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Trabajar tras la barra de un bar

Cumplir con más horas de las firmadas en el contrato o rotar a peores puestos y turnos por quejarse son algunos de los males que aseguran sufrir algunos empleados del sector hostelero para quienes, en estos casos, su convenio no es más que un “papel mojado”.

Un reportaje de A. Salazar. Fotografía A. Larretxi/ J. Chavarri - Domingo, 22 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:03h

María Casal, una camarera cuyo despido se ha reconocido como improcedente y Julio Sánchez, abogado de ESK, cuyo sindicato protestó frente al local hostelero de Vitoria en el que Casal trabajaba para defender su “dignidad”.

María Casal, una camarera cuyo despido se ha reconocido como improcedente y Julio Sánchez, abogado de ESK, cuyo sindicato protestó frente al local hostelero de Vitoria en el que Casal trabajaba para defender su “dignidad”.

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María Casal, una camarera cuyo despido se ha reconocido como improcedente y Julio Sánchez, abogado de ESK, cuyo sindicato protestó frente al local hostelero de Vitoria en el que Casal trabajaba para defender su “dignidad”.

Las últimas estadísticas hablan de 5.000 personas empleadas en la hostelería alavesa, lo que da cuenta de la magnitud que este sector tiene para la economía alavesa. Pese a ello, sindicatos y trabajadores aseguran que en esta sección de actividad se repiten algunos de los males del actual modelo laboral. Uno de ellos es la temporalidad, aunque no es el único, ya que estos puestos suelen ser, en su mayoría, de jornadas parciales, con lo cual se reducen significativamente los salarios que perciben. Una mirada a los diferentes restaurantes y bares, permite extraer la conclusión de las múltiples realidades que se esconden entre las personas que trabajan tras la barra de un bar, ya sea en función de si lo hacen para un local de barrio, en el corazón de la capital alavesa o para una multinacional de comida rápida. Éste último caso es el de un joven –franja de edad que suele ser la mayoritaria en establecimientos como el suyo– y de origen extranjero, como muchos de sus compañeros, lo cual supone que se encuentren en situaciones de vulnerabilidad, al estar obligados a aceptar condiciones laborales abusivas. En concreto, este chico, lleva dos años trabajando en ella, “por lo que soy el que más tiempo lleva”, precisa esta persona que prefiere mantenerse en el anonimato para no perder su puesto en esta conocida franquicia en la que prácticamente todos los contratos son de jornada parcial y sin planificación horaria alguna, “así es imposible hacer vida propia. Ahora, por ejemplo, estoy buscando otro trabajo por las condiciones laborales que tengo, pero apenas puedo hacerlo porque te pueden poner por las mañanas, por las noches y al día siguiente en otro turno”, censura. La gota que colmó el vaso de este chaval fueron las muchas de las veces que le llamaron para hacer horas complementarias. “Cuando empecé muchos encargados me llamaban fuera de mi horario de trabajo para ver si podía ir a ayudarles, cuando tenían muchos clientes. Y lo hacía porque estaban en un aprieto en ese momento, cuando tenían el local lleno de gente”. Hasta que un día, tras pedir explicaciones, asegura que empezaron a quitarle horas. “Se enfadaron conmigo y así es como estoy ahora. He escuchado por otras voces que están haciendo todo lo posible para que me vaya: quitándome horas, ahora, por ejemplo, no trabajo ni 12 horas a la semana, y me molestan poniéndome en los peores turnos y puestos”, denuncia. A su juicio, una medida para evitar conflictos similares es la de “estandarizar el horario laboral, para que quede regulado en el contrato y el trabajador pueda planificar su propia vida”. Despido improcedente Trabajar para un conocido establecimiento hostelero de la capital alavesa no significa que se esté libre de conflictos laborales. Al menos, eso es lo que salió a relucir el pasado 5 de julio una protesta convocada por el sindicato ESK, para denunciar el despido de una trabajadora cuando estaba de baja que fue reconocido como improcedente. María Casal es su protagonista, contratada, como cuenta, como ayudante de camarera –con un contrato a tiempo parcial, eventual por circunstancias de la producción– el 13 de septiembre de 2017 y despedida el 8 de febrero de 2018. “Cuando entré me dijeron que iba a trabajar nueve horas de camarera y que iba a cobrar 1.700 euros, pero al firmar el contrato, vi que había cuatro horas solamente y entonces les pregunté por ese número de horas. Y me dijeron: ‘¿Tú eres nueva o qué? Si has trabajado en hostelería, sabes como funciona esto’”. Y pese a ello, asegura que metía “más del doble de horas” de las suscritas, “había días que estaba hasta 13 horas seguidas. Y el horario me lo decían al día. Venía la encargada y me decía, por ejemplo, ‘Tú ahora te vas a las 15.00 y vienes a las 17.00 horas’. No podía planificar mi vida porque no sabía mi horario”. El día y medio que le correspondía librar no siempre lo tenía: “había días que faltaba gente, porque otro estaba malo, otro se había marchado... Y, por eso, hasta ese momento me trataban bien, porque sabían que yo cumplía todo lo que querían. Les interesaba porque podían hacer conmigo lo que quería porque tengo dos hijos”. Así “aguantaba” hasta que un día cogió la baja porque, como recuerda, “el día anterior me mandaron meterme a un congelador a ordenar cajas de croquetas, tortillas... Y estuve una media hora dentro con el aire frío, sin ropa especial, en camisa, con el uniforme que nos habían mandado comprar a nosotros porque no te lo dan. Y al día siguiente, me desperté sin voz. Fui a un médico y me dijo que mis jefes ya sabían que no puedes trabajar así. Tras la visita al doctor, volvió a su puesto de trabajo. “Estaba todavía mal, porque el médico me dijo que lo había cogido muy fuerte, pero cuando volví ya me estaban esperando. Me decían que fumaba y les dije que el médico también me había dicho que no viniera a trabajar. Pero era imposible cuidarme la voz, con el aire acondicionado, las puertas abiertas, y saliendo a la terraza, porque te cuesta mucho más curarte. Y al volver al puesto de trabajo me dijeron que mañana estaba de vacaciones para que me recuperara”, declara. A partir de ahí comenzaron a tratar la, como añade, peor: “Empezaron a hacerme bullying porque el encargado ni me hablaba. Me cambiaban de puestos. Me decían que ya no iba a abrir el bar, que ahora lo cerraba, aunque ya sabían que no tenía forma de volver a mi casa. Y eso que había quedado con ellos en que a las 22.45 horas me tenía que marchar para coger el último tranvía, excepto el viernes, sábado y domingo, que tengo Gautxori”. En esta última reincorporación asegura que también había gritos y malas formas. “Parecía que lo hacían aposta para que dejara voluntariamente el trabajo”, apunta. Un día de libranza en su casa, “no podía parar de llorar y no era capaz ni de levantarme de la cama. Fui al médico y me dijeron que tenía depresión grave. Cogí la baja el día 7 y el 8 estaba despedida. Me mandaron una carta y luego me llamó uno de los responsables, y me dijo que hacían eso porque las bajas iban a ser muy largas y que luego me cogían otra vez”. Aunque sin asegurar nada por escrito.

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