Críticas de cine/ Juan Zapater

Kafka en la Stasi

07.01.2022 | 00:35
Lars Eidinger construye un retrato de Franz Walter verosímil y vulnerable, en su rostro se proyecta la ascensión y caída de un hombre corriente convertido en instrumento del horror.

EL ESPÍA HONESTO

Dirección y guión: Franziska Stünkel. Intérpretes: Lars Eidinger, Devid Striesow, Luise Heyer, Moritz Jahn y Peter Benedict. País: Alemania. 2021. Duración: 115 minutos.

Franziska Stünkel, directora y guionista de El espía honesto reconstruye un relato inspirado en los años de la guerra fría, en el interior de una Alemania fragmentada en dos y clavada en el corazón de las sucias prácticas de propaganda y manipulación por cuyos excesos prácticamente nadie ha pagado.

Las semejanzas con La vida de los otros llaman a su puerta. De hecho, los responsables de su comercialización española se encargan de asociarla al celebrado filme de Florian Henckel. Sin duda, ambos títulos hablan de una situación en la que la falta de libertades se paga con el único precio posible, la devaluación de la vida humana. Pero hay algo más que casualidad en el hecho de que al menos en tres títulos estrenados con el comienzo del año 2022, la tortura, la más abyecta e ignominiosa acción humana, ocupe un lugar hegemónico en sus contenidos.

Tanto El contador de cartas como My beautiful Bagdad comparten con El espía honesto la presencia del dolor infligido a los cautivos como medio de ejercer el poder, como vía para anular la voluntad. Una acontece en los campos externos de práctica criminal de los EEUU; la otra anuda las prácticas salvajes del régimen de Saddan Hussein con el Londres del terrorismo fundamentalista. En el caso de "El espía honesto", el tiempo dibujado se ubica en los 70. En una Alemania que sufría un Berlín dividido y un muro vergonzoso.

A lo largo de casi dos horas, Franziska Stünkel cose un filme denso, un descenso al infierno en un contexto de influencia kafkiana y de contrapuntos incontestables. Stünkel, cuya experiencia cinematográfica es larga pero no prolífica, engarza los diferentes peldaños de esa escalera al horror uniendo los capítulos a partir de planos generales concebidos con geometría y pulcritud. Con una cadencia hipnótica, la desventura del científico Franz Walter nos es relatada con abundancia de detalles, con el objetivo pegado a su rostro; con la sensación de quien paso a paso solo consigue hundirse cada vez más en el fango.

Walter existió en la realidad, su historia culminó una larga serie de atropellos cometidos por el poder de la Alemania oriental. Lo que Franziska Stünkel desarrolla adquiere el valor de lo aleccionador, su filme denuncia e interpela al espectador de hoy: ¿sería posible que volvieran a ocurrir injusticias como las que aquí se relatan? Volvamos al filme de Paul Schrader para responder que no solo es posible sino que acontece a cada minuto.

Decía Orson Welles a propósito de la caza de brujas desatada en la América de los años 50, que lo más terrible de aquellas delaciones era que se produjeron no para salvar vidas sino para conservar piscinas. Ahora, al decir de Macron, se trataría simplemente de joder a los disidentes.

En el caso del vía crucis de Franz Walter, un brillante doctorando que sueña con aspirar a una cátedra, se vuelve envenenado cuando se le tienta para trabajar para las cloacas del estado.

El filme arranca con su rostro detrás de unas rejas y al borde de la descomposición. Un plano largo que culmina con un grito. Luego todo avanza a través de un interrogatorio en tiempo presente. El presente del filme es el tiempo cercano al año 1981, con abundantes saltos atrás para reconstruir el puzzle de una pesadilla. Un puzzle angustioso, que no da respiro al espectador y que, por el contrario, no duda en abismarse en las mezquindades del comportamiento social. Así, El espía honesto desarrolla un viaje sin retorno a partir de una ambición.

La directora no juzga a sus protagonistas, en todo caso, son víctimas de un sistema psicopático. Esa ambición prendida por una evidente ingenuidad y un torpe entendimiento, se dirime en el seno de una historia de amor. Con una promesa de amor arranca el relato. Con un compromiso sin anillos reales, solo pintados. Al final, ése será el único detalle poético de una crónica sin piedad. Y ese gesto servirá para un último reencuentro. Tarde sin duda, pero simbólico y redentor.

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