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Tour de Francia

Thomas se parece a Froome

El líder del Tour, soberbio, repite en Alpe d’Huez, donde los favoritos llegan juntos y Landa, acribillado por el dolor, resiste en cabeza

César Ortuzar - Viernes, 20 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Geraint Thomas (Sky) se impone en la duodécima etapa del Tour.

Geraint Thomas (Sky) se impone en la duodécima etapa del Tour. (AFP)

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Geraint Thomas (Sky) se impone en la duodécima etapa del Tour.El ciclista Mikel Landa de Movistar Team.

Alpe D’Huez (Francia)- Bramó Geraint Thomas su demoledora victoria en Alpe d’Huez. El del galés fue un grito salvaje que le salió de las entrañas y su eco recorrió una cumbre que venera el ciclismo, un altar que regala una curva a cada uno de su ganadores. “Es increíble”, dijo Thomas sobre su rotundo triunfo en la montaña de los holandeses. En ese lugar santo, el sonido apoteósico de la victoria, pura rabia y satisfacción, fue linchado por los aficionados, que alzaron la voz. Se manifestaron contra el Sky con silbidos. A la cuneta no le gusta el equipo británico, que se pavoneó otra vez en los Alpes. El galés, que es líder con permiso de Froome, remató su dicha con un esprint alucinante cuando los favoritos no se quitaban ojo en la bocana de meta. Dumoulin, la esperanza que queda, Bardet y Froome entraron de la mano, rebañándose los segundos de las bonificaciones en un Tour que gestionan los contables del Sky. Thomas es el líder y Froome el jefe. “Como dije, todavía estoy corriendo para Froome, él sigue siendo el hombre del equipo para la general”, analizó Thomas, el rey de los Alpes, el alfil de Froome.

“Thomas está muy fuerte, pero Chris es un fondista enorme”, certificó Mikel Landa, que completó una etapa descomunal, quinto, en el mismo parpadeo de los mejores. Landa, rehabilitado, ofreció su mejor versión después de sufrir lo indecible. El coraje puso de pie a Landa, que peleó contra sí mismo. Le sostuvo la voluntad y el orgullo infinito. Nunca renunció a pesar de que su espalda le martirizó. Le mordía. “Ha sido un día durísimo, la espalda me dolía un montón y lo he pasado mal, aunque al final no sé ni cómo he conseguido entrar en carrera”, se sinceró el alavés, que es un tipo duro. No se rinde, aunque se mueva a cámara lenta, como un muñeco articulado. Solo después de llegar, su cuerpo se ahuecó del todo. Vacío por dentro. En Landa se oía el eco de la ausencia. Deshabitado, se sentó como pudo sobre un muro de piedra y metió la cabeza entre las piernas, aniquilado por el esfuerzo, apresado por el dolor. Necesitaba aire y resuello para ser de nuevo él. Su esfuerzo en Alpe d’Huez resultó conmovedor.

Landa lanzó su última salva a la espera de días mejores. En Pirineos desea una espalda que acarree su taltto. Después de regresar de un calvario, de entre los muertos, Landa reivindicó su nombre y se quedó con la jefatura del Movistar. El de Murgia se personó donde no se le esperaba para lanzar un esprint imposible, el trampolín que impulsó el vuelo inalcanzable de Thomas, el pistard que ahora tumba escaladores sin alzar un ceja ni fruncir el ceño. El galés afianzó el liderato, una cuestión doméstica que deberá resolver el Sky de puertas adentro. De puertas afuera, queda el dominio aterrador de la formación británica, que jugueteó con el resto en Alpe d’Huez donde Quintana palideció. Su rostro encerado goteó otra derrota. Quintana, que en la Rosière habló con los codos, pidiendo relevos, se quedó mudo. Quintana masculló su soledad, su escasez. “He intentado acelerar el ritmo para probar, pero no tenía más. Ya no me quedaban fuerzas en la última subida”, subrayó.

A Alpe d’Huez accedió Kruijswijk con esperanza y una cabalgada excelsa. La percha, como denominan al holandés por su estilo elegante y su minimalismo, dejó colgados a todos en la Croix de Fer, un coloso que aguardaba tras el pantagruélica subida a la Madelaine, donde al Tour le dio algo de aire fresco. El holandés, que no se coronó en el Giro de 2016 porque se estampó en una cuneta nevada del colle d’ell Agnello, fue un gigante entre los colosales Alpes en una jornada lacerante que borró a los velocistas. La Grande Bouclepierde velocidad. Gaviria, Greipel y Groenewegen pensaron que París bien vale una misa, pero no gatear exhaustos entre montañas que les repudían. En una etapa de lija, donde el futuro solo anunciaba sufrimiento y tortura Sagan voceó que se divorciaba. Así es Sagan, que ya solo piensa en los Campos Elíseos, donde no se esperan velocistas.

Desde los Alpe D’Huez se ve París. La cima de las 21 curvas de herraduras fue una mesa de autopsias una vez Castroviejo, impagable su trabajo para el Sky, y Kwaitkowski abrieron la puerta a Egan Bernal, con aspecto de estrella fulgurante. En el Sky de Froome es un trabajador especializado, un mayordomo a sueldo del imperio británico. El joven colombiano pastoreó el redil ante los mayorales, Froome y Gerain Thomas, de amarillo intenso en los Alpes. A su alrededor, respiraban Dumoulin, Bardet, Landa, Quintana, Nibali y Roglic. Su compañero, Kruisjwijk, aún tenía aire, pero cada vez le faltaba más en una montaña claustrofóbica, repleta de humo, de ánimos, y también de impresentables que ponían en riesgo a los ciclistas, que pedaleaban en el límite de la resistencia. Nairo Quintana chasqueó el látigo y cayó confeti. El colombiano atacó sabiendo que no podía. El ser humano y sus contradicciones.

El Sky lo tenía claro. No dudó. Desarticulada cualquier amenaza real antes de la montaña de los prodigios, Bernal captó a cada rebelde que pretendió agitar el orden establecido. Nibali mostró su aleta de tiburón y Bernal, el centinela, le metió en la pecera. Landa se revolvió, pero el colombiano le puso las esposas. Bardet tuvo más vuelo, pero el francés carece de turbina. A Quintana no le gira ni la hélice. A seis kilómetros de la cima, se encogió. Resignado. Landa no claudicó cuando Froome aceleró los acontecimientos y tomó unos metros. Los recortó Dumoulin, otra vez sobresaliente. El holandés guió a Bardet y Thomas, que hizo la estatua cuando su jefe dio el pase al frente. Landa se despegó entonces y Nibali trataba de acceder a la cordada después de que una moto le tirara en una ascensión ciega por el humo de bengalas. Froome mandó parar. Todos se reconocieron y Landa reptó hasta que se fusionó con el cuarteto. Para entonces Kruisjwijk había capitulado y Roglic estiraba la agonía. Empatados en la frontera, Landa, que había resucitado, brindó por su regreso y cantó el esprint. El líder bizqueó y salió tras él para bramar otra victoria acallada por los silbidos al Sky. El galés viste el amarillo y se lleva los silbidos. Hasta en eso Thomas se parece a Froome.

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