Críticas de cine de Juan zapater

La manada del siglo XIV

05.11.2021 | 00:27
El personaje de Comer, la mujer ante cuya violación se convoca una lucha a muerte entre el marido y el abusador, se convierte en el personaje central de ese duelo de "caballeros" sin civilizar.

EL ÚLTIMO DUELO (The Last Duel)

Dirección: Ridley Scott. Guion: Ben Affleck y Matt Damon, Nicole Holofcener. Libro: Eric Jager. Intérpretes: Matt Damon, Adam Driver, Ben Affleck, Jodie Comer, Harriet Walter, Nathaniel Parker, Marton Csokas. País: EEUU 2021. Duración: 152 minutos.

Al menos tres factores resultan determinantes para desvelar lo que El último duelo recorre en sus tres actos. Uno, claro está, responde al nombre de su director, Ridley Scott, un cineasta irregular, autor de piezas fundamentales con las que se ha forjado el imaginario de los últimos cuarenta años. Sin él, monstruos como Alien, el octavo pasajero no hubieran existido, ni distopías de óxido y lluvia ácida como Blade Runner, ni esa eficaz recreación del péplum moderno titulada Gladiator. Pero Scott, que ha cumplido 83 años, no pertenece a la categoría de directores con vitola de autor. Su ADN sabe mucho del Michael Curtiz de Casablanca y Robin de los bosques, y debe poco a los directores de lo esencial. En los años 40, a profesionales como él, se les calificaba de directores mercenarios. En el tercer decenio del siglo XXI, su dominio del oficio, ante tanto analfabetismo audiovisual, los convierte en la salvación del cine mainstream. En El último duelo, filme basado en hechos reales y cuya naturaleza hace un guiño a su primer trabajo, Los duelistas, Scott resuelve con sólida eficacia un filme con vocación popular.

El segundo factor que condiciona el contenido de El último duelo se adivina en sus productores, guionistas y actores, en esa sociedad formada por Matt Damon y Ben Affleck responsables de un texto que básicamente reforma la vieja épica caballeresca con dos intenciones: desmitificar su mística y reivindicar el rol de la mujer.

De lo primero hay indicios interesantes. Nunca se había mostrado así, en las películas de capa y espada, la necesidad del dinero y sus miserias. De lo segundo, hay dudas razonables sobre si esta obra debe ser entendida como el Ivanhoe del Me too. En algún modo aquí se escenifica un juicio sumarísimo a la Manada del siglo XIV. ¿Acaso no se produce entre Jacques Le Gris y el Prenda la misma prepotencia machista de considerar que sus embistes sexuales responden al deseo de sus víctimas?

El tercer elemento ha sido tomado prestado y resulta determinante para configurar su estructura. Se trata del Rashomon de Akira Kurosawa y su lúcida reflexión sobre el resbaladizo barro de la verdad. Los guionistas y el director se aplican en esa estructura de geometría simétrica, en ese proceso ritualizado, para relatar el mismo hecho proyectado desde tres miradas distintas: el marido burlado, el amante violador y la víctima acosada. De las intenciones del equipo de El último duelo, no cabe dudar. La verdad a secas, la verdad sin apellidos, se corresponde y pertenece a la mirada de la mujer violentada, la del no es no.

Con la suma de esos árboles Scott ha construido un sólido barco. Con él, su filme consigue navegar alto y lejos. Pese a su espectacularidad, su tono exige permanecer atento a los pequeños detalles, y, con ellos, le es dado al público acometer esa búsqueda de la verdad que desemboca en un proceso contra la prepotencia del macho alfa. Esperar de Scott y de sus guionistas un retrato profundo de sus personajes no viene al caso. Su cine es de acción y símbolo, de imágenes vibrantes y frases lapidarias. Como tal, abundan gestos interesantes, detalles sugerentes y pinceladas plenas de expresión y significado. Ese duelo de honor en el que la víctima y acusadora tiene los pies encadenados y de cuyo resultado puede devenir para ella una muerte mucho más horrible y cruel que la de su señor, da lugar a un testimonio feroz sobre la condición de la mujer en los tiempos de la bárbara caballería. Aquí luchan el éxtasis bélico y el cinismo hedonista ante el silencio de las damas. En ese pulso, de densidad dramática tan epidérmica como alegórica, todo descansa en la conformación de un relato enérgico y potente; más oportuno que oportunista.

Bien rodado, bien editado, bien resuelto e incluso bien interpretado, el octagenario Scott sigue en forma para entre la verdad y la leyenda, entre lo real y lo recreado, abrazar el valor de lo simbólico. Es su manera de resaltar la fuerza del cine como espectáculo y las contradicciones de la vida como un espejo de vocación aleccionadora.

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