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Fatídico aniversario

La desesperación en el seno de un independentismo catalán cada vez más desunido oxigena, en cambio, la complicada capacidad de resistencia de Pedro Sánchez

Juan Mari Gastaca - Sábado, 6 de Octubre de 2018 - Actualizado a las 06:05h

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En los días pares al levantarse, Quim Torra se enfurece con una estelada en la mano y redacta por la vía de apremio un ultimátum desafiante a Pedro Sánchez, pero sin consultar a nadie. En los días impares, al darse cuenta de su soledad, combate el estrepitoso farol con un triste tuit nocturno de dudoso consuelo. Es el infausto sino político de un president ofuscado, tal vez desbordado. Hasta posiblemente aturdido por la obligación bipolar en sus incansables comparecencias públicas -eso sí, casi nunca visitando hospitales o empresas- de aunar cada día, de un lado, la irreductible correa de transmisión de su supervisor Carles Puigdemont y, de otro, la creciente voluntad negociadora de una suficiente mayoría independentista. Esta contradictoria estrategia puede resultar fatídica. De momento contribuye como mínimo en su deterioro a agrietar la unidad de acción soberanista de un Govern que se tambalea por sus discrepancias cada vez menos disimuladas. Peor aún, ese larvado enfrentamiento conceptual entre el espíritu aguerrido de Waterloo y el pragmático de ERC contribuye a debilitar la credibilidad del propio procés ante ese Estado español al que combaten.

En verdad, ha sido una dramática semana para el independentismo catalán. Precisamente cuando el primer aniversario del cruel 1-O parecía asomarse como un tornado sobre el Gobierno y la Corona españoles, la conjura de la venganza por aquella barbarie sufrida ha acabado convertida en un pernicioso efecto bumerán. Una fatídica celebración. Fue suficiente la absurda incitación de Torra a que el radicalismo apretara en sus salvajadas para que la vergüenza se apoderara del soberanismo sensato, consciente del duro golpe propinado a la coherencia de sus reivindicaciones. Son efectos de gota malaya como ese significativo desprecio que ha mostrado la Unión del Mediterráneo con la Generalitat al no invitar a su actual presidente, cuando en la asamblea anterior acogió a su antecesor, quien lógicamente no dudó en aprovechar la oportunidad de alcance internacional para vocear sus aspiraciones territoriales. Con razón se lamenta Puigdemont de que Europa no acoge sus plegarias.

De un solo disparo, en la aciaga conmemoración de las pistolas en los colegios electorales de un referéndum imposible, el unionismo ha recargado su discurso exterminador al tiempo que el Gobierno socialista consolidaba complacido su mensaje del diálogo sostenible con Catalunya como única alternativa válida. Y aún quedaba la inenarrable epopeya de la Mesa del Parlament. En la búsqueda de un regate al Supremo han endosado otro golpe bajo a la credibilidad de sus instituciones y así desprestigiar con otra muesca la incuestionable aspiración autodeterminista de este nacionalismo. Sin duda, es difícil encontrar una profesión más desautorizada que la de letrado de la Cámara catalana.

Frente a semejantes desatinos que no parecen detenerse, Sánchez sigue ganando tiempo. Más aún, cuando se creía acorralado por la vuelta de tuerca del PDeCAT tras su virulento congreso, contempla incrédulo cómo ahora la amenaza de unas elecciones anticipadas se pasa a la parte enemiga. Es evidente que la desunión progresiva entre los núcleos de poder del independentismo catalán está aportando un inestimable balón de oxígeno al Gobierno socialista. Una distracción para olvidarse de los incontables charcos de incoherencias, rectificaciones, declaraciones patrimoniales y una incipiente animadversión al periodismo crítico propio de censores despiadados.

Por otra parte, no es difícil prever que una sentencia condenatoria a los líderes independentistas dinamitaría la caja de los truenos. Para cuando llegue tal esperada sentencia, Sánchez ya habrá quemado varias etapas y no todas ellas irán en su contra. Si continúa con sus luchas intestinas y la CUP sigue convulsionando la frágil unidad de la mayoría parlamentaria, la siempre recurrente amenaza catalana dejará de ser un desgaste para la estabilidad del Gobierno socialista. Por el camino habrá crecido la expectación sobre el veredicto del Tribunal Constitucional a la exigencia de Junqueras y Romeva para que sus derechos políticos sean reconocidos. De producirse su puesta en libertad, la metamorfosis del conflicto quedaría prometedoramente garantizada. Quizá, en el fondo, todo se reduzca a un ilusorio ejercicio de ciencia ficción en medio de una insoportable telaraña de errores, sumisión judicial, personalismos y voluntades inmovilistas. Sería lo más parecido al último aniversario tan desolador.

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