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La sociedad del espectáculo

Por Fabricio de Potestad Menéndez - Miércoles, 25 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Otrora, las noches descendían misteriosas y clandestinas sobre una ciudadanía velada, intimista y casi invisible. La decencia y el pudor permanecían inmutables frente a la impúdica mirada de los intereses comerciales. Nietzsche, inspirado en la tragedia griega, defendía la apariencia, el secreto, el enigma, en definitiva, la máscara, como elemento constitutivo del desarrollo del ser humano, hasta el punto de afirmar que todo espíritu profundo necesita una máscara que lo proteja, tras la cual pueda desarrollar su propia singularidad que lo distinga de la alteridad. Hoy, sin embargo, nada es clandestino ni íntimo, al contrario, todo está expuesto. La transparencia, desprovista de profundidad hermenéutica y sentido, produce el contacto inmediato entre las imágenes y el observador, en un universo obsceno y descontextualizado. La sociedad transparente es obviamente poshermenéutica, pues todo está ante la vista del observador, despojándose de forma explícita de su ropaje como si de un espectáculo se tratase, por lo que no precisa interpretación. La sociedad de la transparencia elimina todas las ceremonias y las rutas previsibles propias y necesarias de las relaciones humanas, que requieren de su propio tiempo, discreción y tensión narrativa. En nombre de la transparencia se eliminan la discreción y la intimidad, donde el ser humano, mero objeto mercantil del sistema, es exhibido de forma desvergonzada. Se devalúan así la interpretación, el misterio y, en definitiva, la persona, en latín máscara, tras la cual el ser humano protege su singularidad e intimidad. La obsesión por la supuesta transparencia deviene simple acumulación de información y comunicación de imágenes, más emotivas que racionales, por lo que la mayor parte de las veces no contiene verdad, sino posverdad. En la sociedad expuesta todo es objeto publicitario, incluso cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se expone descubierto, despojado y desnudo, hasta tal punto de que el exceso de exposición en el escaparate social hace de todo una mercancía dispuesta para ser consumida de forma inmediata. Facebook, Twitter e Instagram representan el instrumento idóneo que facilita el exceso de visibilidad, que incluso se extiende a la vida familiar, privada e íntima de las personas, lo que las convierte en cosas que se contemplan, tanto para el deleite voyerista del mercado como para la complacencia narcisista de aquellos que cosifican y exhiben su vida personal.

El rastreo digital masivo de las redes sociales, que permite realizar exhaustivos perfiles personales así como la explotación comercial de los datos obtenidos, revela la magnitud de la actual hipervigilancia a la que está sometida la ciudadanía. Vigilancia consentida, pues la sobreexposición es curiosamente voluntaria. El problema de las sociedades vigilantes, como las llama el sociólogo Mattelart, es la autocosificación, esto es, la exposición de sus vidas que, como meros objetos, realizan los propios usuarios en las redes sociales ante los vigilantes comerciales, por lo que podría afirmarse que estamos ante una sociedad que se vigila a sí misma. El capitalismo, valiéndose de la autovigilancia, agudiza el proceso de cosificación en cuanto que lo expone todo como mercancía, hasta el punto de que hoy día difícilmente se puede encontrar una parcela social que escape al dominio de la estructura empresarial moderna, ya que las nuevas tecnologías digitales satisfacen la necesidad neoliberal de controlar mercantilmente las necesidades y deseos de la sociedad. La cibervigilancia empresarial se incrementa mediante los cookies que identifican a los usuarios en las redes sociales y les permite grabar y conocer los itinerarios que estos efectúan en Internet. Así, el mundo se ha convertido en un mercado donde se exponen, venden y consumen intimidades. En la sociedad del espectáculo no faltan algunos sujetos narcisistas que son incapaces de mantener la necesaria distancia escénica, de tal modo que, necesitados de atención máxima, se muestran a sí mismos ante todo lo que está enfrente. En Facebook se publican fotos personales, familiares, viajes, destinos de vacaciones, gustos musicales, deportivos, literarios o gastronómicos, que permite realizar una radiografía aproximada de cada persona. No es extraño que los adictos a las redes sociales reciban publicidad afín a sus gustos, como hoteles, destinos turísticos, o eventos musicales.

El panóptico u ojo que todo lo ve y vigila ha sufrido un cambio radical. El panóptico de Foucault, centrado en la vigilancia y en el castigo, cuyo paradigma fueron las fábricas, manicomios y prisiones, ha sido sustituido por el ojo digital. En la sociedad disciplinaria el vigilante vigilaba sin ser visto, no habiendo entre el observador y el vigilado consentimiento alguno, sino mirada despótica. La peculiaridad del panóptico digital estriba en que los vigilados contribuyen activamente en su construcción y mantenimiento, en cuanto que voluntariamente se desnudan en las redes sociales y se exponen en el mercado panóptico. La sociedad del control digital se consuma allí donde los usuarios de las redes sociales se exhiben no por coacción externa, sino libremente, democratizando la vigilancia, como dice Davis Brin. Google y las redes sociales adoptan formas panócticas en las cuales la vigilancia se realiza mediante una entrega voluntaria a la mirada de los demás. Unos se vigilan a otros y el mercado a todos mientras el capitalismo globalizado se perpetúa sin control ni regulación suficiente.

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