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La resistencia artística

Por Natxo Barberena - Jueves, 16 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:03h

cuando hablas con artistas del entorno sobre cómo les ha ido su trayectoria artística y por qué creen ellos o ellas que “no han triunfado” según los cánones comerciales y sociales, se repite en la mayoría: o bien porque no me han dado una oportunidad, o bien porque ninguna galería y ningún organismo oficial ha apostado por mí de manera seria y continuada. Se repite, así mismo, una especie de anécdota, la de ser rechazados por galeristas que les gustaba la obra que creaban, rechazados porque no habían ganado un premio importante, un concurso de entidad para así poderlos avalar. Pero resulta que los concursos los ganaban aquellos que iban respaldados por una galería, se repartían los premios concurso a concurso. Era y sigue siendo la pescadilla que se muerde la cola, si no tienes un premio no te saco y como no me sacas no gano premios… Pero es que además, a aquellos que sí ganaban premios e iban por libre tampoco les sacaban adelante, por lo que el premio les valía de poco.

Y no solo eso, es que además en muchos casos la criba más dolorosa y cruel estaba en la selección de la obra expuesta. No ser seleccionado a la exposición de trabajos presentados era y es una degradación de la personalidad del creador. Y esto se soluciona fácil exponiendo toda la obra presentada al menos de manera virtual, con proyecciones. Estamos ante el techo de cristal, mejor dicho ante el techo de metacrilato irrompible, un techo entre clases sociales. Muy pocos/as de los que venimos de abajo vamos a poder traspasar ese techo y no es ni por peor calidad ni por falta de imaginación, simplemente no somos uno/a de ellos/as.

Los procesos de selección de las personas artistas donde se deciden quiénes exponen o quiénes se quedan fuera, a quiénes se les concede sala de exposiciones y a quiénes se les relega al olvido, quiénes entran en una exposición colectiva o a quiénes nunca se les llama, a quiénes se les concede una residencia artística y a quiénes se les impide salir, a quién se le publica de forma pomposa o a quién no le queda más remedio que la autoedición… son una “tiranía” del jurado selector. Estas personas imponen sus gustos, sus criterios de qué se puede exponer o editar, qué se considera calidad, qué es lo que tiene proyección. Esto a cierta edad joven, cuando estás empezando a crear y tienes por delante toda la libertad creativa, es demoledor, cercenador, ya que si no creas conforme a los cánones que los jurados año tras año imponen no tienes salida, aunque tu creación lo merezca. La réplica a todo este establishment es no presentarse a nada y que nadie ya te juzgue desde su estrado intelectual, para hacerse uno/a mismo/a su propia proyección a través de las redes sociales y cuando consigues exponer tus trabajos movilizas a tu gente y pides que ésta movilice a la suya...

Los y las artistas que ya tenemos una larga trayectoria, hemos sido sobre todo insistentes. Nuestro buen hacer junto con la confianza de amigos y amigas que nos han posibilitado sobrevivir saliendo a la luz cada cierto tiempo, hace que nos hayamos convertido en la resistencia artística, pero ésta también desfallece. Como ya he remarcado en anteriores escritos, cada vez quedamos menos y la pérdida de la educación artística en los estudios reglados hace que el relevo generacional no se esté dando. Si a esto sumamos el poco interés del público por el arte que hace muy difícil, por no decir imposible, subsistir con tu propia creación;la nula presencia de la apuesta privada por el arte local, llegando a la práctica desaparición de su presencia en el negocio de las galerías;la incapacidad de las instituciones por impulsarlo no generando unos puntos de interés y atracción potentes hacia lo que se está creando, ni montando equipos heterogéneos de trabajo que dignifiquen la labor creativa dejando en absoluta soledad a las personas responsables de su gestión;y el cansancio de los propios artistas que desconectan con todo lo anterior;tenemos como sociedad un problema real y tangible.

Pero lo más llamativo es el aislamiento que entre todas las partes estamos sometiendo al arte contemporáneo. No doy larga vida a todo este entramado si no hay una reestructuración radical de pensamientos, ideas y acciones. Seguir igual nos lleva a una lenta agonía que, al menos a mí, me entristece por su irresponsabilidad y egoísmo.

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