Votar a la derecha

25.06.2020 | 13:24
Imagen de la manifestación de Colón.

El discurso de la derecha enmarca y transforma ese desasosegada distancia y desconfianza frente a los otros en un conjunto de seguras emociones. Dependiendo de quiénes sean esos otros, serán emociones de odio, deprecio, marginación, exigencia de subordinación, arrogancia...

Hay que destacar el actual y creciente proceso de derechización en las clases populares. Votantes antes de la izquierda o no votantes votan hoy a la derecha y aún a la ultraderecha.

El punto de partida sería el rechazo –en muchos casos, odio– al gobernante existente. Se da una personalización de la política; el individuo construye una relación personal con el gobernante. El gobernante es el mal, es el culpable de que a él le vayan mal las cosas, de la falta de trabajo y del riesgo de falta de trabajo, de conflictos familiares y con grupos cercanos basados en actitudes que él interpreta en los otros como de rechazo, desobediencia, no reconocimiento. En realidad, el que las cosas vayan mal en el conjunto de la sociedad y en la política en general no es la causa del odio al gobernante; el individuo le considera culpable porque a él le van mal las cosas.

Por otro lado, han ido desapareciendo en amplios sectores populares aquellas convicciones compartidas de proyectos con los que una movilización colectiva y solidaria podía –debía– conducir a una nueva sociedad asimismo asentada en relaciones comunitarias solidarias, en relaciones entre iguales. La política deja de ser una relación entre el poder y la comunidad y pasa a ser una relación entre el poder y el individuo aislado.

Ahora bien, en su opción por la derecha existe una primera causa, una simple reflexión que muchas veces solo ella resulta ya determinante: si este político odiado, que es malvado conmigo, es de izquierdas; votar a otro de derechas... tiene que ser mejor para mi.

Pero hay algo más sustancial. El cómo el mensaje de la derecha encaja con la cultura social del individuo. Una cultura social basada en la relación de distancia con los otros (no, evidentemente, la distancia de las reglas de normalidad post-pandemica) que se expresa en la afirmación de que con ellos el principio relacional debe ser el de la desconfianza; que los otros son sujetos con los que hay que competir; que construir y compartir en común proyectos y realidades de carácter colectivo no resulta operativo para lograr los propios intereses; que la solidaridad, la relación de ayuda comprometida gratuita con los otros no sólo no tiene sentido sino que normalmente resulta perjudicial para uno mismo.

En consecuencia, también se presenta como sin sentido actuar a favor de la igualdad de todos. Porque la desigualdad no sólo la percibe –y siente– el individuo como algo natural sino que además está seguro de que solo cada uno es el responsable de estar en la posición inferior de los desiguales. Lo que le lleva a concluir que dentro de la sociedad existen y deben existir jerarquías.

Esta actitud de distancia frente a los otros, presenta distintas intensidades. Desde la ignorancia hasta el desprecio y, en algunos casos, hasta el odio operativo. La habitual es despreciar y marginalizar a sectores y grupos que ellos consideran inferiores (migrantes, mujeres, etc ) y no soportar que, dada su condición de subordinados, exijan –ni por supuesto tengan– los mismo derechos.

Dentro de su aislamiento, el individuo vive en la inseguridad, el miedo, la incertidumbre. El miedo a los otros, la incertidumbre respecto a cómo conducir su vida y la de los suyos. Es aquí donde la oferta de la derecha encaja con esa cultura social. La derecha dice que ellos van a defender su posición en la sociedad, van a concederle la autoridad y el respeto que merece frente a los otros naturalmente desiguales; que van solucionarle a él sus problemas, que cuando asuman el poder van a darle seguridad, ejerciendo su autoridad; que los otros no van a poder perturbar su posición social, cambiado la escala jerárquica, que los otros no van a ser ayudados, apoyados, soportados, beneficiados por la política de los actuales gobernantes y así él no va a perder posiciones en el reparto.

La derecha le ofrece emoción. Por un lado, la emoción de seguir manteniendo ese odio al político rechazado en la confrontación electoral. También la emoción de lo nacional. Es la emoción de defender su Nación. Ese casi solo símbolo que implica una creencia colectiva, pero que al mismo tiempo no exige ningún compromiso real interno con los que forman parte de ese colectivo.

Recordar que la crisis de la modernidad, conlleva la de las identidades fuertes; identidades colectivas que implicaban compromisos operativos, movilización conjunta, objetivos transformadores, etc. Sin embargo,los postmodernos tiempos actuales no han conseguido hacer desaparecer en amplios sectores sociales el anhelo, y en ocasiones nostalgia, de lograr sentido de pertenencia a un grupo –a una comunidad– y de identificarse con algún objetivo compartido. Así se han reavivado las afirmaciones colectivas nacionales. Pero es preciso que señalar que las que surgen en el campo de la derecha promueven la defensa de una nación preexistente. Eso quiere decir que esa actitud no implica ningún compromiso de compartir activa y solidariamente con los demás un objetivo común, entre otras razones porque tal posición iría en contra de la opción insolidaria de la cultura social dominante antes descrita.

Emoción del amor "a la Patria" y emoción del odio a aquel y aquellos que quieren romperla y a aquellos que no odian a quienes quieren romperla. Con la cuestión nacional el discurso de la derecha amplía sustancialmente la oferta de emoción de odio.

El individuo potencial votante a la derecha vive en una desasosegada soledad en la que siente que son los otros – superiores e inferiores– los culpables de sus problemas. El discurso de la derecha convierte su desasosiego en certeza. Está claro quiénes son, y por qué, los enemigos. Lo son los inferiores porque no solo no le reconocen su superioridad sino que además pretenden tener los mismos derechos que él; pretenden compartir con él, e igual que él, servicios y trabajos y por tanto impedir su prioridad excluyente en el disfrute de esos bienes. Los otros enemigos son los superiores –gobernantes actuales– porque defienden ese compartir todo por todos que supone al potencial votante de derecha la pérdida de sus particulares bienes y derechos. Los nuevos gobernantes –la derecha– impedirán esas políticas de igualdad. Y así él tendrá la certeza de que su porvenir no estará amenazado. Y la derecha también impedirá que los otros cuestionen el orden. El orden establecido que establece esa jerarquía, esa diferenciación. Impedirá que otros rompan esa su Patria que le otorga un emocionado sentido de pertenencia y una amplio abanico de emociones agresivas hacia gobernantes y variados grupo de ciudadanos que buscan romper la unidad patria.

Así, el discurso de la derecha enmarca y transforma ese desasosegada distancia y desconfianza frente a los otros en un conjunto de seguras emociones. Dependiendo de quiénes sean esos otros, serán emociones de odio, deprecio, marginación, exigencia de subordinación, arrogancia... Un futuro consolador.

Tendremos elecciones dentro de unos días y afortunadamente la derecha y ultraderecha van a sacar muy escasos votos. Un par de razones. Tenemos experiencia y cultura de trabajo compartido y solidaridad en el acción colectiva, mucho más extendida que en otras naciones del Estado. La percepción dominante es: los otros son los iguales con los que nos juntamos para organizarnos la vida y para transformarla. Por otro lado, el discurso de agitación nacional de la derecha aquí juega en contra de nuestras dominantes convicciones soberanistas. Aquí, la emoción surge en la defensa de otra comunidad nacional a la que propone la derecha. O sea que ni un voto.

Catedrático emérito Ciencias Políticas de la UVP/EHU