Opinión

Veinte largos años

08.08.2020 | 01:23

Nuestro amigo era un hombre sencillo, que no se consideraba mejor ni más que nadie

Se cumplen ahora 20 años desde que nos arrebataron a Joxemari, a Joxemari Korta. Veinte largos años. Los que le queríamos hemos sentido su pérdida siempre, pero ahora lo sentimos de forma muy especial. Y no lo digo porque al ser ésta una fecha muy señalada los sentimientos afloran con más fuerza. Tampoco lo digo solo porque pertenezco a la Fundación que lleva su nombre. Pero, sí, porque en el esfuerzo hecho en la Fundación de seguir por su senda vital (Bidetik) al profundizar en los valores y convencimientos que dirigieron su vida, he constatado con claridad –y pena– que en la difícil situación que vivimos hoy, la necesidad de personas como él es más necesaria que nunca.

En estos años, que hemos sufrido unidos su ausencia, hemos aprendido muchas cosas. Primero, que para poder mirar hacia adelante y proyectar algo positivo, hay que aprender de lo que ha sucedido. Aprender que la injusticia siempre es injusta, que intentar explicar lo que ha sido un sinsentido no sirve; que eso no aporta nada bueno. Que si nuestro pueblo quiere convertirse en comunidad humana debe, tras hacer suyo el respeto del silencio y el apoyo real a todas las víctimas, utilizar las palabras con sumo cuidado, pero con claridad, sin ningún tipo de soberbia, orientándolas siempre al logro del diálogo y la convivencia; que eso exige la superación del odio, de la venganza y también del miedo. Hemos aprendido todo eso, y hemos procurado transmitir este mensaje, para que nuestras nuevas generaciones se liberen de la degradación moral que conlleva la fascinación de la violencia. Es función ésta, reconozcámoslo, que durante largos años no se ha cumplido adecuadamente en nuestro pueblo.

En este aprendizaje nos ha ayudado mucho la visión de la vida que tenía Joxemari y pienso que nos puede seguir ayudando en el futuro a nosotros, y a nuestra sociedad.

A los humanos se nos presenta hoy un futuro lleno de dudas y preocupaciones; nos vemos inmersos en una grave crisis ecológica, económica, de igualdad, de convivencia, de salud, y sabemos, además, que las respuestas que estamos dando y diseñando no son las adecuadas; sabemos también que si en el futuro seguimos guiándonos por la fría ley del mercado, nuestro porvenir será muy difícil; creemos saber todo eso, pero no sabemos (no queremos saber?) en qué debemos cambiar, por dónde empezar, qué hacer ni cómo hacerlo.

La humanidad hoy está necesitada, sí, de muchos cambios, pero, sobre todo, está necesitada de personas, que la guíen y orienten con calma y sosiego en el campo de los valores humanos, de dirigentes que sepan de qué va la ética –ese saber que nos ilustra en el arte de vivir de forma humana–, cuál es su objetivo, qué importancia vital tiene hoy. Está a falta de dirigentes que hayan convertido el compromiso ético en característica principal en su actividad, en sus responsabilidades, en su vida. En una palabra, de líderes éticos. De gente que sepa orientar la ciencia, la técnica –todo el saber– al bien de todos los humanos. Joxemari era uno de esos hombres. Una persona que trabajó y ahondó en su vida personal y profesional los valores recibidos en casa y en sus años de educación.

Nuestro amigo era un hombre sencillo, totalmente normal, que no se consideraba mejor ni más que nadie, que sabía que solo tenía dignidad si la compartía con todos los seres humanos. Pero había interiorizado verdades y aspectos de la vida que el mundo actual –también nuestra sociedad– olvida con demasiada facilidad, y, desde luego, le sobraba voluntad para esforzarse en pos de aquello en lo que creía. Lealtad, voluntad, y esfuerzo, fueron características de su personalidad.

En la trayectoria vital del amigo que perdimos el año 2000 hay, en mi opinión, convencimientos, que podrían ofrecer mucha luz en la construcción de nuestra sociedad: que siempre hay que mantener viva la llama de la esperanza –ser pesimista resulta hoy fácil, pero sin esperanza no hay esfuerzo–, que hay que seguir creyendo en el ser humano, que en la vida todo lo más importante se aprende, a ser honesto también, y que además quien aprende agradeciéndolo, será más capaz de hacer germinar nuevos y mejores brotes.

A este aprendizaje, que tanto necesitamos hoy, dedicó él mucho esfuerzo. Aprendió que la competencia, que siempre estará presente entre los humanos, es positiva, siempre que la conciencia ética nos enseña a distinguirla de la enemistad; algo, que, según él, era perfectamente posible. Supo también que la vía de la ciencia y la del humanismo no son vías antagónicas que no puedan confluir. La de la tecnología tampoco. Que todos estos saberes deben complementarse si queremos que nuestro mundo tenga futuro, y que Euskal Herria tenga futuro.

Condición para poder avanzar por ese camino es saber que el trabajo tiene mucha importancia en la vida humana, que el trabajo no es mero castigo, que no debe serlo, que hay que humanizarlo, que hay que saber que todos los trabajos son importantes, los manuales y los intelectuales, los orientados a la subsistencia, cuidado, cultura, educación, investigación; todos ellos. Y ya que todo trabajo debe organizarse, que el fin de toda organización empresarial es contribuir a la humanización de esa actividad aunando la ciencia, la técnica y el progreso con la ética, la dignidad humana.

Transmitir de forma adecuada y eficaz este saber era, en la perspectiva de Korta, la gran responsabilidad que tenemos hoy ante las nuevas generaciones.

Antes he dicho que Joxemari era un hombre sencillo. Era también humilde. "Nadie aporta al entorno más de lo que ha recibido". Esta frase se le escapó en una cena que hicimos tres amigos que éramos íntimos desde la época del internado un par de meses antes de que lo mataran. La frase refleja un convencimiento que dice mucho del que lo expresa. A mí me gustó. De hecho, solía citarla a menudo en clase, aunque pensaba que quizá en su caso no era del todo cierta.

Agur eta ohore, Joxemai! El autor es miembro de la fundación Joxe Mari Kortaren Bidetik