Hondalea, el arte se funde con el mar

02.06.2021 | 01:38

Medio centenar de personas, la mayoría informadores, pudieron adentrarse en la obra de Cristina Iglesias 'Hondalea', que se ha convertido en una realidad y estará abierta al público desde el próximo sábado hasta finales de octubre

La obra Hondalea que ocupa el interior de la casa de faro de la isla se desveló ayer a los ojos y los oídos del medio centenar de personas que visitaron la creación de Cristina Iglesias, que se abrirá al público el próximo sábado, con todas las reservas del mes de junio cubiertas.

Periodistas locales, otros llegados de Iparralde y corresponsales de distintos medios tanto estatales como extranjeros, por ejemplo de Alemania, conformaron el grueso de los asistentes a la visita, que contó con la presencia de la propia escultora; el concejal de Cultura, Jon Insausti; el director de Donostia Kultura, Jaime Otamendi; y la directora de la empresa Artingenium –que ha coordinadora la puesta en marcha de la obra–, Lourdes Fernández.

El nutrido grupo se dividió en otros más pequeños para poder entrar al edificio y asistir a la experiencia de descubrir la casa reformada con la creación escultórica de bronce, que enseguida se hace familiar a quienes conocen las rocas del Paseo Nuevo, donde aún pueden cogerse percebes aunque sea sin permiso, o de Jaizkibel. El bronce de Hondalea se apropia de estas mismas formas, ya que se ha inspirado en ellas, como ha explicado la autora en más de una ocasión.

Los recovecos de la gruta de metal creada en toda la superficie de la casa del faro, sin uso desde 1968, brillan, mientras que la zona más alta, a la que no llegaría una marea imaginaria, tiene una acabado mate. Al brillo del metal se unen otros destellos, que no son de cristal, como en un primer momento pensó Cristina Iglesias, sino restos del agua que entra y sale de la intervención en ciclos de ocho minutos.

irrupción del agua

Cada ocho minutos

Como las olas

Gracias a un mecanismo hidráulico y un aljibe de 60 metros cúbicos, el agua irrumpe con fuerza en la creación escultórica desde varios puntos a la vez y golpea las rocas de bronce, sonando como las olas.

El visitante entra a la casa del faro directamente a una pasarela metálica que sube y baja por las paredes y permite contemplar la obra desde distintas alturas y todas las direcciones. Es un corto viaje por 22 peldaños, que se puede alargar lo que el curioso desee, siempre dentro del límite establecido para las visitas que, por ahora, será de 20 minutos. El número de personas que cada día podrán conocer la obra está fijado en 125, aunque podría ampliarse en los próximos meses por las relajación de medidas impuestas por la pandemia del coronavirus.

Al sonido de las olas de agua dulce (el agua salada del mar estropearía los mecanismos hidráulicos) se unió, al menos ayer, el graznido de las gaviotas de gran tamaño que pueblan el islote de Santa Clara. Ya desde la llegada de la troupe de informadores al muelle de la isla, en una de las barcas grandes de Aitona Julian, las aves marinas se hicieron oír y acompañaron a algunos de los grupos que iban subiendo por la cuesta que une el embarcadero con la casa del faro.

Ya arriba, junto a la casa de Hondalea, se han arreglado zonas de césped, caminos y se han habilitado los baños.

La visita al interior de la casa del faro está condicionada por la luz de cada momento. Se filtra por las placas solares que ocupan la cubierta del reformado edificio y por las 17 ventanas, dotadas de placas de alabastro, que también tamizan la luz. Frente a la entrada a la antigua vivienda del farero, un rectángulo cegado da fe de que, en el pasado, de la casa se accedía directamente a la torre del faro, que sigue en funcionamiento. Ahora, para subir a la linterna de la isla se ha abierto una puerta disimulada en el exterior de la torre, en la que ayer se apoyaba una escoba, quien sabe si con intención de que nadie la abriera.

Tras los sucesivos turnos de visita, los asistentes bajaron por otro sendero con vistas al horizonte y a las paredes hermanas del flysch, donde reinaban más gaviotas. Después, el grupo tomó de nuevo la barca para volver al muelle. La nave dio un rodeo para mostrar de cerca las auténticas rocas naturales que pretende ensalzar y cuidar Hondalea. Además del verdín de las piedras, se podía apreciar el amarillo de los líquenes que tapizaban algunas zonas de rocas. Y, con la luz del día, brillaba también y recordaba al bronce modelado dentro de la casa del faro.

El agua irrumpe con fuerza de modo repentino en las rocas de bronce y resuena como el golpe de las olas del mar

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