Baraca en Baraja

(XX) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

06.04.2020 | 00:40
Audiofragmento del capítulo XX, locutado por Brenan Duarte.
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Juantxu hizo lo que en su vida nunca pensó que hacer pudiera. Empezó por los cuartos. Abrió las puertas de los dos cuartos de su casa en los que nunca dormía. Abrió los armarios. Revisó los adentros de los cajones casi todos llenos de ropa que no usaba ya. Miró debajo de las dos camas de cada uno de los cuartos. Unas camas que no utilizaba nadie pero que en su fuero interno estaban por si acaso. Para emergencias de la amistad. Para algún que otro juego erótico casual.

Eran las camas de las habitaciones de unos invitados que hace tiempo no se autoinvitaban. Cualquier amigo o amiga, cualquier conocido que se acercara a la pequeña ciudad. No se quedaban mucho tiempo. Una semana. Quince días. Para el Festival de Jazz sobre todo, el Azkena o incluso el de Teatro.

Él último que vino fue Aníbal, el argentino, un colega periodista, plumilla como él, pero trotamundos nato, porque se pasaba la mitad del año saltando de una parte del mundo a otra consiguiendo material con el que escribir artículos de viajes para la pieza de un periódico de Buenos Aires.

Aníbal aterrizó para tres días. Quería escribir un reportaje sobre el FesTVal, el Festival de la televisón que se celebraba en setiembre en la pequeña ciudad. Lo que en un principio iban a ser dos noches al cabo fueron diez. A Juantxu le vino bien la compañía. No es que no disfrutara de su soledad, escogida por otra parte y elegida de manera voluntaria. Pero cenar y desayunar unos días acompañado de un amigo con el que compartía tantas cosas relacionadas con la misma profesión y tal pasión por los vinos de Baños de Ebro, Dominio de Berzal para más señas, le hizo bien.

Juantxu recordó al mendocino durante la noche del decimonoveno de cuarentena, mientras inspeccionaba uno de los cajones de uno de los dos cuartos de invitados, el que siempre utilizaba cuando llegaba alguien por sorpresa, porque el otro, Juantxu no sabía por qué, el otro cuarto, claro, no sabía por qué razón, prefería no utilizarlo.

Manías de un solitario. Como quien juega a las cartas y tiene modos de autista en el juego. Cada una de ellas colocada en una posición determinada, con la misma separación, formando un damero regular, equilátero, de una perfección que conjura el azar y en algo triunfa o cree vencer sobre lo impredecible. Cada mazo bien colocado, sin filos de cartas que sobresalgan.

Manías.

Todavía seguía en uno de los cajones la camiseta de manga corta, la remera, como Aníbal decía, y un par de calcetines desparejados y envueltos en puño en orden dispar. Prendas olvidadas de un amigo. Cada unidad de cada par con la distinta. Alguna vez pensó en tirar las prendas, pero una cierta y enigmática intuición le impedía hacerlo. Pensaba Juantxu que cuanto más tiempo estuvieran en aquel cajón, antes volvería de visita el amigo. Sabía que aquello era una bobada, pero de bobadas también se vive. Sobre todo si uno vive de un silencio de virus. Pensó Juantxu cuando volvió a ver los calcetines. Luego cerró aquel cajón.

Siguió con su despacho. Un gran ventanal que daba a las traseras de la iglesia de Santa María, un ventanal por el que entraba la luz más deliciosa que cada día rebanaba las horas de la pequeña ciudad, y que le permitía seguir con su trabajo, leer, o simplemente escuchar música. Bach. Miles Davis. Conciertos de Brandenburgo. Kind of Blue.

Pero allí no había mucho que descubrir. No había huecos ocultos. La mesa de madera llena de libros superpuestos como ladrillos para una obra, el ordenador portátil, las lapiceras, los rotuladores. La silla giratoria con antebrazos y detrás una pared completa llena de estantes con ejemplares de volúmenes de sociología, antropología, literatura francesa, algo de poesía y la colección completa de literatura del sur norteamericano publicada por Dirty Works. Todo a la vista. Nada extraño a sus ojos. Cerró la puerta.

Recorrió el pasillo. Un pasillo irregular, casi vacío, dos cuadros mal colgados, un zapatero. Entró entonces en la estancia que hacía las veces de cocina-salón, también con otro ventanal espeluznante, de luz que casi picaba en los días claros, y que estaba más remirado que el resto porque allí pasaba las horas.

No olvidó inspeccionar los baños. Abrió las dos mamparas. Abrió hasta las puertecillas del armarito de debajo de los lavabos donde se acumulaba un batiburrillo de cosas. Desde cajas de bastoncillos apiladas. Otra manía. Hasta distintos botes de champú, productos de limpieza, toallas de mano de idéntico tono dobladas al detalle, azules, y un humidificador abandonado que no quería tirar a la basura y que en días de verano le venía muy bien, aunque fueran pocos los lunes de calor sofocante que abrasaban en julio la pequeña ciudad. Nadie. Nada. No había nadie. No encontró micrófonos ocultos. Se tranquilizó.

Al volver a la cocina-salón, recordó que tenía que hablar con Landa. Mentalmente se hizo una composición de la conversación que surgiría entre Landa y él. Porque lo más seguro es que Landa supiera algo más, un poco más, o algo, detalles que para Juantxu estaban pasando desapercibidos. No tenía una relación habitual con Landa. Eran amigos del insti pero aunque no hablara con él a diario, le gustaba saber de Landa. Y en esta ocasión con más razón. Porque Unai le había dicho que Landa también había leído El silencio del virus. Cuando habló con Unai, antes de registrar su casa. Juantxo le dijo a Unai que iba a mirar cada cuarto con lupa. Unai le dijo que llamase a Landa. Continuará...