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Neoliberalismo y democracia

Por Gerardo del Cerro - Martes, 7 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:03h

La gran recesión de 2008, el Brexit, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, la ralentización de los procesos de integración económica mundial y, en general, el renacimiento de sentimientos y políticas proteccionistas, y abiertamente xenófobos, en Occidente parecen sugerir una derrota de la racionalidad económica global asociada al neoliberalismo, triunfante desde que Ronald Reagan y Margaret Thatcher ocuparan el poder en los años 80 del pasado siglo.

Lo cierto, sin embargo, es que el neoliberalismo, aunque quizá haya perdido, momentáneamente, el lustre y la velocidad de crucero de antaño, está lejos de desaparecer;al contrario, su alcance y efectividad sistémica lo ha convertido no ya en un paradigma para las estrategias económicas, sino en el modelo social y político que permea y socava las instituciones y los poderes públicos en las democracias occidentales y de buena parte del mundo. Así, lo que está en riesgo no es la pervivencia del neoliberalismo, sino la supervivencia de la cultura y las prácticas de la democracia.

La extensión de la racionalidad económica a todos los aspectos del pensamiento y la actividad podría interpretarse como un aumento en la intensidad del impacto del capital sobre los reinos social y político. Ello incluiría el funcionamiento del Estado al servicio directo a la economía como una empresa organizada por la racionalidad del mercado, la producción del sujeto moral como un sujeto emprendedor y la construcción de la política social de acuerdo con los criterios neoliberales.

Es decir, la racionalidad política del neoliberalismo podría interpretarse como continuación de etapas anteriores del capitalismo desde el prisma del argumento de Marx de que el capital penetra y transforma todos los aspectos de la vida, rehaciendo todo a su imagen y reduciendo todo valor y actividad a su frío razonamiento. La sumisión flagrante e implacable del Estado y el individuo, la Iglesia y la universidad, la moral, el sexo, el matrimonio y las prácticas de ocio a la lógica neoliberal no representarían una novedad radical en el devenir histórico.

Así postuló Marcuse su “hombre unidimensional”, como paradigma de la pérdida de una oposición dialéctica dentro del capitalismo cuando “entrega los bienes”, es decir, cuando, a mediados del siglo XX, una clase media relativamente complaciente había tomado el lugar de las empobrecidas masas trabajadoras que Marx describió como expresión de la contradicción a la riqueza concentrada del capital. Así, la fuerza de la dialéctica de la Teoría Crítica francfortiana, pensada para emancipar a la humanidad, quedó desdibujada, y Marcuse fue únicamente capaz de articular un “gran rechazo”, en alguna medida desesperanzado, al capitalismo industrial de sociedades avanzadas.

Otra lectura que consideraría que el neoliberalismo es continuo con el pasado podría hacerse a través de la tesis de racionalización de Weber. La extensión de la racionalidad del mercado a todas las esferas, y especialmente la reducción del juicio moral y político a un cálculo costo-beneficio, representaría precisamente la extirpación de los valores democráticos sustantivos por la racionalidad instrumental que Weber predijo como el futuro de un mundo desencantado. Pensar y juzgar se reducen al cálculo instrumental en la “noche polar de la oscuridad helada” de Weber: no hay moralidad, ni fe, ni heroísmo, que de hecho no tienen sentido fuera del mercado.

Lo que está en riesgo no es la supervivencia del neoliberalismo, sino la supervivencia de la cultura y las prácticas de la democracia

Sin embargo, aunque la teoría del capital de Marx y la teoría de la racionalización de Weber son fundamentales para comprender ciertos aspectos del neoliberalismo, no ponen de manifiesto la ruptura histórico-institucional que significa, la forma de gobernabilidad que reemplaza y la forma que inaugura. El neoliberalismo no es un desarrollo histórico inevitable del capital y la racionalidad instrumental no es meramente el despliegue y la intensificación de las leyes del capital o de la racionalidad instrumental sugerido por un análisis marxista o weberiano, sino que representa una organización y operación nueva y contingente de ambos. La gubernamentalidad neoliberal (saber y poder) socava la autonomía relativa de ciertas instituciones -ley, elecciones, policía, esfera pública- entre sí y respecto del mercado, una independencia que anteriormente se mantenía con un intervalo y una tensión entre una economía política capitalista y una democracia liberal en el sistema político.

