EX gerente de ASLE Josetxo Hernández Duñabeitia

"El motor de la economía es la empresa y el que arriesga capital tiene derecho al beneficio"

Ver a la empresa como un espacio de entendimiento y no como uno de confrontación es clave para lograr una sociedad más equilibrada, señala Josetxo Hernández

02.01.2021 | 23:32
"El motor de la economía es la empresa y el que arriesga capital tiene derecho al beneficio"

Vitoria – El 30º Premio Internacional de Economía Social Txemi Cantera, que organiza anualmente la Asociación Empresarial Vasca de Sociedades Laborales y Participadas, ASLE, ha recaído en el finalizado 2020, en la persona de Josetxo Hernández Duñabeitia, uno de los grandes impulsores del modelo de sociedad laboral en el Estado español y gerente de ASLE durante los últimos 37 años, hasta su jubilación en mayo de este pasado ejercicio. Este guipuzcoano de Zumarraga ha defendido la participación de los trabajadores en las empresas, a todos los niveles pero también en el capital, y la importancia de las personas en las organizaciones empresariales. Sociedades laborales y cooperativas son otro modelo, "con éxito", de organizar una compañía, sin olvidar, según resalta Josetxo Hernández Duñabeitia, que "el motor de la economía es la empresa, por lo tanto hay que cuidarla, y tener en cuenta que el que arriesga un capital tiene derecho a un beneficio". Para el que fuera máximo responsable de ASLE decir esto no debe ser tabú y es compatible con trabajar por una sociedad más justa y equilibrada.

¿Cómo empieza usted con las sociedades laborales?

—Yo trabajaba en una empresa de mi pueblo, el fabricante de herramientas de mano Irimo. En un momento dado, a mediados de los años setenta del siglo pasado, llegó la crisis del petróleo y la compañía se quedó a un paso de la quiebra. Buscamos una solución para una situación nueva. Remamos y pedaleamos, y esa no era otra que los trabajadores utilizáramos nuestro dinero para tomar el control de la empresa y que pudiese seguir abierta y, por lo tanto, mantener nuestros empleos. Así surgió la idea de crear una sociedad anónima laboral en 1978, Irimo SAL. Entonces no había un cuerpo ideológico detrás, ni una normativa o legislación que facilitase un proceso así para ayudar a salvar empresas en crisis. Con nuestra experiencia fuimos asesorando a otros grupos de trabajadores que querían conocer la experiencia de la sociedad laboral y de esa manera contribuimos a extender en Euskadi y en España la fórmula de reconversión de empresas en crisis que por aquellos tiempos representaba la SAL. Y esa figura caló en la sociedad, según la fuimos añadiendo valores de la denominada economía social.

¿Cómo se le da un corpus doctrinal a una figura improvisada para salvar empresas en crisis?

—Pues yo entonces que era joven e inexperto tuve la inmensa suerte de poder contar con el conocimiento de una persona ligada a los orígenes del movimiento cooperativo de Mondragón como era Alfonso Gorroñogoitia, Ormaetxea también, pero sobre todo, el citado Gorroñogoitia. Una persona que recordaba la doctrina del padre Jose María Arizmendiarrieta y que me dejó un concepto fundamental: la creación de una ideología como un conjunto de ideas que configuran una manera de ser y que conduce a la acción. Entendimos que había que dotar a la primera ley de sociedades laborales de un contenido filosófico y de una doctrina. Y en el primer congreso de ASLE creamos un decálogo, un poco herencia de la tradición cristiana que tenía yo, que hablaba de la transformación de la empresa.

Usted siempre ha defendido la importancia de la excelencia en la gestión empresarial.

—Sí. Ya en un primer momento nos dimos cuenta que había que mejorar en la gestión porque teníamos muchas empresas muy débiles en este concepto. Tuve la suerte de trabajar en Irimo, con Ramón Iriondo, un gran profesional, pero hay que tener en cuenta que en las primeras SAL había muchos casos en los que de las empresas habían desaparecido las direcciones y ello se notaba, y no para bien. Se necesitan capacidades, conocimientos etc.

En su último congreso de 2012 ya se centraron más en la participación de las personas en las empresas.

—La ideología es fundamental en cualquier movimiento y en ASLE consideramos que sin ella, la figura de las sociedades laborales se podía caer como un castillo de naipes a la menor dificultad. Por ello fuimos avanzando en completar el concepto, en las tres leyes de SAL. La primera fue fundamental, gracias a José Ramón Recalde, porque nos dio una cobertura legal aunque sólo fue como una ley de sociedades anónimas. Luego, en 1997 se incorporó la figura de las sociedades limitadas. Y en 2015 se introdujo el concepto de la empresa participada. Ahora trabajamos en un desarrollo de dicha ley para que exista una legislación, por primera vez en Europa, sobre la denominada empresa participada.

