a campaña electoral encara su recta final. A partir del miércoles, rush final; días en los que ya no se puede fallar. El margen de maniobra se achica y el cansancio puede ser el peor enemigo de los candidatos; quien cometa un error lo puede pagar caro. Desde las tribunas se moverán los sondeos, las encuestas, los pronósticos. A menudo, son las expectativas, no los resultados, los que convierten una victoria en algo pírrico y los que hacen que una derrota tenga sabor dulce. Las campañas importan y por eso los dirigentes de los partidos de ámbito estatal se acercan a Euskadi. Aparecen con ánimo de echar una mano, pero algunas visitas más que una ayuda son una mano al pescuezo.

Ayer, Pablo Echenique, parlamentario de Unidas Podemos en el parlamento español, se acercó a apoyar a sus colegas de Elkarrekin Podemos. La ministra de Igualdad, Irene Montero, ya lo hizo durante la semana. Ambas parecen personas que no sé si han tocado el cielo con los dedos o ha sido el cielo el que ha caído sobre sus cabezas, pero que han dejado claro que ya no viven en las nubes de la utopía. Por ahí viene lo complicado; coordinar discurso con el de sus compañeros en Euskadi. Estos últimos continúan empeñados con el tripartito de izquierdas. Todo ello envuelto en algún soporte electoral más propio de una elección al Consejo de Estudiantes que a las elecciones al Parlamento Vasco.

También los socialistas tienen quien les visite. El tirón de algunas caras del Gobierno pudiera ser previsible hace cuatro meses, pero la de Salvador Illa, actual ministro de Sanidad, a buen seguro no constaba en las apuestas. Si la llegada a su tierra de la ministra de Asuntos Exteriores, Arancha González, le permitió a Idoia Mendia hablar de Europa, la de Pedro Sánchez ha servido para reforzar la idea de la unidad del Estado español frente a la pretensión que tienen otros nacionalismos por desunir.

El Partido Popular vasco viene gozando del apoyo permanente de la dirección de Génova. Su presidente, Pablo Casado, se ha prodigado mucho por estos lares a lo largo de esta campaña electoral. Ayer fue el turno de hacerlo acompañado de sus nuevos socios. Juntos, Pablo Casado e Inés Arrimadas, presidenta de Ciudadanos, se acercaron para dar un empujón a la alianza azul-naranja. Arrimadas no se trajo la motosierra y posó ante el Árbol de Gernika con la incomodidad mal disimulada que se le vio a su predecesor aquel día en la Plaza de Colón. Esta foto también será de las de recordar.

Mientras tanto, Ortega Smith-Molina, parlamentario de Vox, acompañó a los candidatos al Parlamento que desearía disolver. Renegó del Estatuto vía negación del contenido de sus competencias; las cuales no debían de haberse cedido nunca, dijo. Hay quien quiere hacernos creer que son como ese primo gamberrete y vocinglero que dice lo que piensa cuando no debe, pero no. Lo de acabar con el sistema parlamentario desde dentro es una idea ya patentada en España y llevada a cabo con éxito en Alemania.