Iñigo Martínez de Mandojana Psicopedagogo y educador social

"El mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros hijos e hijas es nuestra presencia"

Psicopedagogo y educador social, Iñigo Martínez de Mandojana explica que la adolescencia es una etapa vital que sigue requiriendo supervisión y accesibilidad

03.01.2022 | 00:30
Iñigo Martínez de Mandojana Psicopedagogo y educador social

vitoria – "El mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros hijos e hijas es nuestra presencia", defiende Iñigo Martínez de Mandojana, que advierte que cuando los niños y los adolescentes no tienen un referente parental o adulto pueden acabar buscando sustitutos en las redes sociales, en internet o en cualquier adicción. Realidad que conoce de primera mano como educador social, y en la que trabaja como formador para familias y profesionales desde la Asociación Biraka de Vitoria–Gasteiz. Una experiencia en la que profundiza en su último libro, 'Pero a tu lado, de la parentalidad positiva a la crianza terapéutica'. Una obra "más madura y más canalla" que su primer trabajo (Profesionales portadores de oxitocina) y en la que ofrece una lectura técnica sobre la crianza en contextos saludables y terapéuticos.

¿Por qué 'A tu lado'?

–Cada vez tenemos más evidencia de que las relaciones son lo que más nos aporta, pero también lo que más nos daña. En la crianza el 'estar' es clave, sobre todo en aquellas situaciones en las que aparentemente no sucede nada (yendo al colegio, comiendo, recogiéndole del judo, al ir a la cama). Es en la rutina, en la cotidianidad, cuando a nuestros hijos e hijas les pasan muchísimas cosas y podemos atenderles de manera adecuada. No hay mejor regalo que nuestra presencia, nuestra conexión. Por eso, cuando hay una falta de referentes con los que conectar buscamos otros sustitutos, como las redes sociales, la comida, el juego, el sexo.

¿No estamos el tiempo suficiente?

–Todo el tiempo es poco. Pero en realidad lo que necesitamos es ser emocionalmente más accesibles. Lo podemos ver en cualquier cafetería. Toda la familia con el móvil, sin conversación, sin risas, sin sintonía. Para evitar esa falta de disponibilidad se ideó una campaña en Reino Unido con la fórmula 10–15–20. Juega en el suelo mínimo 10 minutos todos los días, porque jugar ayuda a conectar, a favorecer el desarrollo psicomotor y emocional. Léele 15 minutos juntos, porque favorece el ambiente de aprendizaje y el desarrollo, mejora la memoria y, sobre todo, aporta unión y cercanía. Y habla con él o con ella 20 minutos. Y hazlo con la televisión apagada, sin móvil. Interésate por las cosas que le interesan, por las que le preocupan, por cómo se siente, por cómo se expresa. Es una propuesta de mínimos, pero hay chicos y chicas que no reciben ningún minuto de conexión al día.

En la asociación Biraka trabajan mucho con niños, pero también con familias y profesionales. ¿Encuentran muchos casos de desconexión emocional?

Desde Biraka trabajamos sobre todo el equilibrio entre el Saber (conocimiento), el Ser (procesos personales). Y sobre todo el Saber Hacer (el ejercicio de la parentalidad o la profesionalidad en el día a día). Piensa en el cirujano que tiene que operarte. Si pudieras elegir optarías por alguien calmado, muy formado y con experiencia. No te gustaría un profesional obsoleto, muy estresado y sin entrenar. Lo mismo ocurre con la parentalidad o el acompañamiento. Necesitamos adultos competentes y disponibles emocionalmente que den respuesta a las necesidades de manera adecuada.

No parece un trabajo fácil.

–No es difícil. Venimos diseñados biológicamente para ejercer los buenos tratos. De entrada tenemos que tener claro que nunca vamos a ser perfectos porque en la crianza ese término no existe. Pero también que la crianza se cocina a fuego lento y en conexión. Es más que volcar una serie de contenidos en la cabeza de nuestros hijos e hijas. Es algo mucho más responsivo y potente. Es saber adaptarse a las necesidades, competencias y limitaciones de los chicos y chicas, y no tanto cortarlos a nuestra imagen y semejanza. Como dice Alison Gopnik, es más un trabajo de jardinero que de carpintero.

Esto, imagino, se complica con los casos en los que el trauma es el protagonista.

Efectivamente, el trauma es un devorador de humanidades que impide al menor desarrollarse armónicamente, poder disfrutar de las relaciones, de la vida, de manera plena. Esos mismos chicos y chicas se convertirán un día en padres y madres con esa herida que les dificultará poder ejercer esa parentalidad de manera competente. Ese es nuestro reto, poder ofrecer procesos de acompañamiento para que la persona sea la protagonista de su historia, y no su trauma relacional.

Vivimos tan deprisa que a veces queremos que nuestros hijos crezcan. ¿Es inevitable?

