Confinadas

(VIII) El silencio del virus Por Jabo H. Pizarroso

25.03.2020 | 01:48
Ilustración de Kiko Pérez.

Un día, un capítulo. La novela 'El silencio del virus' se escribe cada jornada en las páginas de DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA de la mano del escritor vitoriano Jabo H. Pizarroso y de las ilustraciones de Kiko Pérez. Un libro que se construye partiendo de la realidad que vivimos para llevarnos a la ficción sanadora.

Era madrugada de octavo de cuarentena cuando Nagore se detuvo en la esquina de Beato. Si se pudiera entrar en aquel instante en la pequeña cabeza Nagore, se verían dos reflectores de veinte kilowatios cada uno que aportaban luz suficiente para iluminar toda la calle Domingo de Beltrán. Nagore estaba obligada a llegar sola hasta la casa de Arantxa, su madre.

Por eso, en la cabeza Nagore, todo un equipo técnico de cine en pleno rodaje se preparaba para filmar aquella hazaña en la pequeña ciudad solitaria donde ya no sonaban los besos.

Tras no encontrar las llaves ni el esmarfon de su padre, tras llamar a la puerta de Alberto y de Teresa, sus abuelos, dos pisos más abajo, tras esperar un buen rato a que le abrieran sin éxito, Nagore volvió a subir los diecisiete escalones que trepaban hasta el camarote donde su padre, toca que que toca en la oscuridad, no encontraba las llaves que le dejaran libre. Intentaló otra vez. Dijo Landa a su hija.

Nagore bajó hasta el descansillo del sexto piso. Recordó que su padre dijo una vez que ese piso estaba muerto porque era un piso vacío. Entonces Nagore le preguntó. Landa le aclaró que un piso muerto era un piso sin gente durante la mayor parte del año. Landa le contó que era un piso para turistas. ¿No es mejor alquilarlo todo el año para que el piso esté vivo todo el año?

No. Dijo Landa. El dueño se llama Pau y vive en Ibiza. Explicó Landa. Desde la isla controla todo. Gana más dinero así que todo un año completo. Y luego alquila oficinas. En el cuarto, tercero, segundo y primer piso. Yo haría lo mismo. Le dijo Landa a su hija. Pero aita, si estuviera vivo el piso ese ahora nos ayudarían los vivos del piso. Dijo Nagore. Landa no respondió.

Nagore llegó al quinto. A mano izquierda sus abuelos. Llamó a la puerta. Llamó a la puerta. Llamó a la puerta. Aunque tenía los ojos abiertos, aunque oyó los golpes de los nudillos contra la madera Alberto no se levantó. Teresa tampoco lo hizo porque estaba enredada en un sueño. Teresa volaba. En el sueño llegaba a una aldea perdida de León. Teresa volaba hasta una casa con una cuadra gigantesca sin techo. Teresa congeló su vuelo al ver un grupo de vacas. Teresa habló con ellas. ¿Qué tal, tenéis fiebre? Preguntó Teresa. No. Estamos de maravilla. Dijeron todas al unísono. Nuestra dueña nos cuida muy bien. Un día nos comerás.

Cuando se cansó de llamar, Nagore volvió al séptimo descansillo y subió de nuevo las diecisiete escaleras hasta tocar la puerta catorce. Si me ve ahora mi profesora de ballet me dice muy bien. Pensó Nagore. He hecho más ejercicio que en clase. Pensó Nagore.

Al llegar a la puerta del camarote tras el que Landa, su padre, ya no sabía ni qué hora era, Nagore le explicó que los abuelos no abrían.

Entonces Landa le dijo que ahora sí que tenía que ir a casa de su madre. Le explicó que cogiera las llaves de casa. Le explicó que cerrara bien la puerta. Nagore dijo que sí a todo. Por eso Nagore estaba en la calle a la una de la madrugada del octavo de cuarentena.

Casi dos kilómetros más abajo, en un piso cerca de Coronación, encima de la cafetería de Los Ángeles, en el séptimo mano derecha, vivía Arantxa, la madre de Nagore. Arantxa vivía con su pareja. Loló. Las dos no sabían que una hora más tarde, Nagore, la hija de Arantxa, les llamaría por el teleportero. Una estaba confinada en su habitación. Loló. Loló tenía la sintomatología de lo que en la pequeña ciudad del silencio del virus se llamaba el bicho.

Por eso Loló estaba casi todo el día cabreada. Arantxa, la madre de Nagore, trataba de convencerla para que estuviera relajada. Y a veces lo conseguía.

Arantxa le dejaba el desayuno, la comida y la cena en un carro supletorio al lado de la puerta cerrada de la habitación donde cada vez aguantaba menos tiempo encerrada Loló. Apenas se veían. Más bien se evitaban. Se comunicaban por el móvil. Salgo al baño. Escribía en el whatsapp Loló. ¿Dónde estás? Escribía en el whatsapp Loló. En la terraza. Escribía en el whatsapp Arantxa. Sal sin problema. Escribía en el wahtsapp Arantxa.

Aquella madrugada octava de cuarentena, Arantxa y Loló llevaban toda la tarde sin comunicarse. Cada una centrada en su confinamiento. Arantxa diseña que te diseña. Loló diseña que te diseña.

Mientras tanto Nagore recorría Domingo Beltrán tipi-tapa, tipi-tapa. Si ves un coche de policía escóndete. Le había dicho Landa, su padre. Cuando Nagore llegó a Beltrán esquina Coronación, Arantxa, que estaba en la terraza viendo Portal de Arriaga vacía, recibió un whatsapp de su novia Loló. Era un selfie. Loló con una mascarilla puesta. Arantxa observó bien la foto. ¿De dónde has sacado eso? Escribió en el whatsapp Arantza. Es la copa de un sujetador tuyo, cariño. Escribió en el whatsapp Loló. Que tonta eres. Escribió en el whatsapp Arantxa. ¿Ves cuánto te quiero? Escribió en el whatsapp Loló. Deja eso. No hagas tonterías. Escribió en el whatsapp Arantxa. Con tu olor respiro mejor. Escribió en el whatsapp Loló. Loló tosió.

Nagore, a la altura de la tienda que todavía se llamaba Galerias Medio Metro vio un policía. Era Unai. Nagore decidió no hacer caso a su padre y fue directamente al encuentro de Unai ¿Por qué se tenía que esconder de la poli una cuasi campeona del mundo de esquí?. Continuará...