'Cuestión de pelotas'

Cortazar, Kortazar y el realismo mágico

Jesús e Iker / palistas

20.11.2020 | 00:44
Jesús Cortázar e Iker Kortazar, en los frontones de Gamarra.

Cortázar y Kortazar, padre e hijo, descubrieron el secreto que guarda Gamarra en el estómago: el frontón

los animalitos de Atxaga oyen, y escuchan, la música y las voces del silencio que sólo los seres y las personas sencillas son capaces de crear en el alma, en el corazón o en el punto más reducido y menos frecuentado del cerebro humano, donde todavía perduran el instinto y los recuerdos del pasado remoto. Bernardo ha desarrollado esa cualidad para viajar en el espacio/tiempo donde mezclan realidad y magia.

Jesús Cortázar Bolinaga, nacido en Otxandiano el 17 de junio de 1938, e Iker Kortazar Muerza, que vino al mundo el día 11 de junio del 69, padre e hijo, tienen esa conexión. Y como ellos, decenas, cientos de pelotaris que descubrieron el secreto que guarda Gamarra en el estómago: el frontón, ahí donde, a su lado, me he dejado llevar por el arrullo de mil ecos del mediodía para escribir esta historia; en la cuna y universidad de la paleta alavesa. "Gamarra es el sitio ideal para aprender a jugar a pala", coinciden.

La conexión con la pelota les vino de críos, a la misma edad y en el mismo sitio. En el frontón de los Corazonistas. Jesús, junto a Aguirrebeitia, de Mondragón, el eibarrés Anitua y Díaz de Arcaya, "que jugaba de cojones", alavés de Erentxun. Iker, que había hecho sus pinitos en el Judizmendi, sumergido en la piscina, se aficionó pegándole a mano, como su padre, al lado de Félix Pedrosa, "un tal Tejada que luego sería un gran pelotari" y con el paso de los años, en BUP, con Oscar Díaz de Guereñu, "que también jugaba bien", padre de Mikel, el chaval del que se hablaba en una página como ésta, hace quince días, para ilustrar con talento el frontón amurallado de Laguardia.

En el 63, Jesús llega a Gamarra. En cuanto gritaba la sirena de Echevarría Hermanos "nos tirábamos a Gamarra. Mi hermano Julio, Etxebarrieta€ y los hermanos Gurbindo, y Pelegrín, el de los embutidos". Por la tarde cambiaban los protagonistas. Vélez, Arrieta, el vasco Egaña, Curto€ "octogenarios todos". Con el paso de los años cambiaron los compañeros. "Estaba el suegro de Beloki, el ciclista, Ángel Fernández, Valentín Etxazarreta, Félix Arrieta, los futbolistas Ayerbe, Aramaio e Igartua€ y mi hijo, que empezaba a acompañarme". "Con el aita me ponía de zaguero. Pero me aburría", me dice Iker. Y fue yéndose para adelante. "De verdad te digo que no he visto a nadie mejor que mi padre. Tenía un dos paredes y una bajada de zurda al txoko incomparables", continúa Iker.

Aprender en el frontón de Gamarra "era mamar de la teta", materna supongo. Dice Jesús que "allí me encontré a los mejores. A Joserra Goñi, Zubillaga y el padre José, un cura fuertote de Etxarri capaz de comerse un par de pollos de seguido". Con 60 más que cumplidos, recuerda Jesús, pelotari aficionado que jamás jugó con licencia, "una final de Michelín con Ángel Fernández atrás, contra Iñaki Álvarez y Etxazarreta, que perdimos por un tanto, 29-30". Y, por supuesto, "aquella otra derrota, en la final de Dulantzi, sin perder un partido antes, contra Juanan y Arroniz". Una final con el hijo de compañero, tras la cual, "no pararon las burlas de casi todos los participantes. ¿Cómo perdéis con esos?, nos decían€" Ay la cátedra. "Esos no perdieron un partido en todo el año después de aquello y se llevaron el Provincial de calle", remacha Iker.

Problemas en la rodilla, la artrosis y un cartílago desgastado retiraron al padre a los 79, aunque de cuando en cuando apacigua el gusanillo pegándole al frontenis, "que no me gusta nada". Iker se decantó enseguida por la herramienta: la goma, el share y el cuero. "No me gusta el pega palo", dice. Se inició en el Estadio, con el club Zidorra, al que pertenece, "aunque he jugado media vida en Errekaleor, cedido". Ha formado pareja con Javi Etxazarreta, con Berrueta, con Etxaburu y Garro, y "con Joserra, a quien no conocía hace un mes y es hoy mi compañero en el Provincial". Agradece los apoyos de Akixo y Pagoaga al principio. Las enseñanzas y parabienes de Mikel de Bernedo –"que me echó el ojo, con el que anduve un año entero mejorando la zurda aprovechando que tenía el brazo derecho lesionado"– y los Bagazgoitia. La orientación de Cuñado y Ledesma. En fin, 25 años de relaciones que han culminado y continuado con "las buenas artes y el oficio del presidente de Errekaleor, Julián González".

El trompetista Kortazar –toca en una fanfarre– se vistió de pelotari en los carnavales de Barakaldo y ha mudado a los alegres desde que no acompaña a su padre, "donde hay que estar listo y ser hábil; hacer magia, como les digo a Gereñu y Arroniz cuando entrenamos". Ha sido nadador, ha practicado judo, la pesca, le encanta el monte, jugó al baloncesto –"ganamos con ingenieros el torneo de Altube"– y "poco y mal al fútbol", donde el hijo, Mikel, "es un crak". La chica, Ane, "juega al basket y está en la selección alavesa". Entre todos, el juego de la pelota es su preferido. "Es el complemento ideal entre el trabajo y la familia, la mejor manera de socializar", dice.

Jesús e Iker, Cortazar y Kortazar, "tú con k, que eres euskaldun", han experimentado juntos, muchos años, el apasionante mundo de la paleta. Han escuchado la música interior en compañía de otros que, como ellos, se han formado en el frontón, en la escuela de Gamarra, al ritmo de una voz interior que sólo unos pocos saben interpretar. Como Atxaga, el primo Julio Cortázar lo habría contado muchísimo mejor, en un relato breve, aquel episodio del pelotazo "en los huevos", aliviado con saltitos y ejercicios de respiración "y posterior inmersión testicular en un charco de fresca y bendita agua de lluvia junto al frontón". Un día, poco antes de su muerte, el escritor había quedado para comer en Labastida con unos primos carnales –uno constructor y el otro regente del bar Txapela–, todos Cortázar, "pero la cita se truncó y no pude conocerle". El escritor argentino, y francés, moriría al poco en su París querido. En el cementerio de Montparnasse reposan su cuerpo y "una mágica realidad incomparable" al lado de su querida Carol y protegido por la figura de un cronopio, inolvidable personaje de sus escritos.

Para Cortázar y Kortazar, los dos delanteros –"de zaguero juega cualquiera"–, pelotaris y disfrutones, la pelota es "una manera de vivir y de alejarse de los bares", terminan jocosos.