–Es un problema habitual, pero también un gran error. Debemos poner más en valor el tiempo, la presencia, la calidez, frente al modelo económico y rentable del tiempo. Vivir viviendo. Hay padres y madres que están deseando adelantar procesos y momentos vitales: que su bebé sea capaz de sentarse, que empiece a andar, para luego hablar, para luego ir solo al colegio, para que luego vaya a la universidad... para luego darse cuenta de que todo ha ido muy rápido. Hay que dejar que las cosas sucedan en lugar de forzarlas.

¿Hasta qué punto es necesaria la disciplina?

–La disciplina, bien entendida, es positiva. Tener rutinas y límites nos da sensación de control, nos ayuda a regularnos y poder ajustarnos al día a día. A través de una disciplina efectiva no sólo se interrumpe una mala conducta para favorecer otra buena, sino que se promocionan habilidades y competencias en el cerebro que les ayudan a tomar mejores decisiones y a desenvolverse en el futuro. Pero no debemos confundir la disciplina con el castigo. El castigo es una manera de humillar, someter y hacer sentir mal a nuestros hijos e hijas. Y eso nos acaba separando.

¿Y cómo se aplica una disciplina efectiva?

–Las consecuencias de los actos deben enseñar por sí mismas. Para eso hay que hacerlas ver y deben ser proporcionadas. Si tiene la habitación manga por hombro, no podrá ver la televisión hasta que recoja. Quizá se frustre, pero no habrá ruptura afectiva y habrá una correlación directa entre lo que sucedió y su consecuencia. El problema es que poner consecuencias implica un consumo de energía mayor que el castigo, que resulta mucho más fácil y directo. Pero menos efectivo y, a la larga, perjudicial. Se trata, en definitiva, de exponer a los niños, niñas y adolescentes a pequeños desafíos adecuados a su edad y capacidad de control.

¿Está justificado el vértigo de algunas familias a la adolescencia de sus hijos e hijas?

–Para nada. No debemos temer a la adolescencia. Es una etapa maravillosa en la que se adquieren muchísimas competencias y habilidades gracias a la experiencia. El adolescente es diferente porque su cerebro lo es. Lo que le ocurre fuera tiene que ver más con lo que ocurre dentro.

¿Y qué ocurre ahí dentro?

–Para que se haga una idea: en la adolescencia se da el mismo proceso neural que se dio en los dos primeros años. Ocurre sin embargo, que nuestra sensibilidad no es la misma. Porque nos incomodan, nos contestan, cambian de referentes, dan portazos o ignoran nuestras pautas. La adolescencia es una etapa de probar, de arriesgarse, de meter la pata, de vivir emociones a tope y buscar nuevos referentes no parentales porque es lo que nos va a permitir llegar a la vida adulta con una perspectiva más sana y equilibrada.

¿Qué podemos hacer como padres y madres?

–Acompañarles en el viaje, pero dejando que sean ellos quienes dirijan ese proceso. Es absolutamente normal que prefieran estar con sus amigos que con nosotros. Pero debemos estar ahí, supervisando desde la distancia y al mismo tiempo disfrutando con ellos. Haciendo deporte, en una comida, con una peli de Marvel, yendo de compras... Pequeñas nadas que sigan validando la relación desde una fuente de seguridad y de afecto. Y todo a pesar de sus granos, de sus pelos y de que no levanten la cabeza del móvil.

¿La adolescencia llega cada vez antes?

–No, llega como siempre aunque el contexto que se está creando parezca que llega antes. Uno de los problemas que ha detectado la UNESCO es que hay muchos jóvenes que han tenido una infancia exquisita y luego se rompen en la adolescencia porque sus progenitores creen que ya tienen la suficiente autonomía para transitar por el mundo. Como tienen móvil y están localizados, ya está. Pero siguen teniendo las mismas necesidades de afecto y supervisión. Y de sueño.

¿Hay que dejarles dormir?

–Sí, es clave para ellos. Los adolescentes están viviendo una ingeniería cerebral brutal. Y necesitan mucho descanso para que el cerebro trabaje toda su arquitectura. Dejarle dormir es el mejor regalo que le podemos dar a un adolescente. En EEUU por ejemplo, hay un movimiento que reclama comenzar las clases a las 10 de la mañana. Tenemos a los jóvenes acudiendo al instituto sin descanso, interrumpiendo su proceso milagroso hacia la vida adulta.

Esta juventud no es peor que la anterior, entonces.

–Esa es una crítica histórica ya recogida desde Sócrates al menos. Siempre se ha dicho que cada nueva generación es peor que la anterior y no es cierto. La adolescencia ha movido el mundo y lo sigue haciendo. Los adolescentes tienen energía, empatía, solidaridad, un claro sentido de la justicia social. Pero también una necesidad de progenitores, aunque de otra forma. Necesitan romper con sus figuras de apego y explorar el mundo. Ahí está el verdadero reto.

"Necesitamos adultos competentes y disponibles emocionalmente que respondan adecuadamente a las necesidades del menor"

"Las rutinas y los límites son positivos. Dan sensación de control, ayudan a regularnos y a ajustarnos al día a día. Pero nunca desde el castigo"

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