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El país de los lazos amarillos

Por Txema Montero - Martes, 28 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:03h

catalunya es un país enlazado de amarillo. No hay carretera cuyas vallas metálicas no tengan anudados lazos de plástico amarillos;rotondas igualmente adornadas;cierres de fincas, balcones, fachadas de edificios -públicos y privados-, todo en recuerdo a los políticos/presos/políticos, y a un procés que se resiste a ser desahuciado de la agenda política española. El primer golpe de vista del viajero tiene el amarillo solidario como telón de fondo. Desde el norteño Empordá, donde el viento de tramontana sopla a cañonazos, hasta la Terra Alta del Ebre, límite sur con Teruel, olor a mirto, tomillo y romero que aromatiza un paisaje de cultivo mediterráneo: olivos, vid y almendros. Toda Catalunya envuelta en amarillo como la genista que evocaba Joan Manuel Serrat en su Mediterráneo y que forma parte de la educación sentimental de muchos de nosotros.

El amarillo simboliza la mutación autoritaria que el Estado español sufrió tras el referéndum del pasado 1 de octubre. Contra pronóstico, hubo urnas y se celebró una consulta tan irregular como masiva. Luego vino el discurso del rey, la aplicación del artículo 155 de la Constitución y el encarcelamiento de los líderes políticos independentistas por hacer política inconstitucional. Siguieron las elecciones de diciembre con el triunfo de Ciudadanos y la mayoría parlamentaria soberanista, una Catalunya dividida por la mitad como una gota de mercurio cuando cae desde poca altura. Y por último, la formación de un Govern que no gobierna surgido de un Parlament que no legisla. La polarización del independentismo alrededor del president exiliado Carles Puigdemont, que ha comprendido que el verdadero mando es la seducción, es un hecho. Durante su breve estancia en Finlandia, de donde regresaba cuando fue detenido en Alemania, aprendió ese último recurso escondido, esa probada capacidad de resistencia que no se deja derrotar a la que los finlandeses llaman sisu.

Las resoluciones de los tribunales alemanes y belgas son interpretadas por los independentistas como una demostración de la justeza de su causa y del ridículo actuar de la justicia española representada por el genuflexo juez Llarena. El liderazgo de Puigdemont ha salido reforzado mientras la fortaleza de Esquerra Republicana ha quedado debilitada. La vía unilateral, ahora o nunca, del antiguo PDeCAT a punto de reconvertirse en una nueva formación con el nombre de Crida, se impone a la política gradualista, paso a paso, del encarcelado Oriol Junqueras. Que la placidez del exilio sea premiada frente al rigor de la prisión tiene algo de injusto aunque pudiera suceder que otro preso, Jordi Sànchez, sea el nuevo president de la Generalitat cuando así lo decida Puigdemont, quien en su momento optó por Quim Torra como presidente vicario.

Que la placidez del exilio sea premiada frente al rigor de la prisión tiene algo de injusto aunque pudiera suceder que otro preso, Jordi Sànchez, sea el nuevo president de la Generalitat cuando así lo decida Puigdemont, quien en su momento optó por Qui

No es necesario insistir en quién tiene la vara de mando. Ni tampoco hacernos cruces porque la situación no sea moral ni estrictamente democrática. No es cierto que derribar a un gobierno suponga que otro peor ocupe su lugar. Lo vimos en Madrid tras la moción de censura y lo veremos en Catalunya si se convocan nuevas elecciones ante la imposibilidad de un diálogo fructífero con el Gobierno español.

Los dirigentes unionistas saben de su fuerza electoral, de su implantación en la Barcelona metropolitana y del respaldo de la mayoría de la ciudadanía española. Borrachos de lo que sale por su boca, no de lo que entra en ella, hablan sin parar de democracia y Constitución, del delirio del independentismo y de las mentiras de unos líderes “separatistas” inspirados por la máxima idiotez. Es un enfrentamiento entre convicciones y opiniones. La Historia ha demostrado que los avances y logros son consecuencia de las convicciones de la gente siendo las opiniones flor de un día. Por el momento, la convicción está del lado independentista y las opiniones, del lado unionista. Estos últimos reconocen que “el relato” independentista (derecho a decidir, cultura diferenciada, pacifismo reivindicativo -mantras, los llaman-) es más sólido. Concluyen que no se ha sabido dar forma ni exponer sus mejores derechos. Mientras tanto, ambas partes cruzan insultos demostrando que nada nuevo hay bajo el sol y que nada más humano que la apetencia por despreciar a otro ser humano no muy diferente de él. No hay modo de hacer que esto huela a rosas.

No se ha producido una ruptura sísmica en la sociedad catalana, por lo que el enfrentamiento civil es una posibilidad lejana, pero los reproches van en aumento, todo el mundo se siente agraviado y cualquier cosa se magnifica;poner o retirar lazos amarillos, sin ir más lejos.

Este verano he oído demasiadas veces las palabras “humillación” y “represión” como para no tomarlas en consideración. La política en Catalunya se ha convertido en una carrera de obstáculos y no se vislumbra ninguna propuesta factible de aproximar posiciones, incluso para aunar al bloque soberanista. También he oído reproches a la política de EAJ-PNV que califican de insolidaria los independentistas y de ventajista los unionistas. Nadie me supo contestar a la pregunta de qué necesitan de los vascos los unos y los otros, aunque la respuesta resulta evidente según quién: seguir nuestro camino o quedaros quietos. Algo parecido sucedió con la visita del lehendakari Urkullu a Oriol Junqueras en la cárcel de Lledoners. Tarde, me decían unos;mejor no haber ido, insistían otros. Puro ruido y confusión. Una buena iniciativa política del lehendakari, convertida en plato fuerte del espectáculo político diario catalán.

Necesitaríamos de un Henry Aston Baker, inventor de la pintura panorámica que ofrece al observador una visión de 360° para tener una perspectiva completa de la política catalana. Mientras tanto, en la pupila del observador de la situación destaca el amarillo, ese intermedio entre el rojo que prohíbe el paso y el verde que permite seguir circulando.

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