Tampoco es la democracia liberal una víctima temporal de los acontecimientos recientes o de una agenda neoconservadora. En Estados Unidos la política internacional y doméstica posterior al 9 de septiembre pueden haber acelerado y resaltado la erosión de las instituciones y principios democráticos liberales. Pero esta erosión no es simplemente el resultado de una estrategia de seguridad nacional, sino que se debe en origen a la acción corrosiva del neoliberalismo. También son consecuencia de la lógica neoliberal la indiferencia sin precedentes a la difícil situación de los pobres, la falta de respeto a las libertades civiles o el tratamiento de la legalidad como táctica y no como principio.

Así como la gubernamentalidad neoliberal reduce la tensión histórica entre los valores democráticos y las necesidades del capital -al unir abiertamente al Estado con el capital y resignificar la democracia como emprendedor ubicuo- también suaviza una vieja arruga, en el tejido de la política exterior estadounidense, entre los valores políticos nacionales y los intereses internacionales. Ello ha venido eliminando en gran medida el problema de legitimación de la política exterior de Washington, especialmente en lo que se refiere al sudeste de Asia, América Central y América Latina.

Las implicaciones de la transformación sistémica causada por el neoliberalismo son significativas. El neoliberalismo supone la erosión de los reclamos políticos, morales o subjetivos de oposición ubicados dentro de la sociedad democrática liberal pero fuera de la racionalidad capitalista, es decir, la erosión de las instituciones, los lugares y valores organizados por racionalidades no de mercado en las democracias. Cuando los principios democráticos de la gobernanza, los códigos civiles, e incluso la moral, se someten al cálculo económico;cuando ningún valor o bien se encuentra fuera de este cálculo, entonces desaparecen las fuentes de oposición y la mera modulación de la racionalidad capitalista.

El neoliberalismo erosiona, hasta hacerlo desaparecer, lo que la democracia liberal ha proporcionado en los últimos dos siglos;esto es, una brecha ética modesta entre la economía y la política. Incluso cuando la democracia liberal converge con muchos valores capitalistas (derechos de propiedad, individualismo, suposiciones hobbesianas por debajo de todos los contratos, etc.), la distinción formal que establece entre los principios morales y políticos por un lado y el orden económico por el otro también ha servido para proteger a los ciudadanos de la espantosa vida medida exclusivamente por los valores del mercado. Esta brecha queda cerrada por la racionalidad política neoliberal cuando somete todos los aspectos de la vida política y social al cálculo económico: al preguntarse, por ejemplo, no qué representa el constitucionalismo liberal, qué valores morales o políticos protege y preserva, sino qué eficacia o rentabilidad promueve.

La audacia neoliberal consiste en proponer un enfoque de mercado crudo para la resolución de problemas políticos, en el que los esquemas de privatización radicales y una economía de mercado floreciente basada en la inversión extranjera se ofrecen no simplemente como el camino a la democracia sino como el nombre y la medida de la democracia. El gran triunfo ideológico del neoliberalismo es, precisamente, haber conseguido imponer e identificar su racionalidad económica con las prácticas políticas, sociales y culturales de la democracia.

Con todo, la democracia liberal no puede someterse a los dictados de la lógica económica neoliberal permanentemente y sobrevivir. No hay nada en las instituciones o valores básicos de la democracia liberal -desde elecciones libres, democracia representativa y libertades individuales distribuidas equitativamente a un reparto de poder modesto o incluso una participación política más sustancial- que cumpla inherentemente la exigencia de servir a la competitividad económica o que resista un análisis coste-beneficio. El debate de cierto calado surgido recientemente sobre el declive y final del liberalismo político expresa la inquietud extendida ante un futuro incierto para los valores democráticos.

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