New Yorks

(XXIV) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

10.04.2020 | 00:28
Audiofragmento del capítulo XXIV, locutado por Charo San Miguel.
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Ray siguió haciendo lo que se había pactado cuando comenzó la planificación de El silencio del virus. Ray trabajaba de repartidor. Era eficaz. Rápido. Una flecha. Veloz. Rapidísimo.

Se controlaba al dedillo el plano. Las calles antiguas del Casco Viejo, los barrios nuevos, los nombres de las calles menos conocidas, las que estaban más lejos de la configuración cardial del mapa de la pequeña ciudad. Cuando más curro tenía era por la noche. Y como era autónomo dependiente, siempre que le preguntaban a qué se dedicaba contestaba con el mismo chiste no apto para algunos: Trabajo de Oxímoron.

Los pedidos ya no eran lo que fueron antes de la cuarentena, pero le daban para ir tirando. Recibía los mensajes en el móvil y no paraba nunca de pedalear. Mentalmente aceptaba aquellos que podía servir con celeridad. Lo de perder tiempo no formaba parte de su idiosincrasia. Lo real es que no podía permitírselo.

De vez en cuando hablaba con Loló, su hermana. Loló siempre le decía que pasara lo que pasara le apoyaría siempre. Porque cuando Loló llegó desde Colombia a la pequeña ciudad, Ray le ayudó muchísimo, más incluso de lo que puede ayudar alguien con un trabajo como el que tenía Ray. Déle, que pa' atrás asustan. Le decía Ray siempre a su hermana. Y Loló cada vez que recordaba esa época sonreía agradecida. Tu hermano es especial. Le dijo Arantxa muchas veces a su novia Loló.

Ray siguió haciendo lo que se había pactado dentro de El silencio del virus. Incluso con el trabajo que tenía le daba tiempo. Las consignas estaban muy claras. Información que consiguiera, tenía que dejarla escrita a mano y escondida en sobres de plástico en los puntos indicados de la pequeña ciudad. En una papelera de la Kutxi, en otra papelera de Portal de Arriaga, y en otra más que había cerca de los Juzgados. Una vez que colocaba en uno de aquellos tres lugares lo que había recogido en el día, le mandaba un mensaje a quien solo él sabía, a quien nadie más sabía que estaba detrás de todo.

Cuando esa persona recibía el whatsapp que le mandaba Ray, esa persona salía de su casa. También en bicicleta. La recogida de los sobres no le suponía más de media hora. Había que hacerlo rápido. Tenía tiempo antes de que los camiones de basura circularan con su bufar de elefantes un par de horas más tarde. Pero cuánto antes recogiera los sobres mucho mejor.

Ray tenía que ir con cuidado. No porque tuviera que evitar las patrullas de policía, el mochilón rectangular de la empresa de mensajería para la que trabajaba era un salvoconducto fantástico, sino porque había que extremar las precauciones, sobre todo cuando todo esto se publicara en El silencio del virus, y algunos que no lo desconocían empezaran a saber de sus trayectos.

Solo si había algo muy urgente, situación poco probable, Ray tenía que mandarle un mensaje por whatsapp a la persona a la que debía mandárselo. En aquel mensaje tenía que escribir lo siguiente. Alicia. Y guardado dentro del sobre de plástico urgente, esa nueva nota le esperaría a la persona que tenía que recogerlo en la casa donde empezó todo. Aquello solo había sucedido un par de veces.

Ray llevaba puesta por la noche la gorra de los New Yorks, la misma gorra que llevaba puesta cuando Unai le confundió con Josu en la Plaza Zaldiaran, la plaza de los caballos, cuando Unai pensó que Ray era un mendigo y cuando Unai se creyó de verdad que era un mendigo, aunque Unai imaginara un rato que estaba frente a Josu.

A veces, la persona a la que Ray ayudaba de manera cómplice, le dejaba por mensaje de móvil un código numérico en el teléfono. Eso era suficiente para que Ray entendiera lo que tenía que hacer y a dónde tenía que ir. Y lo hacía. También por la noche. Todo mientras la ciudad dormía tras los aplausos, o tras la música que había salido de algunas ventanas hacía poco: los Bésame mucho de los Panchos, el Danubio Azul de Strauss, los Ikusi mendizaleak de Oskorri, los Resistiré del Dúo Dinámico o los No hay tregua de Barricada. Cada barrio soltaba desde algunas de las ventanas de sus edificios, la canción que más le apatecía lanzar a los vecinos cada tarde. Es cierto que había barrios de No hay tregua más que de Resistiré. Todo hay que decirlo. Pero el caso es que Ray escuchaba de todo. Hasta gritos sin sentido. Imprecaciones variadas y desahogos insensatos.

Una de las noches de la cuarentena, diferente a aquella en la que Unai creyó ver a Josu y luego a un mendigo, Ray se cruzó otra vez con Unai. Además, como la noche de la plaza de Zaldiaran, cuando Unai pensó que hablaba con un mendigo que no era tal, Ray llevaba también la gorra roja de los New Yorks. Y ese detalle a Unai le chocó. Pero poco. El tiempo que tardó en cruzar por delante de la Honda Deauville sobre la que esperaba Unai el disco verde de un semáforo.

De todo aquello, una de las cosas más importantes que hizo Ray fue, en primer lugar, enviado por la persona que dirigía todo, llevarle comida preparada a Esther, algo que le permitió hablar con aquella mujer que vivía sola durante un buen rato. Y en segundo lugar, llamar una tarde de la cuarentena a la casa de Landa y hablar con su hija Nagore, haciéndose pasar por el Gaueko. Algún que otro seguimiento hizo también, pero todavía es pronto para contarlo. Continuará...