Todo era imprevisible. El silencio de las calles tras los aplausos le recordaba siempre a Unai el destino de las amistades lejanas que se despiden para siempre en una estación de tren de provincias. Ya era madrugada de octavo de cuarentena. Unai se detuvo frente al disco rojo del semáforo Cruz Blanca-Domingo Beltrán. Nagore salió de entre los coches. Se colocó frente a él. Esa era una buena fotografía para Josu. Pero Josu ya no estaba allí.

Unai por la carretera a velocidad reducida, a paso de niña, y a dos metros a su derecha, Nagore. Ambos se dirigían en paralelo por Coronación hasta el cruce con Portal de Arriaga. Solamente la noche era capaz de oír lo que iba Nagore contando mientras Unai, desde la moto, escuchaba distancia de seguridad mediante.

Que tenía que ir a casa de su madre. Que lo mejor era tener dos casas. Porque estaban en octavo de cuarentena. Como tú, policía, tú también estás en octavo. Que como sus padres Arantxa y Landa estaban separados, ella era una niña con suerte porque tenía dos casas.

¿Sabes una cosa, policía? Dijo Nagore. Que no me llames así, que te he dicho que me llamo Unai. Unai entonces. Mira, te iba a decir que el deporte es muy peligroso si se hace en casa. Dijo Nagore. Unai se detuvo. Sigue andando, que ahora te cojo. Dijo Unai. Nagore siguió con su tipi-tapa por Coronación. Unai llamó al retén de Aguirrelanda. Informó del caso de la niña. Sí. Ok. Colgó Unai.

Llegados a destino, Nagore señaló una de las ventanas del edificio alto que había encima de la cafetería Los Ángeles. Unai no sabía muy bien qué hacer. Es que todo fue por el maldito campeonato del mundo de esquí. Le seguía parlando Nagore. Unai ya sí que no sabía muy bien qué hacer. Solo había un camino. Descubrir si de verdad la madre de esa niña vivía en el edificio que se alzaba frente a ellos.

Como la casa tenía dos habitaciones ni tan mal. Como una era para Nagore, la hija de Arantxa, que solo se utilizaba quince días al mes, cuando a Arantxa le tocaba la custodia de su pequeña, se apañaban peor que ahora. Loló en el cuarto de ambas y Arantxa en el cuarto de su hija. Desde que estaban confinadas hablaban mucho más que antes. Lo hacían por whatsapp.

Esta es una forma de comunicarse como cualquier otra. Escribió Loló. Pues a mi no me gusta. Escribió Arantxa. Es como darse los codos. Escribió Arantxa. Qué me estás contando? Escribió Loló. Lo de los codos de los cubanos y los italianos al bajar del avión. No lo has visto!? Escribió Arantxa. Te lo mando. Escribió Arantxa.

Arantxa salio del was. Arantxa buscó el vídeo en Youtube y le dio a los tres puntitos hasta que le salió en una lista desplegable con la palabra compartir. La pulsó. Buscó LOLITA en su móvil, nombre que por cierto no le gustaba a Loló y envió el link. El vídeo comenzó a descargarse.

Pasados unos minutos, Loló volvió a escribir. Es verdad, es como darse los codos en vez de las manos. Pero no nos queda más que hacerlo. Si un país subdesarrollado tiene que mandar una brigada de médicos a uno de los países que está en la lista de los diez más ricos del mundo, es que esta vaina está mala. Escribió Loló. Jajajajaja. Escribió Arantxa. ??? Escribió Loló. Me río por lo de que está vaina está mala. Porque tienes razón. Pero Cuba no está tan subdesarrollada como crees. Escribió Arantxa. Cada vez que hablamos de Cuba te pones a la defensiva. Escribió Loló. Recuerdo cuando fuimos. Escribió Arantxa. A mí lo que más me gustó fue Coppelia. Escribió Loló. Jajajajaja. Las dos pedimos helado de chocolate. Escribió Arantxa. ¿Te acuerdas de la peli que vimos después? Escribió Loló. Sí, no se me olvidará nunca, Vampiros en La Habana, en el cine Yara, de Juan Padrón. Dijo Arantxa. Simpatiquísima. Dijo Loló. Jajajajaja. Es verdad. Dijo Arantxa.

Sonó el timbre de la puerta del teleportero como si un cuchillo estuviera rasgando un mantel de hule. Has oído? Escribió Loló. Sí. Escribió Arantxa. Voy. Escribió Arantxa. Al rato Arantxa le explicaba a Unai por el telefonillo que sí, que Nagore era su hija. Tuvo hasta que salir por la ventana para que Nagore agitara los brazos gritando ama, ama, ama, como si su madre estuviera en un transatlántico que partiera lento. No, ya le he dicho que es mi hija ¡Kaixo, maittia!, pero no puede subir. Estamos confinadas. Le dijo Arantxa a Unai.

Unai entonces tuvo que acompañar a Nagore hasta su otra casa, la del barrio de Lovaina. Por el camino Nagore habla que te hablaba hasta por los codos. Por fin le contó a Unai las consecuencias de quedar segunda en el Campeonato del mundo. Por fin le contó que su padre estaba dentro del camarote. Unai se impacientó. Hay que ir más rápido entonces ¿No me puedes llevar en la moto? Le preguntó a Nagore a Unai. No, no se puede. Tendrás que correr un poco.

Amanecía el mundo en la pequeña ciudad. Unai cerró su turno en Aguirelanda y volvió a casa. El aire estaba lleno de luces moradas que se abrían hasta lo más naranja. A ver si no se ha marchado Jelen aún. Penso Unai. Con esta mierda no nos vemos. Pensó Unai. Al abrir la puerta se fijó en el suelo. Había un papel doblado cerca de la ranura baja de la puerta de Gloria, su vecina. Unai se agachó para recogerlo. Desdobló el papel y lo leyó. Lo que más le extrañó fue la palabra cerveza repetida tres veces en el primer párrafo ¿Cerveza? Gloria, mi vecina tiene 85 años. Pensó Unai. Y sonrió. Y siguió leyendo.Continuará