La llamada economía social cuenta con dos figuras jurídicas, el de las cooperativas y el de las sociedades laborales. ¿Qué les diferencia?

—La cooperativa dice que cada persona es un voto y está bien aunque luego, en cierta medida, trampea a la hora de distribuir el capital. Porque este se distribuye en función del salario, y en la sociedad laboral cada persona que trabaja tiene una participación en el capital que puede no ser la misma. Y la compensación del beneficio es en función del riesgo que se asume por el capital que se aporta a la compañía. Por ello, la figura de la sociedad laboral es, en mi opinión, mucho más flexible porque permite entradas de capital externo y esto es una ventaja clara. Son modelos afines en el campo de los valores como el poner a la persona en el centro de la organización aunque creo que el capital no se puede supeditar sin más porque este es el que conforma las compañías. Si no hay recursos no puedes salir adelante. Pensamos que hay que utilizar el capital en beneficio de las personas. En una sociedad empresarial no puedes decir que primero es la persona y después el capital, no es ese el orden de los factores en una empresa que compite en el mercado.

¿La sociedad valora debidamente el papel de la empresa?

—No sé pero hay una cosa clara, la empresa es el motor de la economía y de la sociedad. Y si esto es así, tenemos que tener claro qué tipo de empresas queremos tener. Si queremos una sociedad más justa, equilibrada, más cohesionada y más humanizada necesitamos una empresa basada en el entendimiento y no, en la confrontación.

¿Hay que dejar de demonizar el concepto del beneficio como se hace desde algunos sectores?

—No podemos hablar de ideas de explotación laboral en una empresa como si estuviésemos en el siglo XIX. Este concepto está muy manido. Hay que ser claros y reconocerlo. Las personas que arriesgan un capital tienen derecho a un beneficio. No se puede hablar del empresario que arriesga su dinero, de manera peyorativa. Hay que reconocer la labor de esas personas que arriesgan ese capital cuando lo podían gastar sin más o invertir en otra cosa. El hecho de invertir en una empresa, –que es una figura generadora de riqueza y empleo, por supuesto con la ayuda de las personas que forman parte de ella–, hay que valorarlo. La empresa tiene que ser rentable. Y creo que estamos en un momento en el que la empresa se tiene que transformar hacia un espacio de entendimiento. Pero es un proceso lento que está tardando mucho en asumirse e implantarse porque, por ejemplo, en el nuevo modelo de empresa que propugnan organizaciones como Adegi no se habla de que los trabajadores participen en el capital de las compañías. Y esto es un error.

¿Le sorprende que en un País Vasco desarrollado y en pleno siglo XXI todavía haya reticencias a dialogar y a sentarse a una mesa?

—Euskadi lo tiene complicado porque no hay empatía. No se pierde un minuto en pensar e intentar ponerse en el lugar del otro, ni en medir las consecuencias de mis actos. Aquí las empresas no se están forrando y no se puede ir con la idea por delante de que si una empresa no puede pagar más es su problema. No. Es el problema de todos y tú tienes un problema al que tienes que ayudar a dar una solución. Siempre digo que el dueño del problema es también el dueño de la solución.

¿Hay que apoyar más el emprendimiento?

—Sí. En Europa nos estamos haciendo viejos y esto tiene un precio que es vivir del recuerdo pero hay que dar respuestas al presente. Yo, a los jóvenes les digo que tiene que tratar de resolver su vida por sí mismos. Y emprender, aunque se de el paso desde la necesidad personal, es positivo. Y es importante acompañar a las personas emprendedoras y reconocer que el éxito viene después de distintos fracasos previos, una vacuna no se consigue al primer intento. Hay que relativizar el fracaso. Dicho esto, en mi opinión, la última generación en el País Vasco ha vivido de una forma muy cómoda y esto condiciona el emprendimiento. Hay que primar la cultura del emprendimiento. La crisis actual es una oportunidad porque la necesidad ayuda a dar el paso.

¿Cómo valora la digitalización y el efecto del covid en el auge del teletrabajo, por ejemplo?

—La digitalización aunque estemos más conectados que nunca, nos está haciendo más individualistas y las personas de una generación como la mía que consideraba que uno solo no era nada sin el apoyo del grupo, pensamos que es preciso el contacto personal porque nos ayuda a crecer. Y en cuanto al auge de la economía tipo Amazon, Uber, etc. creo que solo son un intermediario más pero con economías de escala enormes.

"Si queremos una sociedad más humanizada, la empresa tiene que ser un espacio de entendimiento"

"La sociedad laboral permite la entrada de capital externo y esto es una ventaja respecto a una cooperativa"

"Hay que primar la cultura del emprendimiento y relativizar el fracaso. El éxito llega tras varios intentos"

"En las sociedades participadas pensamos que hay que utilizar el capital en beneficio de las personas"